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lunes, 12 de octubre de 2026

UNA MALA MIRADA MATA

José Peraza Hernández

Quiero comenzar este artículo con una frase que dice una canción y que, de alguna manera, me ha hecho reflexionar:

“Hay miradas que matan”

Vivimos en una sociedad en la que, cada día, los medios de comunicación nos cuentan numerosos casos de violencia. Ya no solamente aparecen en los telediarios; también los encontramos en diferentes programas de televisión: «Pepito mató a Juanita», «el suegro mató a su nuera», «una pareja que estaba en proceso de separación» … También conocemos casos de mujeres que se encuentran bajo protección y cuyas exparejas no respetan las distancias establecidas.

Son hechos terribles que conocemos a través de las noticias.

Pero hoy quiero hablar de otras muertes que no aparecen en los telediarios.

No son muertes producidas por un arma. No hay sangre, ni sirenas, ni titulares. Son muertes que se producen lentamente, en silencio, dentro de las cuatro paredes de un hogar.

Por eso he querido llamar a este artículo:

“UNA MALA MIRADA MATA”

Hay matrimonios que, con el paso de los años, van transformando su convivencia en algo insoportable. Y quiero dejar claro que no estoy hablando de todos los hombres, porque sería injusto generalizar. Pero sí existen hombres que, especialmente al llegar a la jubilación, cambian de comportamiento y comienzan a ejercer una actitud de dominio sobre su pareja.

Y uno puede preguntarse:

¿Por qué ocurre esto?

Durante muchos años, ese hombre ha tenido una vida fuera de casa. Salía a trabajar, tenía sus compañeros, sus horarios y cierta libertad. Al regresar, tenía su espacio y su rutina.

Pero llega la jubilación.

De repente pasa muchas más horas en casa. Y aquella convivencia que antes estaba repartida durante el día se convierte en una presencia permanente.

Comienzan entonces pequeñas situaciones que pueden parecer insignificantes: «Mira esto», «haz aquello», «esto no está bien», «¿por qué has hecho esto así?».

Hasta que un día cambia el tono.

Primero aparecen unas palabras duras. Después un insulto. Luego un portazo.

Y la mujer comienza a preguntarse:

“¿Qué he dicho? ¿Qué he hecho? ¿Por qué se ha enfadado?”

Sin darse cuenta, comienza a sentirse culpable.

Baja el tono de voz.

Procura no contrariarlo.

Camina con más cuidado.

Piensa antes de hablar.

Y él descubre que aquella actitud de dureza le ha servido para imponer su voluntad.

Entonces la mujer, cada vez con más miedo y recelo, puede llegar a preguntarle:

—¿Quieres algo?

Y él responde con una voz más gruesa de lo habitual:

—No quiero nada. Déjame en paz.

Ella se retira.

Y ahí comienza otra forma de violencia.

EL SILENCIO TAMBIÉN PUEDE HACER DAÑO

Las miradas pueden matar.

El silencio puede hacer daño.

Y cuando ese silencio se mantiene durante meses o años, puede convertirse en una verdadera prisión psicológica.

Algunas personas comienzan a sentirse vigiladas, humilladas, despreciadas o controladas. Aparecen los celos, las críticas constantes y las descalificaciones.

Él sale de casa y no tiene que explicar dónde va.

Ella, en cambio, siente que debe dar explicaciones de todo.

Él se reúne con sus amigos, conversa, toma algo y disfruta de unas horas de libertad.


Mientras tanto, ella permanece en casa haciendo sus tareas y mirando el reloj.

“¿A qué hora llegará?”

“¿Cómo vendrá hoy?”

“¿Estará de buen humor?”

Esa espera también puede convertirse en sufrimiento.

Es una muerte silenciosa.

En otras ocasiones, el maltrato aparece delante de otras personas.

Se organiza una reunión de amigos en casa. La mujer prepara el café, las galletas y todo lo necesario. Se sienta con los demás y, cuando intenta participar en la conversación, él la corrige delante de todos:

—Eso no es así.

—Tú no entiendes de eso.

—No sabes lo que estás diciendo.

Puede parecer una simple discusión.

Pero para quien lo recibe, es otra humillación.

Otro golpe.

Otro motivo para guardar silencio.

Y así, poco a poco, se va haciendo más grande una situación que quizá comenzó con una mirada, una palabra o un gesto.

UNA VIOLENCIA QUE NO DEJA MARCAS VISIBLES

No estamos hablando necesariamente de maltrato físico.

Estamos hablando de maltrato psicológico.

De una violencia que puede no dejar marcas visibles en el cuerpo, pero que puede afectar profundamente a quien la sufre.

La persona comienza a cambiar.

Pierde el apetito.

Puede perder peso.

Se encuentra triste.

Pierde seguridad en sí misma.

Deja de disfrutar de las cosas que antes le gustaban.

Puede sentirse cada vez más aislada.

Y, en algunos casos, puede llegar a experimentar síntomas de ansiedad o depresión.

Lo más preocupante es que muchas veces no lo cuenta.

¿Por qué?

Por miedo.

Por vergüenza.

Por proteger a los hijos.

Por no querer molestarlos.

Por temor a que no la crean.

Por aquello que durante generaciones se escuchó tantas veces:

“¿Qué dirán los demás?”

Y así se mete dentro de una burbuja.

Una burbuja en la que cada día se hace más pequeña.

Puede ocurrir incluso que delante de los hijos el padre sea una persona simpática, amable y sonriente, mientras que dentro de casa la mujer se siente reducida al papel de quien tiene que servir, callar y obedecer.

Ella, poco a poco, se va apagando.

La tristeza, la inseguridad, el miedo y la angustia se van acumulando.

Hasta que llega un momento en que solamente desea que pasen las horas.

Que llegue la tarde.

Que pueda salir a caminar.

Que pueda encontrarse con una vecina.

Que alguien le diga «buenas tardes».

Parece algo pequeño.

Pero para quien vive encerrada en esa angustia, ese paseo puede representar un momento de libertad.

Durante esa hora puede respirar.

Puede hablar.

Puede sentirse nuevamente una persona.

Y después tiene que regresar a casa.

EL MIEDO TAMBIÉN PUEDE ENFERMAR

¿Cómo se puede dormir viviendo con ese sinvivir?

A veces, con ayuda de medicamentos prescritos por un médico.

Pero hay algo todavía más preocupante: la persona puede acudir a la consulta médica y no contar lo que realmente está viviendo.

Dice que duerme mal.

Que está nerviosa.

Que ha perdido el apetito.

Que se encuentra triste.

Pero no explica el motivo.

Y entonces el profesional puede tener solamente una parte de la realidad.

Por eso es tan importante hablar.

Contar.

Pedir ayuda.

No esconder aquello que está ocurriendo dentro de casa.

Porque detrás de una persona que cada día está más triste, más delgada, más apagada o más insegura puede existir una situación que nadie está viendo.

No debemos confundirlo todo con una enfermedad física o con el paso de los años.

A veces detrás de determinados cambios hay sufrimiento emocional.

ROMPER EL SILENCIO

Muchas personas que estén leyendo estas líneas quizá se pregunten:

“¿Eso me está pasando a mí?”

Si alguien se reconoce en estas palabras, quiero decirle algo:

No tiene que vivirlo en silencio.

La humillación constante, el miedo, el control, las amenazas, las descalificaciones y el aislamiento no deben considerarse una forma normal de convivencia.

Una mirada puede intimidar.

Una palabra puede herir.

Un silencio prolongado puede destruir la autoestima.

Y una convivencia basada en el miedo no puede considerarse una convivencia saludable.

Por eso debemos hablar de estas situaciones.

No solamente cuando aparece una noticia trágica en televisión.

También antes.

Mucho antes.

Porque hay personas que están sufriendo y nadie lo sabe.

No tienen una herida visible.

No aparecen en las noticias.

No llaman la atención de nadie.

Pero están viviendo una auténtica batalla dentro de su propia casa.

Por eso el título de este artículo vuelve a cobrar sentido:

UNA MALA MIRADA MATA

Mata ilusiones.

Mata la autoestima.

Mata la alegría.

Mata las ganas de hablar.

Mata poco a poco la confianza en uno mismo.

Y, aunque no sea una muerte física, puede convertirse en una muerte silenciosa de la persona que un día fue.

He querido abordar este tema porque el maltrato psicológico sigue siendo, en muchas ocasiones, un tabú. Se habla menos de él, se reconoce más tarde y muchas personas no dan el paso de pedir ayuda.

Quizá por miedo.

Quizá por vergüenza.

Quizá por sus hijos.

Quizá por el famoso:

“¿Qué dirán?”

Pero hay algo mucho más importante que lo que puedan decir los demás:

la dignidad y la vida de la persona que está sufriendo.

Hay frases que constan en el libro de “Lucía Etxebarria, el que lleva por título “YA NO SUFRO POR AMAR “. Donde habla sobre el Maltrato psicológico. Tengo que decir que, de este tema, no se oyen, ni se hablan, es un tabú. Por esas personas que no dan el paso. Callan, por eso, se decía antes. “Hay que dirán”.

Y ante cualquier situación de maltrato o miedo dentro de una relación, guardar silencio no tiene por qué ser la única salida.

Hablar también es empezar a recuperar la libertad.

domingo, 13 de septiembre de 2026

ÚLTIMO CARPINTERO DE LA VERA

José Peraza Hernández

Hablar con nuestros mayores es adentrarnos en una parte de nuestra historia que, con el paso del tiempo, corre el riesgo de desaparecer. Sus recuerdos, sus vivencias y sus testimonios constituyen una verdadera memoria viva de nuestros barrios y de nuestras gentes.

En esta ocasión hemos tenido la oportunidad de conversar con un vecino muy querido del populoso barrio de La Vera, en el municipio de Puerto de la Cruz: don Urbano Hernández Armas, nacido el 19 de diciembre de 1932, quien ha dedicado buena parte de su vida al oficio de la carpintería.

SUS RAÍCES MAJORERAS

Don Urbano lleva en su sangre profundas raíces majoreras. Su padre, don Máximo Hernández Cabrera, nació en Corralejo, Fuerteventura, el 22 de febrero de 1908, y fue hijo legítimo de don Lorenzo Hernández y doña Juana Cabrera, naturales de Corralejo.

Por la línea paterna, sus abuelos fueron don Santiago Hernández y doña Balbina Méndez, mientras que por la línea materna lo fueron don Manuel Cabrera y doña Josefa Vera Hernández, estos últimos naturales de Yaiza, en la isla de Lanzarote.

Según consta en la documentación parroquial de Nuestra Señora de la Candelaria de La Oliva, en Fuerteventura, sus raíces familiares permanecen vinculadas a aquella tierra majorera. Fueron sus padrinos don Juan Ponte y doña Balbina Martín Ponte.

Su madre, doña Carmen Armas Villavicencio, era natural de La Vera, en Puerto de la Cruz.

UNA INFANCIA ENTRE CAMINOS Y PLATANERAS

Cuando preguntamos a Urbano cómo fue su niñez en aquellos años, su respuesta nos transporta inmediatamente a una “La Vera” muy diferente de la que hoy conocemos.

«Allí no había nada; solamente el camino y las fincas de plataneras», recuerda.

Eran tiempos en los que los niños jugaban con los pocos vecinos que había en la zona, muchas veces descalzos y con una pelota como único entretenimiento. Una infancia humilde, pero llena de recuerdos que Urbano conserva todavía con gran claridad.

Fue bautizado en la parroquia de Nuestra Señora de la Peña de Francia, en Puerto de la Cruz.

LOS AÑOS DE ESCUELA

Sus primeros estudios los realizó en una pequeña escuela situada en el lugar conocido como La Campana. Allí recuerda a varios de los maestros que pasaron por aquellas aulas: don Antonio Velázquez, don José Manuel Padrón, don Francisco Machado y, posteriormente, don Benjamín Afonso.

También asistió a una escuela particular situada en Las Cabezas, donde impartía clases doña Concepción Pérez, hija de don Santiago Castilla, quien fuera sacristán de la parroquia de Nuestra Señora de la Peña de Francia.

Urbano recuerda asimismo que en la calle Nueva existía otra escuela, aunque él no podía acudir a ella porque aquella zona pertenecía entonces al término municipal de La Orotava.

EL COMIENZO DE UN OFICIO

Pero si hay una parte de su vida que merece especial atención es la forma en que llegó a convertirse en carpintero.

En aquellos años, su madre se dedicaba a vender pan, actividad que se conocía popularmente como «el pan de ración». Urbano también colaboraba en aquella tarea.

Recuerda cómo tenían que caminar hasta Puerto de la Cruz para recoger el pan en la panadería de Torren. Después emprendían el regreso: su madre llevaba una cesta sobre la cabeza y él cargaba con una saca.

«Eran tiempos duros», recuerda.

Él se encargaba de vender el pan por la zona de La Cooperativa. En una de aquellas ocasiones llevaba el pan a don Pedro González Estévez, propietario de una carpintería.

Y un día se decidió a preguntarle:

—Don Pedro, ¿por qué no me da trabajo?

Don Pedro se quedó mirándolo y finalmente aceptó.

Así comenzó su vida como aprendiz de carpintero. Empezaba a trabajar a la una de la tarde y permanecía allí hasta las cinco. Durante diez años aprendió el oficio, adquiriendo unos conocimientos que posteriormente le permitirían ganarse la vida por su cuenta.

UNA ETAPA EN EL SUR DE TENERIFE

Después de aquellos años regresó a la zona del sur de Tenerife, concretamente a Guía de Isora, donde sus padres tenían una finca.

Allí trabajó la tierra y cultivó tomates, bubangos, millo y otros productos agrícolas. Todo lo que se sembraba tenía un único objetivo: salir adelante en aquellos años difíciles.

Más tarde regresó nuevamente a su barrio.

CARROCERÍAS Y SERVICIO MILITAR

De vuelta en el norte, comenzó a trabajar en la zona de Los Barros, en Los Realejos, realizando trabajos de carrocería para camiones. La empresa pertenecía a don Rómulo, conocido popularmente como don Pepeto.

Posteriormente llegó el momento de cumplir con el servicio militar. Se incorporó el 22 de junio de 1962, siendo destinado al Regimiento de Infantería 50, en Las Palmas de Gran Canaria.

SU PROPIA CARPINTERÍA

Cuando le preguntamos cuándo comenzó a trabajar por su propia cuenta, Urbano no duda en señalar una fecha:

15 de mayo de 1964.

Ese día alquiló un pequeño local situado en la calle Nueva, junto al puente de La Vera, lugar que en la actualidad lleva el nombre de Paseo El Puente.

Allí permaneció durante muchos años, desarrollando un oficio que conocía profundamente y que se convirtió en una parte fundamental de su vida.

Aunque comenzó su jubilación en 1998, no abandonó definitivamente la actividad hasta el año 2004.

UN CARPINTERO PARA TODO

Urbano nunca fue un carpintero dedicado a un único tipo de trabajo.

Hacía prácticamente de todo: guías de puertas, puertas, ventanas, carrocerías y muebles. Durante nuestra conversación incluso tuvo la amabilidad de enseñarnos el juego de dormitorio que él mismo realizó para su matrimonio.

Cuando le preguntamos por las maderas que utilizaba con mayor frecuencia, recuerda especialmente la ucola, una madera que, según nos explica, tenía cierto parecido con la caoba. También trabajó con riga y pino de Panamá.

Cada pieza llevaba consigo muchas horas de trabajo, conocimiento y paciencia. Era un oficio en el que las manos del artesano eran la principal herramienta.

SU MATRIMONIO Y SU FAMILIA

Hay otra fecha que forma parte inseparable de su historia: el 20 de junio de 1962.

Ese día contrajo matrimonio con doña María Rosa Martín Negrín, en la parroquia de Nuestra Señora de Candelaria de La Vera, siendo celebrante el entonces párroco don Pedro González Mesa.

De este matrimonio nacieron sus hijos: María Candelaria, Carmelo y Juan Carlos.

Hoy estas líneas adquieren además un significado especialmente emotivo, porque recientemente, el 27 de agosto de 2026, falleció su querida esposa, doña María Rosa Martín Negrín.

Desde estas páginas queremos elevar una oración por su eterno descanso y trasladar a toda su familia nuestro más sentido pésame.

Que descanse en paz.



EL CAMINO CORDOBÉS

Urbano también conserva en su memoria numerosos recuerdos relacionados con la propia configuración del barrio.

El camino donde nació y se crio siempre ha sido conocido como Camino Cordobés. En aquellos años constituía uno de los principales caminos de la zona, comenzando en el límite con Los Realejos, junto al barrio de La Montaña, y prolongándose hasta el lugar conocido como El Salto de Barranco, lindando con Las Cabezas.

Con el paso de los años, la denominación de las distintas zonas fue cambiando.

Desde la Cruz de Don Dámaso hasta la iglesia de Nuestra Señora de Candelaria se conoce como Piedras Blancas; posteriormente continúa el Camino Cordobés hasta llegar a La Explanada y seguir hasta San Antonio.

¿DE DÓNDE VIENE EL NOMBRE DE CAMINO CORDOBÉS?

Aprovechamos nuestra conversación para preguntarle a Urbano si conocía el origen del nombre de Camino Cordobés.

Y aquí aparece uno de esos pequeños datos que forman parte de la historia oral de nuestros barrios.

Urbano explica que el nombre procede del lugar conocido como La Explanada, donde en aquellos años existía una finca cuyo propietario llevaba el apellido Cordobés. Posteriormente fue propiedad de Doña Mercedes González del Carmen.

Es un dato que queda recogido gracias a su memoria.

Personalmente, recuerdo también que, por aquellos lugares, allá por los años setenta, don Feliciano regentaba una ferretería conocida como «Ferretería La Explanada».

Son pequeños detalles que, unidos, ayudan a reconstruir cómo era nuestro barrio hace varias décadas.

LA FOGUETERÍA «LA ESTRELLA»

La Foguetería La Estrella (también conocida popularmente en la zona como “Pirotecnia La Estrella” o regentada históricamente bajo nombres familiares del sector artesanal) es un punto de referencia tradicional de fuegos artificiales vinculado al barrio de La Vera, situado entre los municipios de Puerto de la Cruz y La Orotava, en la zona norte y posteriormente fue traslada a Buena vista del Norte, de Tenerife.

Finalmente, no quisimos dejar pasar la oportunidad de preguntarle por una antigua foguetería que se encontraba un poco más abajo de las escuelas de La Campana.

Le preguntamos si aquella industria era conocida como «La Estrella».

Urbano nos confirmó que sí, aunque recuerda que entre los vecinos era habitual referirse a ella por los apellidos de sus propietarios: Juan Pacheco y su hermano Cipriano.

Según los recuerdos que nos transmite, aquella foguetería podría remontarse aproximadamente a los años veinte del pasado siglo.

Posteriormente, fue traspasada a los hijos de Cipriano. Al parecer, don Juan no tuvo descendencia, mientras que la actividad continuó pasando de padres a hijos.

Según la información que conserva Urbano, posteriormente esta familia continuó vinculada a la actividad en Buenavista.

Son datos que quizá puedan ser ampliados algún día mediante documentos, testimonios familiares y archivos, pero que hoy quedan recogidos como parte de la memoria oral de La Vera.

UNA VIDA QUE ES HISTORIA

Llegamos al final de esta conversación con don Urbano Hernández Armas, pero no al final de sus recuerdos.

Su vida es el reflejo de una generación que conoció una Vera humilde, agrícola y trabajadora; una Vera de caminos de tierra, fincas de plataneras, escuelas pequeñas, niños descalzos y vecinos que se ayudaban para salir adelante.

Su trayectoria como carpintero representa también la historia de un oficio que durante décadas estuvo presente en nuestros barrios y que hoy, poco a poco, ha ido desapareciendo.

SU COLABORACIÓN CON LOS JÓVENES DEL BARRIO

Como me ha comentado el propio Urbano, al igual que tantos otros vecinos de La Vera, también colaboró activamente, dentro de sus posibilidades, con el desarrollo y las iniciativas de los jóvenes del barrio.

Entre sus recuerdos destaca especialmente su participación en los primeros pasos de aquel grupo de jóvenes que, con el tiempo, daría lugar al Club Nueva Juventud, denominado Nueva Fuerza en sus comienzos.

En aquellos años, cuando los recursos eran escasos, fueron los propios jóvenes quienes pusieron en marcha distintas iniciativas para conseguir los medios necesarios para practicar deporte. Entre ellas, organizaron y vendieron un «fleje» de rifas, con el propósito de recaudar dinero para poder adquirir, al menos, los materiales necesarios.

Fue entonces cuando surgió la colaboración de dos vecinos que aportaron sus conocimientos y su trabajo: Don Urbano Hernández Armas, quien se encargó de preparar los tableros de madera, y Don Vicente Barreto, conocido popularmente como «El Colón», que realizó la estructura de hierro y los aros.

De esta manera, con el esfuerzo conjunto de los jóvenes y la generosidad de vecinos como Urbano y Vicente, se construyeron los que serían los primeros aros de baloncesto del barrio de La Vera.

Un pequeño proyecto que, visto desde la perspectiva de hoy, adquiere un enorme valor histórico, porque representa una época en la que los vecinos se ayudaban mutuamente y, con muy pocos recursos, eran capaces de sacar adelante iniciativas que beneficiaban a toda la juventud del barrio.

Son precisamente estos recuerdos, aparentemente sencillos, los que permiten conocer cómo se fue construyendo la vida social y deportiva de La Vera, gracias al esfuerzo de sus vecinos.

Por eso considero que don Urbano Hernández Armas es, con todo merecimiento, uno de los últimos carpinteros de aquella generación de La Vera.

Quiero agradecerle de corazón que haya abierto sus recuerdos y me haya permitido recoger esta historia.

Porque cada testimonio de nuestros mayores es una página más de la historia de nuestro pueblo. Y estas páginas, si no las escribimos ahora, corren el riesgo de perderse para siempre.

Gracias, amigo Urbano, por compartir conmigo estos recuerdos.

Que esta historia permanezca para seguir decorando el poyo de flores de este populoso barrio de La Vera, de este marinero Puerto de la Cruz.

Espero que, cuando estas palabras lleguen a sus manos, usted y su familia sepan valorar el cariño y el respeto con que han sido recogidas.

Me despido con mis mejores deseos.

Que Dios lo bendiga.

La Vera, de Puerto de la Cruz, a 13 de septiembre de 2026

 

 

 

 

 

sábado, 12 de septiembre de 2026

TRES OBRAS MAESTRAS Y SUS COPIAS

María Perelli                           

Hay obras en el mundo, sobre todo de arquitectura, que gustan a muchos y que sirven de estímulo a sus admiradores para crear otras obras lo más posible semejantes a ellas.  A veces las copias pueden resultar mejor del original, a veces un fracaso.

Hoy voy a analizar tres construcciones que son imitaciones de otras.  Les elegí porque les he visto todas, originales y copias, con la excepción de aquella de Costa de Marfil.

La primera obra se llama "acueducto Carolino" y está en la región Campania (Italia), cerca de Nápoles.  Este acueducto fue construido entre 1753 y 1770 por un gran rey, Carlos de Borbón.  Antes de describir brevemente la obra, necesitamos conocer un poco la vida de este importante personaje de la historia.

Carlos (1716-1788) era hijo del rey Felipe V de España y de su segunda esposa, la aristócrata italiana Isabella Farnese. El rey era viudo de su primera esposa, la princesa M. Luisa de Saboya, madre de sus cuatro hijos.  A la edad de 15 años, gracias a su madre Isabella, que tenía bastante poder en la corte y en la política del tiempo, Carlos gobernó cuatro años el ducado de Parma y Piacenza, en el norte de Italia.

Cuando España decidió reconquistar los territorios del sur de Italia, que había perdido por causa de varios sucesos, Carlos apoyó a su padre Felipe y fue nombrado rey de Nápoles, con el nombre de Carlos VII o primer rey de las Dos Sicilias o simplemente Carlos de Borbón. Era el 1735 y tenía 19 años.  Gobernó con sabiduría Nápoles y las regiones colindantes, incluido la isla de Sicilia, durante 25 años, querido y respectado por la población.  Pero su historia era destinada a cambiar.  Cuando tenía 43 años, en 1759, le llamaron a España para asumir el trono de aquel país con el nombre de Carlos III; esto porque sus dos hermanastros mayores, hijos del fallecido Felipe, que habían reinado uno tras otro, habían dejado este mundo sin herederos sobrevivientes.

No voy a hablar de Carlos como rey de España, pero un poco de su período napolitano. Igual que su madre, este rey favoreció una mayor influencia de España sobre los asuntos de Italia.  Sobre todo, hizo desarrollar Nápoles, que llegó a ser una de las más bellas e importantes ciudades de Europa, sin envidiar nada a París y Londres.  Reformó las leyes y modernizó la economía, descubrió la ciudad de Pompeya (sepultada bajo las cenizas del volcán Vesuvio en 79 d.C.) e hizo construir el nuevo palacio real de Caserta, que debería ser más hermoso y grande del francés de Versailles.  Siendo un admirador de los acueductos romanos, particularmente de aquel de Segovia, encargó a su arquitecto, Luigi Vanvitelli, la construcción de un largo acueducto moderno para llevar agua a las majestuosas fontanas del parque de dicho palacio real y en el mismo tiempo a la ciudad de Caserta y a una parte de los barrios de Nápoles. 


El acueducto, que se llamó Carolino, es largo 38 km. y la parte más llamativa es el "ponte del valle" (puente del valle), de 500 metros, con tres órdenes de arcos y con altura de 60 metros.  Ha hecho declarado "patrimonio de la humanidad".  Misma declaración se ha otorgado al viejo acueducto de Segovia, construido en el principio del segundo siglo d. C., durante los últimos años del emperador romano Trajano, que como se sabe era de origen hispánica. Este acueducto ha proveído agua a la cuidad de Segovia hasta 1973, tiene 17 km. de largura y la parte más evidente es la arquería de la plaza del Azoguejo, que presenta un total de 167 arcos subdivididos en dos órdenes, con una altura máxima de 28 metros.

Ahora dos palabras sobre el arquitecto Vanvitelli, napolitano con padre de origen holandés, que trabajaba en Roma como pintor y que italianizó su nombre de Van Wittel.  Luigi, el hijo, además del palacio real y del acueducto Carolino, construyó muchas iglesias en su región. Antes, había estudiado en Roma con los arquitectos barrocos Bernini y Borromini y había colaborado con el arquitecto Salvi en la construcción de la famosa fontana de Trevi. Remozó también el puerto de Ancona, lugar importante para el Papado rumbo los países de oriente. 

La segunda obra que vamos a analizar es un poco curiosa.  Se trata de la pirámide de Caio Cestio en Roma (Italia).  Es una tumba hecha entre el 18 y el 12 a.C.  Esta pirámide es una construcción bastante ajena en el panorama de la arquitectura romana, pero a lo largo de los siglos, los vecinos se acostumbraron y la aceptaron como parte integrante de la ciudad. Ahora el barrio alrededor de ella se llama "Pirámide" así como la estación del metro que está de frente.  Pero ¿quién era Caio Cestio?  No se sabe nada de él, sólo se pueden leer las inscripciones sobre su tumba piramidal.  Era un magistrado, que murió en el año 13 a.C., y se ocupaba de la organización de las fiestas en Roma (donde el pan y los varios juegos, espectáculos y fiestas, eran gratuitos para los ciudadanos).  Durante su vida Caio fue testigo de la conquista de Egipto por los romanos y viajó a aquel país.  Es cierto que lo impactaron las pirámides de Guiza, cerca de El Cairo, que ya eran muy antiguas, datadas alrededor de los años 2500 a.C.


Al regresar a Roma, Caio empezó la construcción de su tumba en forma de pirámide y, siendo viejo, dejó escrito que sus herederos deberían completarla entre máximo 330 días, pena la pérdida de su sustanciosa herencia. 

La obra está hecha de ladrillos, pero toda cubierta de losas de mármol y se ha preservado gracias a su inclusión en las murallas de protección, construidas después de 280 años. En origen la tumba estaba fuera de la ciudad, como todas, y luego se encontró cerrada entre dos pedazos de muro. Sus medidas:  30 metros cada lado de la base y 36 metros de altura.  En el interior hay una simple cámara funeraria de 4 por 3 metros, con huellas de pinturas, pero vacía, puesto que fue saqueada en el tiempo.  Las tres grandes pirámides de Egipto tienen otro tamaño: 138, 136 y 66 metros las tres alturas, con bases proporcionadas.

La tercera obra es la reproducción de la basílica de San Pedro en Vaticano, hecha por el presidente de Costa de Marfil, Félix Houphoüet-Boigny (1905-1993), médico y padre de la independencia de su país, que gobernó durante 33 años.  En la última parte de su vida, este presidente, siendo católico y bien adinerado, quiso construir, enteramente de su bolsillo, una iglesia muy llamativa y parecida a la de San Pedro, que luego regaló al mismo Vaticano.

La obra fue construida por un arquitecto libanés entre 1986 y 1989 en la pequeña ciudad de nacimiento del presidente, o sea Yamusukru, que llegó a ser la nueva capital del país en lugar de Abiyán.  La iglesia se llama Nuestra Señora de la Paz, es grande, llena de mármol, de vidrieras coloridas, de columnas y tiene una enorme explanada exterior.  Su forma recuerda la basílica vaticana, pero no se puede cierto comparar con esta última, que contiene una gran cantidad de bellísimas obras maestras.  Sin embargo, esta iglesia moderna es admirable como ejemplo de arquitectura grandiosa; incluso, supera el modelo original en altura (158 metros contra 136 de la vaticana), pero no la alcanza en aforo.


Papa Juan Pablo II la consagró durante una visita a África en 1992 y expresó su perplejidad cuando preguntó por qué no se había hecho una obra más pequeña y en el mismo tiempo un hospital para los pobres en su cercanía. Le respondieron que sí, se irá a construir un hospital y efectivamente se puso una primera piedra.  Pero todo el mundo está todavía esperando la segunda piedra.

En conclusión, esta obra puede considerarse encomiable también como testimonió de la fé de su patrocinador, a pesar del peligro que resulte una "catedral en el desierto" en un país, como Costa de Marfil, con más de un tercio de musulmanes y otro tercio de animistas.  No sé qué decir, pero me gustaría imaginar, en aquel lugar, muchedumbres de cristianos que llenan la explanada exterior rezando, cantando, gritando en el abrazo de las columnas.  Así como me acuerdo de los millares de personas de todos tipos en la abarrotada plaza de San Pedro, saludando al Papa en los grandes eventos religiosos.  Esto ocurría durante mi juventud en Roma, o sea muchos años atrás.

Ahora una curiosidad: las 6 iglesias católicas más anchas del mundo (sin área exterior):

1.Basílica de San Pedro (Ciudad del Vaticano) 

2.Basílica de Nuestra Señora de Aparecida (Brasíl)

3.Catedral de Santa María de Sevilla (España)

4.Duomo (o Catedral) de Milán (Italia)

5.Basílica de Nuestra Señora de Lichen (Polonia)

6.Basílica de Nuestra Señora de la Paz de Yamusukru (Costa de Marfil)