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sábado, 5 de septiembre de 2015

COMENTARIO A LA CARTA DE LA ÚLTIMA MONJA DEL CONVENTO RECOLETO DE SAN ANDRÉS Y SANTA MÓNICA A LA REINA ISABEL II DE ESPAÑA.


Jerónimo David Álvarez García

"Señora: Jesús María de San José Álvarez, última religiosa profesa que vive de su larga comunidad, desde un triste rincón que le han dejado libre del Monasterio de Recoletas Agustinas del Realejo de Abajo en la isla de Tenerife, y en edad de ochenta y dos años, dirige a V.M con la mayor consideración y respeto, la reverente súplica: De que sea restablecido su primitivo destino de casa religiosa este Convento que ocupan hoy en su mayor parte las oficinas y salas del Ayuntamiento, escuela y cárceles públicas.

El deseo, Señora, de tan suspirada restauración, le ha hecho permanecer hasta el día en el molesto encierro de una de sus celdas guardando en lo posible vida monástica, rodeada de tanto contratiempo, y sostener a costa de mil privaciones el culto a S.M Sacramentado de su mísera pensión.

Dígnese V.M proteger este antiguo asilo de vírgenes, para que retirado el bullicio de negociación secular que lo profana, vuelva a respirar algún día la inocencia en su recinto, quedando expedita con la Real aprobación de V.M la entrada y profesión en él de la vida religiosa. Realejo de Abajo en Tenerife, Septiembre 29 de 1852. A.L.R.P.D.V.M.”

SIVERIO PÉREZ, José. “Los Conventos del Realejo”, p 133, 1977.
 
Este documento rescatado por el padre Siverio, catalogado y custodiado actualmente en el Archivo Histórico Diocesano de Tenerife, nos muestra en primera persona el ocaso del Convento de San Andrés y Santa Mónica. Fundado por don Juan de Gordejuela en el siglo XVII, como destino de las damas de su linaje y otros, fue habitado durante 150 años por las religiosas agustinas recoletas. Su última moradora, y en varias ocasiones priora, suplica a la Reina Isabel II su restauración a pesar de las medidas tomadas por la primera  desamortización de ese siglo.

 
Estos institutos cumplieron una múltiple función religiosa, social y económica, hasta la expansión de la economía capitalista, que los arruinó, unida a la aparición de nuevas ideas políticas que pugnaban con el Absolutismo y las desamortizaciones del siglo XIX que contribuyeron a minimizar o extinguir su poder. El Convento se destino tras su desamortización a Ayuntamiento del Realejo Bajo, escuela, juzgado, cárcel y almacén, hasta el incendio de 1952. Nuestra protagonista, Sor Jesús María de San José Álvarez de Castro, quedó recluida en unas mínimas dependencias, aunque se le ofreció su traslado a otro convento, como habían hecho años atrás alguna de sus compañeras, rechazándolo. A duras penas pudo mantener el culto al Santísimo y a la Virgen del Carmen en su Santuario, advocación que ha llegado hasta nosotros a pesar de las múltiples vicisitudes por las que ha pasado en distintas épocas en este pueblo.

La religiosa nació en Güímar en 1774 y sus últimos datos biográficos son esbozados por el clérigo Juan Crisóstomo Albelo en su acta de defunción, asentada en el Libro 7º de Difuntos de la Parroquia de la Concepción del Realejo Bajo, en la que leemos: “La Madre Jesús María. En veinte y seis de diciembre de mil ochocientos sesenta y un años, el Beneficio de esta Iglesia Parroquial de Nª Sra de la Concepción del pueblo del Realejo de Abajo condujo al cementerio del mismo, para su enterramiento, al cadáver de soror Jesús María de San José Álvarez de Castro, religiosa que fue del Monasterio de Recoletas de este expresado pueblo, que falleció el día de ayer de ochenta y siete años de edad, vecina de este dicho pueblo, hija legítima de Don Nicolás Álvarez y de Doña Ines Rosalía de Castro, todos naturales de Güímar, tan sólo se administró el sacramento de la extremaunción, por haberse insultado, y para que conste lo firmo. Juan Crisóstomo Albelo. Colector”. Perteneciente a los clases acomodadas de su época, fue destinada a vivir en clausura pues en esta se preservaba su posición y dignidad social. Tiempo en el que los conventos eran útiles herramientas para el control de la natalidad y la reubicación del excedente de mujeres solteras.

Aunque las fuentes sólo nos informan de una monja profesa hacia finales de la década de 1850, la acuarela de E. Murray nos muestra algunas legas sentadas a los pies de una anciana monja, bien pudiera reflejar el momento de su visita u otro tiempo pretérito referido por la religiosa. No obstante, la elevada edad de su fallecimiento y su posición social nos hacen pensar que debió ser asistida a lo largo de toda su vida.

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