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sábado, 17 de agosto de 2019

PP EN EL PUERTO DE LA CRUZ: EVITAR QUE LA RAZÓN SESTEE

Lorenzo de Ara

Pablo Casado va camino de convertir en triunfo su aplastante fracaso.

(Eso no ocurre en el Puerto de la Cruz.)

Volvamos a Casado/FAES.

El PP fracasó en las generales.

66 diputaditos.

57 tiene Albert Rivera, que sigue trabajando, incansable, para convertirse cuanto antes en el líder (Dios no lo quiera) de la derecha democrática española.

Pero el fracaso se vuelve menos traumático, aunque sigue siendo fracaso, cuando los niños y niñas del líder del PP llegan al poder gracias a acuerdos con otras fuerzas políticas.

Tal cual ha ocurrido en Madrid.

La Ayuso (Madrid), que ni es la nueva dama de hierro ni nada por el estilo, ha conseguido tocar poder gracias a ciudadanos y Vox.

Precisamente el partido de Santiago Abascal ha prometido a la niña bonita de Casado (periodista, qué horror) que sus 12 votos no le saldrán gratis.

Y hace bien Monasterio en recordar que así será.

El fracaso vive y se reproduce en el atolondramiento político.

66 diputaditos en el Congreso de los Diputados dan para muy poco.

Casado habla y habla. Ahora menos. Es el líder del PP, sin duda, pero los españoles no lo aceptan como el líder indiscutible de la oposición.

Cuando en política se pierde el poder, el fracaso es el mundo real por donde merodea el partido perdedor.

Vamos con el Puerto de la Cruz.

En la ciudad hay un partido que fracasó en las pasadas elecciones municipales.


El PP de Lope Afonso.

Porque salir de la alcaldía es un fracaso.

Porque abandonar el poder es un fracaso.

Porque pasar a realizar labores de oposición es un fracaso.

Sin embargo, el fracaso no tiene por qué convertirse en una fosa para cadáver en descomposición.

Desde la oposición, asumiendo la derrota, se está en la obligación de ejercitar la fiscalización al nuevo gobierno.

El PP del Puerto de la Cruz, a través de su portavoz, Pedro González, trabaja en la dirección adecuada. Mejor dicho; trabaja (más Pedro González que el PP, todo sea dicho) en criticar lo que se entiende como una política negativa para los intereses generales de la ciudad.

Siempre resulta conveniente que la oposición mantenga los pies en el suelo. (El gobierno Psoe-ACP/Podemos está en la Luna de Valencia).

La crítica debe ser cuidadosa, alejada de los focos que enseñan la desnudez del político que nada tiene que decir, pero que obscenamente disfruta enseñando las miserias del vacío a la concurrencia.

Está ocurriendo así en el Psoe de Marco González

Cuando los ciegos se aferran al número de concejales en el consistorio, repitiendo como niños de san Ildefonso que el 8 es el dígito mágico que les otorga credibilidad y armamento para destruir el gobierno de Marco González, lo que están haciendo es entorpecer la labor del portavoz, que tiene como obligación vital convencer a los fanáticos que los 8 concejales perdieron el poder, abandonaron los despachos y dejaron atrás el verbo expeditivo de algunos de sus miembros y “miembras”; que hoy el Psoe es el partido que gobierna, teniendo la simpatía y, sobre todo la confianza de la mayoría de los ciudadanos del Puerto de la Cruz.

5.700 votos, aproximadamente, mandan callar a los peperos con encefalograma plano. No a Pedro González.

Dicho lo cual, si Pedro González hace el trabajo (lo está haciendo), y pone nervioso (lo está consiguiendo) a muchos de los componentes del gobierno socialista y radical de izquierda, lo menos que necesita es la ayuda de los que no aceptan que las urnas y el número 8 pusieron al PP donde hoy está. En la oposición.

Pregunto: ¿Donde tenía que estar?

Para los ciudadanos con derecho a voto en el Puerto de la cruz la respuesta está bien clara: sí.

El fracaso en política se convierte en radiactivo cuando estúpidamente se grita desde el púlpito mediático: “Tenemos los mismos concejales que el PSOE.”

El gobierno de Marco González merece contar con una oposición fuerte, unida, dialogante, dispuesta a fraguar pactos de Estado, sin temor de ningún tipo ante la fuerza arrolladora de la maquinaria propagandística de la izquierda.

Pero la oposición se practica desde el fracaso electoral.

¡Frac-ca-so-e-lec-to-ral!

Asumiéndolo.

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