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sábado, 5 de noviembre de 2016

OTOÑO

Jose Sebastián Silvente

La imagen irisada de un manto de hojas mustias esparcidas por el suelo; el vaivén de las ramas de los árboles meciéndose en el viento; la lluvia mojando con llanto melancólico los suelos empedrados; la remembranza de un amor fugaz del verano que se fue; la emigración total de las gaviotas buscando zonas más templadas; el último canto del grillo y también de la cigarra… 

¡Ya está aquí el otoño! Ha entrado de nuevo en nuestras vidas con sus trazos ocres, rojos y amarillos, sus nostalgias, el temprano gris de los atardeceres invitando a reunirse ante la lumbre, al deleite de beber una humeante taza de café, la lectura silenciosa y confidente de un buen libro y, para los más melómanos… una serena música de fondo, dejando oír el lamento prolongado de un adagio uniéndose a ese claustro, apacible y consentido, propicio para la bohemia.

Sabido es que el otoño no goza de una buena estima. Y esto es así porque es tiempo yermo, umbrío, cuajado de añoranzas, de bajo estado de ánimo, de sepelios, de suicidios… Con su halo ceniciento y su puñado de metáforas, cuál de ellas más aciaga. ¡Ha vuelto de nuevo el nublado otoño!  El otoño es una disculpa equivocada y como dice el tango, las olas ya sólo arrastran troncos viejos, sables oxidados, juguetes mutilados… Alguien gime frente al mar porque con el verano se marchó la vida.

El otoño se ha instalado firme, encapotando los crepúsculos. Muy pronto la deseada lluvia que a veces se hace de rogar en procesiones de vírgenes y santos, golpeará las ramas de los árboles y asistida por el viento libertino las desnudará del todo. Sí, ha llegado el plomizo otoño como de golpe, sin previo aviso. Los arces y los álamos, que ayer vestían de verde musgo, hoy se tornan a un color cetrino. Cuando al fin llueve, sus hojas empapadas caen agónicas sobre la hierba del jardín buscando las esquinas y el abrigo en los recodos, como si ellas también sufrieran ateridas los primeros fríos. Es el viento del otoño que las lleva y las trae, como a nosotros nos lleva y nos trae la vida. Muy pronto iremos arrastrando gabardinas por las calles de barrios despejados, arropando un cuerpo entumecido, y en la barra de algún bar, que siempre nos acoge en auroras madrugadas, navegaremos sumergidos en el mar de la melancolía… sin motivo ni propósito. Porque el otoño, ahora, es el señor de sueños y vigilias, de noches silbantes con el ulular del viento, semejante al lamento de las ánimas que en peregrinación expían sus culpas, y que se cuela libremente por resquicios de puertas y ventanas.

Pero, como ocurre en el envés de todo lo que acaece, también el otoño nos regala  otras bondades, animando a dejar la reclusión: caminar por paisajes únicos, disfrutando la naturaleza y la explosión cromática que aporta el sol en las profusas arboledas de valles y de bosques… paseos descalzos en un atardecer mediterráneo, cuando las sosegadas aguas de ese mar en calma beben los colores rojos, rosados, naranjas y amarillos con los que su luz nos acompaña… momentos idóneos para la reflexión… niveles más altos de libido, que invitan a encuentros amorosos...

Cuando la noche acaba al fin; cuando los párpados se abren perezosos reivindicando un poco más de sueño dificultándonos parcialmente la vista, por los barrios despoblados del oriente se empieza a abrir camino un débil sol que, tímidamente, volverá a llenar de luz la vida.  Nos damos cuenta entonces de que, otra vez, el milagro se repite: Ha vuelto a amanecer; ha vuelto a amanecer… que no es poco.

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