María Perelli
Todos los canarios sabemos la historia de la talla de la Virgen de Candelaria, pero pocos conocen la sutil conexión de devoción que se desarrolla, desde hace casi tres siglos, entre las islas canarias y un pequeño pueblo en el sur de Italia.
La
historia que hoy estamos narrando comienza en Tenerife y se debe a la
investigación, hecha en 2018, por un estudioso italiano de historia militar, el
alférez Giuseppe Coviello de la asociación Unuci-Canarias.
A
este estudioso le interesaba sobre todo la vida de un personaje del siglo
XVIII, el duque Andrea Bonito Pignatelli, que vivía en el Reyno borbónico de
Nápoles.
Para
entender el vínculo entre Nápoles y España es suficiente anotar los números
ordinales que siguen el nombre del rey Carlos (1716-1788), hijo de Felipe V y
de su segunda mujer, la aristócrata italiana Elisabetta Farnese. Se llamó
Carlos I como duque de Parma y Plasencia (1731-1755); Carlos VII como rey de
Nápoles y Carlos V como rey de Sicilia (1734-1759); por fin, Carlos III como
rey de España (1759-1788).
Carlos,
cuando era rey de Nápoles, conocía el carácter fuerte y autoritario del duque
Bonito Pignatelli y aconsejó a su padre Felipe enviarlo a Canarias, donde había
desórdenes por causa de las luchas para el poder entre familias nobles y
peligros externos debidos a las incursiones de piratas de varias
nacionalidades.
El
duque fue nombrado Capitán General de Canarias desde 1741 hasta 1744 y
efectivamente puso orden en las islas. Él era muy devoto a la Virgen de
Candelaria y en 1742 encargó al preciso y minucioso pintor José Rodríguez de la
Oliva, nacido en San Cristóbal de la Laguna en 1695, la reproducción, fiel como
una fotografía, de la talla de la Virgen en un lienzo a óleo.
Al
regresar a Italia, precisamente a Bonito, provincia de Avellino, comarca de
Nápoles, el duque llevó consigo el retrato, que luego donó a la Iglesia Madre
de Bonito o Iglesia de la Asunción (Chiesa dell' Assunta en italiano), donde
está hasta el día de hoy.
Unos
ochenta años después, en 1826, o sea desde hace exactamente 200 años, un gran
desastre meteorológico ocurrió en Tenerife por el Aluvión, como nos señala el
experto de historia canaria Don José Peraza, que consultó muchos documentos de
aquella época.
En
dicho año se produjeron grandes oleadas, lluvias torrenciales, vientos
huracanados y varios destrozos sobre todo en las zonas del valle de La Orotava
y de Candelaria. Se llamó el temporal de San Florencio. Más de 250 personas
fallecieron, 600 y pico viviendas fueron destruidas, miles de cabezas de ganado
murieron.
Y
la antigua talla de la Virgen de Candelaria desapareció para siempre en el
océano. La talla estaba provisionalmente puesta en un costado donde se
encontraba la Cueva de San Blas, donde los dominicanos se encargaban de seguir
la lenta construcción de la Basílica de la Virgen.
En
el año siguiente, el escultor orotavense Fernando Estévez del Sacramento, que
nunca había visto la talla precedente, hizo una nueva talla, que sin embargo
fue bien aceptada y venerada. Ahora se encuentra en la bonita Iglesia
que, en 2011, obtuvo por el Papa Benedicto XVI la importante denominación de
Basílica Menor.
Basado
en lo que se ha contado, se puede decir que el lienzo que está en la Iglesia de
Bonito (Italia) y que los fieles de aquel pueblo veneran como la "Madonna
della Candelora", es la única representación de la primera y original
talla de la Virgen que dos pastores guanches encontraron en 1390 en la orilla
del mar de Tenerife.
Adjuntamos
la imagen del cuadro que publicó el alférez Giuseppe Coviello.









