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sábado, 6 de septiembre de 2014

NO DECAIGAS, MUJER

Salvador García Llanos
Sobrevivir con arte. ¿Se puede? Mónica Lorenzo, concesionaria de la sala Timanfaya, en el Puerto de la Cruz, lo intenta. Ya lo definimos en su día, al cumplirse los dos años de su reapertura: la vena heredada y recobrada. Ahora, Paula Bazo Perera nos acerca en las páginas de Diario de Avisos esas inquietudes de Mónica, empeñada en que el municipio cuente con una oferta cultural tan competitiva como la de otras localidades cercanas. No es sencillo, por supuesto, entre falta de ayudas y la falta de respuesta de la población local, poco dada, desde hace unos años, a asistir a convocatorias culturales. Por eso titula bien Paula: sobrevivir con arte.
Mónica Lorenzo ha hecho todo lo que está a su alcance. El teatro es su gran pasión. Sacrificó la interpretación por la gestión digamos empresarial. Era un empeño complicado, sabía a lo que se enfrentaba; pero, pese a los reveses, no se ha arrugado. El espacio es apto para representaciones artísticas pero también sirve para manifestaciones de otro tipo. La ubicación es céntrica. Estamos ante un recinto multiusos (De hecho, la respuesta ciudadana a la actuación urbanística en el paseo San Telmo se fraguó ahí).
En el que ha de sobresalir el arte, eso sí. Y por tanto, hay que ponderar el esfuerzo de su responsable. Asistir a una performance, a un concierto, a una proyección o a una actuación en la sala Timanfaya es gratificante, conscientes todos de la limitación del hábito cultural en la ciudad y de la falta de continuidad para rehabilitarlo.
Es curioso y hasta paradójico. En un mandato municipal que se ha caracterizado, entre otras cosas, por disfunciones, escandaleras, muy menguada iniciativa política y rechazos cívicos a la desidia que se palpa en la prestación de servicios o el estado de mantenimiento de zonas públicas, dos convocatorias como Mueca y Periplo (arte en la calle y derivados de la literatura de viajes y aventuras, respectivamente) están llamadas a paliar los resultados de la gestión del criticado gobierno local. Ambos acontecimientos, con indudable proyección exterior, han desarrollado parte de su programación en la sala Timanfaya. Es decir, también es de aplicación la supervivencia con arte.
La creación de nuevos públicos es uno de los objetivos que se ha trazado Mónica Lorenzo. Para una emprendedora modesta, que ha de moverse en un contexto adverso, la tarea es muy compleja, máxime cuando las ayudas de las administraciones públicas llegan a cuentagotas. Pero no es una meta descabellada ni inalcanzable: claro que se puede. Lo que hace falta, primero, es voluntad. Y después, una planificación adecuada que estimule la identificación con los valores que se quiere cultivar, que logre una programación de actividades que enganche y tenga efecto participativo y divulgativo multiplicador y que, en definitiva, sirva incentivar el quehacer, las ideas y los afanes de quienes no se conforman con charlas en la plaza. Ahí está el ejemplo de La Pandilla.

Pero, sobre todo, el de Mónica Lorenzo. Nunca la estaremos suficientemente agradecidos por esa indesmayable lucha que ha atesorado con tal de disponer de un recinto válido para que la actividad sociocultural tenga cobijo. No decaigas, mujer.

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