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domingo, 13 de septiembre de 2026

ÚLTIMO CARPINTERO DE LA VERA

José Peraza Hernández

Hablar con nuestros mayores es adentrarnos en una parte de nuestra historia que, con el paso del tiempo, corre el riesgo de desaparecer. Sus recuerdos, sus vivencias y sus testimonios constituyen una verdadera memoria viva de nuestros barrios y de nuestras gentes.

En esta ocasión hemos tenido la oportunidad de conversar con un vecino muy querido del populoso barrio de La Vera, en el municipio de Puerto de la Cruz: don Urbano Hernández Armas, nacido el 19 de diciembre de 1932, quien ha dedicado buena parte de su vida al oficio de la carpintería.

SUS RAÍCES MAJORERAS

Don Urbano lleva en su sangre profundas raíces majoreras. Su padre, don Máximo Hernández Cabrera, nació en Corralejo, Fuerteventura, el 22 de febrero de 1908, y fue hijo legítimo de don Lorenzo Hernández y doña Juana Cabrera, naturales de Corralejo.

Por la línea paterna, sus abuelos fueron don Santiago Hernández y doña Balbina Méndez, mientras que por la línea materna lo fueron don Manuel Cabrera y doña Josefa Vera Hernández, estos últimos naturales de Yaiza, en la isla de Lanzarote.

Según consta en la documentación parroquial de Nuestra Señora de la Candelaria de La Oliva, en Fuerteventura, sus raíces familiares permanecen vinculadas a aquella tierra majorera. Fueron sus padrinos don Juan Ponte y doña Balbina Martín Ponte.

Su madre, doña Carmen Armas Villavicencio, era natural de La Vera, en Puerto de la Cruz.

UNA INFANCIA ENTRE CAMINOS Y PLATANERAS

Cuando preguntamos a Urbano cómo fue su niñez en aquellos años, su respuesta nos transporta inmediatamente a una “La Vera” muy diferente de la que hoy conocemos.

«Allí no había nada; solamente el camino y las fincas de plataneras», recuerda.

Eran tiempos en los que los niños jugaban con los pocos vecinos que había en la zona, muchas veces descalzos y con una pelota como único entretenimiento. Una infancia humilde, pero llena de recuerdos que Urbano conserva todavía con gran claridad.

Fue bautizado en la parroquia de Nuestra Señora de la Peña de Francia, en Puerto de la Cruz.

LOS AÑOS DE ESCUELA

Sus primeros estudios los realizó en una pequeña escuela situada en el lugar conocido como La Campana. Allí recuerda a varios de los maestros que pasaron por aquellas aulas: don Antonio Velázquez, don José Manuel Padrón, don Francisco Machado y, posteriormente, don Benjamín Afonso.

También asistió a una escuela particular situada en Las Cabezas, donde impartía clases doña Concepción Pérez, hija de don Santiago Castilla, quien fuera sacristán de la parroquia de Nuestra Señora de la Peña de Francia.

Urbano recuerda asimismo que en la calle Nueva existía otra escuela, aunque él no podía acudir a ella porque aquella zona pertenecía entonces al término municipal de La Orotava.

EL COMIENZO DE UN OFICIO

Pero si hay una parte de su vida que merece especial atención es la forma en que llegó a convertirse en carpintero.

En aquellos años, su madre se dedicaba a vender pan, actividad que se conocía popularmente como «el pan de ración». Urbano también colaboraba en aquella tarea.

Recuerda cómo tenían que caminar hasta Puerto de la Cruz para recoger el pan en la panadería de Torren. Después emprendían el regreso: su madre llevaba una cesta sobre la cabeza y él cargaba con una saca.

«Eran tiempos duros», recuerda.

Él se encargaba de vender el pan por la zona de La Cooperativa. En una de aquellas ocasiones llevaba el pan a don Pedro González Estévez, propietario de una carpintería.

Y un día se decidió a preguntarle:

—Don Pedro, ¿por qué no me da trabajo?

Don Pedro se quedó mirándolo y finalmente aceptó.

Así comenzó su vida como aprendiz de carpintero. Empezaba a trabajar a la una de la tarde y permanecía allí hasta las cinco. Durante diez años aprendió el oficio, adquiriendo unos conocimientos que posteriormente le permitirían ganarse la vida por su cuenta.

UNA ETAPA EN EL SUR DE TENERIFE

Después de aquellos años regresó a la zona del sur de Tenerife, concretamente a Guía de Isora, donde sus padres tenían una finca.

Allí trabajó la tierra y cultivó tomates, bubangos, millo y otros productos agrícolas. Todo lo que se sembraba tenía un único objetivo: salir adelante en aquellos años difíciles.

Más tarde regresó nuevamente a su barrio.

CARROCERÍAS Y SERVICIO MILITAR

De vuelta en el norte, comenzó a trabajar en la zona de Los Barros, en Los Realejos, realizando trabajos de carrocería para camiones. La empresa pertenecía a don Rómulo, conocido popularmente como don Pepeto.

Posteriormente llegó el momento de cumplir con el servicio militar. Se incorporó el 22 de junio de 1962, siendo destinado al Regimiento de Infantería 50, en Las Palmas de Gran Canaria.

SU PROPIA CARPINTERÍA

Cuando le preguntamos cuándo comenzó a trabajar por su propia cuenta, Urbano no duda en señalar una fecha:

15 de mayo de 1964.

Ese día alquiló un pequeño local situado en la calle Nueva, junto al puente de La Vera, lugar que en la actualidad lleva el nombre de Paseo El Puente.

Allí permaneció durante muchos años, desarrollando un oficio que conocía profundamente y que se convirtió en una parte fundamental de su vida.

Aunque comenzó su jubilación en 1998, no abandonó definitivamente la actividad hasta el año 2004.

UN CARPINTERO PARA TODO

Urbano nunca fue un carpintero dedicado a un único tipo de trabajo.

Hacía prácticamente de todo: guías de puertas, puertas, ventanas, carrocerías y muebles. Durante nuestra conversación incluso tuvo la amabilidad de enseñarnos el juego de dormitorio que él mismo realizó para su matrimonio.

Cuando le preguntamos por las maderas que utilizaba con mayor frecuencia, recuerda especialmente la ucola, una madera que, según nos explica, tenía cierto parecido con la caoba. También trabajó con riga y pino de Panamá.

Cada pieza llevaba consigo muchas horas de trabajo, conocimiento y paciencia. Era un oficio en el que las manos del artesano eran la principal herramienta.

SU MATRIMONIO Y SU FAMILIA

Hay otra fecha que forma parte inseparable de su historia: el 20 de junio de 1962.

Ese día contrajo matrimonio con doña María Rosa Martín Negrín, en la parroquia de Nuestra Señora de Candelaria de La Vera, siendo celebrante el entonces párroco don Pedro González Mesa.

De este matrimonio nacieron sus hijos: María Candelaria, Carmelo y Juan Carlos.

Hoy estas líneas adquieren además un significado especialmente emotivo, porque recientemente, el 27 de agosto de 2026, falleció su querida esposa, doña María Rosa Martín Negrín.

Desde estas páginas queremos elevar una oración por su eterno descanso y trasladar a toda su familia nuestro más sentido pésame.

Que descanse en paz.



EL CAMINO CORDOBÉS

Urbano también conserva en su memoria numerosos recuerdos relacionados con la propia configuración del barrio.

El camino donde nació y se crio siempre ha sido conocido como Camino Cordobés. En aquellos años constituía uno de los principales caminos de la zona, comenzando en el límite con Los Realejos, junto al barrio de La Montaña, y prolongándose hasta el lugar conocido como El Salto de Barranco, lindando con Las Cabezas.

Con el paso de los años, la denominación de las distintas zonas fue cambiando.

Desde la Cruz de Don Dámaso hasta la iglesia de Nuestra Señora de Candelaria se conoce como Piedras Blancas; posteriormente continúa el Camino Cordobés hasta llegar a La Explanada y seguir hasta San Antonio.

¿DE DÓNDE VIENE EL NOMBRE DE CAMINO CORDOBÉS?

Aprovechamos nuestra conversación para preguntarle a Urbano si conocía el origen del nombre de Camino Cordobés.

Y aquí aparece uno de esos pequeños datos que forman parte de la historia oral de nuestros barrios.

Urbano explica que el nombre procede del lugar conocido como La Explanada, donde en aquellos años existía una finca cuyo propietario llevaba el apellido Cordobés. Posteriormente fue propiedad de Doña Mercedes González del Carmen.

Es un dato que queda recogido gracias a su memoria.

Personalmente, recuerdo también que, por aquellos lugares, allá por los años setenta, don Feliciano regentaba una ferretería conocida como «Ferretería La Explanada».

Son pequeños detalles que, unidos, ayudan a reconstruir cómo era nuestro barrio hace varias décadas.

LA FOGUETERÍA «LA ESTRELLA»

La Foguetería La Estrella (también conocida popularmente en la zona como “Pirotecnia La Estrella” o regentada históricamente bajo nombres familiares del sector artesanal) es un punto de referencia tradicional de fuegos artificiales vinculado al barrio de La Vera, situado entre los municipios de Puerto de la Cruz y La Orotava, en la zona norte y posteriormente fue traslada a Buena vista del Norte, de Tenerife.

Finalmente, no quisimos dejar pasar la oportunidad de preguntarle por una antigua foguetería que se encontraba un poco más abajo de las escuelas de La Campana.

Le preguntamos si aquella industria era conocida como «La Estrella».

Urbano nos confirmó que sí, aunque recuerda que entre los vecinos era habitual referirse a ella por los apellidos de sus propietarios: Juan Pacheco y su hermano Cipriano.

Según los recuerdos que nos transmite, aquella foguetería podría remontarse aproximadamente a los años veinte del pasado siglo.

Posteriormente, fue traspasada a los hijos de Cipriano. Al parecer, don Juan no tuvo descendencia, mientras que la actividad continuó pasando de padres a hijos.

Según la información que conserva Urbano, posteriormente esta familia continuó vinculada a la actividad en Buenavista.

Son datos que quizá puedan ser ampliados algún día mediante documentos, testimonios familiares y archivos, pero que hoy quedan recogidos como parte de la memoria oral de La Vera.

UNA VIDA QUE ES HISTORIA

Llegamos al final de esta conversación con don Urbano Hernández Armas, pero no al final de sus recuerdos.

Su vida es el reflejo de una generación que conoció una Vera humilde, agrícola y trabajadora; una Vera de caminos de tierra, fincas de plataneras, escuelas pequeñas, niños descalzos y vecinos que se ayudaban para salir adelante.

Su trayectoria como carpintero representa también la historia de un oficio que durante décadas estuvo presente en nuestros barrios y que hoy, poco a poco, ha ido desapareciendo.

SU COLABORACIÓN CON LOS JÓVENES DEL BARRIO

Como me ha comentado el propio Urbano, al igual que tantos otros vecinos de La Vera, también colaboró activamente, dentro de sus posibilidades, con el desarrollo y las iniciativas de los jóvenes del barrio.

Entre sus recuerdos destaca especialmente su participación en los primeros pasos de aquel grupo de jóvenes que, con el tiempo, daría lugar al Club Nueva Juventud, denominado Nueva Fuerza en sus comienzos.

En aquellos años, cuando los recursos eran escasos, fueron los propios jóvenes quienes pusieron en marcha distintas iniciativas para conseguir los medios necesarios para practicar deporte. Entre ellas, organizaron y vendieron un «fleje» de rifas, con el propósito de recaudar dinero para poder adquirir, al menos, los materiales necesarios.

Fue entonces cuando surgió la colaboración de dos vecinos que aportaron sus conocimientos y su trabajo: Don Urbano Hernández Armas, quien se encargó de preparar los tableros de madera, y Don Vicente Barreto, conocido popularmente como «El Colón», que realizó la estructura de hierro y los aros.

De esta manera, con el esfuerzo conjunto de los jóvenes y la generosidad de vecinos como Urbano y Vicente, se construyeron los que serían los primeros aros de baloncesto del barrio de La Vera.

Un pequeño proyecto que, visto desde la perspectiva de hoy, adquiere un enorme valor histórico, porque representa una época en la que los vecinos se ayudaban mutuamente y, con muy pocos recursos, eran capaces de sacar adelante iniciativas que beneficiaban a toda la juventud del barrio.

Son precisamente estos recuerdos, aparentemente sencillos, los que permiten conocer cómo se fue construyendo la vida social y deportiva de La Vera, gracias al esfuerzo de sus vecinos.

Por eso considero que don Urbano Hernández Armas es, con todo merecimiento, uno de los últimos carpinteros de aquella generación de La Vera.

Quiero agradecerle de corazón que haya abierto sus recuerdos y me haya permitido recoger esta historia.

Porque cada testimonio de nuestros mayores es una página más de la historia de nuestro pueblo. Y estas páginas, si no las escribimos ahora, corren el riesgo de perderse para siempre.

Gracias, amigo Urbano, por compartir conmigo estos recuerdos.

Que esta historia permanezca para seguir decorando el poyo de flores de este populoso barrio de La Vera, de este marinero Puerto de la Cruz.

Espero que, cuando estas palabras lleguen a sus manos, usted y su familia sepan valorar el cariño y el respeto con que han sido recogidas.

Me despido con mis mejores deseos.

Que Dios lo bendiga.

La Vera, de Puerto de la Cruz, a 13 de septiembre de 2026

 

 

 

 

 

sábado, 12 de septiembre de 2026

TRES OBRAS MAESTRAS Y SUS COPIAS

María Perelli                           

Hay obras en el mundo, sobre todo de arquitectura, que gustan a muchos y que sirven de estímulo a sus admiradores para crear otras obras lo más posible semejantes a ellas.  A veces las copias pueden resultar mejor del original, a veces un fracaso.

Hoy voy a analizar tres construcciones que son imitaciones de otras.  Les elegí porque les he visto todas, originales y copias, con la excepción de aquella de Costa de Marfil.

La primera obra se llama "acueducto Carolino" y está en la región Campania (Italia), cerca de Nápoles.  Este acueducto fue construido entre 1753 y 1770 por un gran rey, Carlos de Borbón.  Antes de describir brevemente la obra, necesitamos conocer un poco la vida de este importante personaje de la historia.

Carlos (1716-1788) era hijo del rey Felipe V de España y de su segunda esposa, la aristócrata italiana Isabella Farnese. El rey era viudo de su primera esposa, la princesa M. Luisa de Saboya, madre de sus cuatro hijos.  A la edad de 15 años, gracias a su madre Isabella, que tenía bastante poder en la corte y en la política del tiempo, Carlos gobernó cuatro años el ducado de Parma y Piacenza, en el norte de Italia.

Cuando España decidió reconquistar los territorios del sur de Italia, que había perdido por causa de varios sucesos, Carlos apoyó a su padre Felipe y fue nombrado rey de Nápoles, con el nombre de Carlos VII o primer rey de las Dos Sicilias o simplemente Carlos de Borbón. Era el 1735 y tenía 19 años.  Gobernó con sabiduría Nápoles y las regiones colindantes, incluido la isla de Sicilia, durante 25 años, querido y respectado por la población.  Pero su historia era destinada a cambiar.  Cuando tenía 43 años, en 1759, le llamaron a España para asumir el trono de aquel país con el nombre de Carlos III; esto porque sus dos hermanastros mayores, hijos del fallecido Felipe, que habían reinado uno tras otro, habían dejado este mundo sin herederos sobrevivientes.

No voy a hablar de Carlos como rey de España, pero un poco de su período napolitano. Igual que su madre, este rey favoreció una mayor influencia de España sobre los asuntos de Italia.  Sobre todo, hizo desarrollar Nápoles, que llegó a ser una de las más bellas e importantes ciudades de Europa, sin envidiar nada a París y Londres.  Reformó las leyes y modernizó la economía, descubrió la ciudad de Pompeya (sepultada bajo las cenizas del volcán Vesuvio en 79 d.C.) e hizo construir el nuevo palacio real de Caserta, que debería ser más hermoso y grande del francés de Versailles.  Siendo un admirador de los acueductos romanos, particularmente de aquel de Segovia, encargó a su arquitecto, Luigi Vanvitelli, la construcción de un largo acueducto moderno para llevar agua a las majestuosas fontanas del parque de dicho palacio real y en el mismo tiempo a la ciudad de Caserta y a una parte de los barrios de Nápoles. 


El acueducto, que se llamó Carolino, es largo 38 km. y la parte más llamativa es el "ponte del valle" (puente del valle), de 500 metros, con tres órdenes de arcos y con altura de 60 metros.  Ha hecho declarado "patrimonio de la humanidad".  Misma declaración se ha otorgado al viejo acueducto de Segovia, construido en el principio del segundo siglo d. C., durante los últimos años del emperador romano Trajano, que como se sabe era de origen hispánica. Este acueducto ha proveído agua a la cuidad de Segovia hasta 1973, tiene 17 km. de largura y la parte más evidente es la arquería de la plaza del Azoguejo, que presenta un total de 167 arcos subdivididos en dos órdenes, con una altura máxima de 28 metros.

Ahora dos palabras sobre el arquitecto Vanvitelli, napolitano con padre de origen holandés, que trabajaba en Roma como pintor y que italianizó su nombre de Van Wittel.  Luigi, el hijo, además del palacio real y del acueducto Carolino, construyó muchas iglesias en su región. Antes, había estudiado en Roma con los arquitectos barrocos Bernini y Borromini y había colaborado con el arquitecto Salvi en la construcción de la famosa fontana de Trevi. Remozó también el puerto de Ancona, lugar importante para el Papado rumbo los países de oriente. 

La segunda obra que vamos a analizar es un poco curiosa.  Se trata de la pirámide de Caio Cestio en Roma (Italia).  Es una tumba hecha entre el 18 y el 12 a.C.  Esta pirámide es una construcción bastante ajena en el panorama de la arquitectura romana, pero a lo largo de los siglos, los vecinos se acostumbraron y la aceptaron como parte integrante de la ciudad. Ahora el barrio alrededor de ella se llama "Pirámide" así como la estación del metro que está de frente.  Pero ¿quién era Caio Cestio?  No se sabe nada de él, sólo se pueden leer las inscripciones sobre su tumba piramidal.  Era un magistrado, que murió en el año 13 a.C., y se ocupaba de la organización de las fiestas en Roma (donde el pan y los varios juegos, espectáculos y fiestas, eran gratuitos para los ciudadanos).  Durante su vida Caio fue testigo de la conquista de Egipto por los romanos y viajó a aquel país.  Es cierto que lo impactaron las pirámides de Guiza, cerca de El Cairo, que ya eran muy antiguas, datadas alrededor de los años 2500 a.C.


Al regresar a Roma, Caio empezó la construcción de su tumba en forma de pirámide y, siendo viejo, dejó escrito que sus herederos deberían completarla entre máximo 330 días, pena la pérdida de su sustanciosa herencia. 

La obra está hecha de ladrillos, pero toda cubierta de losas de mármol y se ha preservado gracias a su inclusión en las murallas de protección, construidas después de 280 años. En origen la tumba estaba fuera de la ciudad, como todas, y luego se encontró cerrada entre dos pedazos de muro. Sus medidas:  30 metros cada lado de la base y 36 metros de altura.  En el interior hay una simple cámara funeraria de 4 por 3 metros, con huellas de pinturas, pero vacía, puesto que fue saqueada en el tiempo.  Las tres grandes pirámides de Egipto tienen otro tamaño: 138, 136 y 66 metros las tres alturas, con bases proporcionadas.

La tercera obra es la reproducción de la basílica de San Pedro en Vaticano, hecha por el presidente de Costa de Marfil, Félix Houphoüet-Boigny (1905-1993), médico y padre de la independencia de su país, que gobernó durante 33 años.  En la última parte de su vida, este presidente, siendo católico y bien adinerado, quiso construir, enteramente de su bolsillo, una iglesia muy llamativa y parecida a la de San Pedro, que luego regaló al mismo Vaticano.

La obra fue construida por un arquitecto libanés entre 1986 y 1989 en la pequeña ciudad de nacimiento del presidente, o sea Yamusukru, que llegó a ser la nueva capital del país en lugar de Abiyán.  La iglesia se llama Nuestra Señora de la Paz, es grande, llena de mármol, de vidrieras coloridas, de columnas y tiene una enorme explanada exterior.  Su forma recuerda la basílica vaticana, pero no se puede cierto comparar con esta última, que contiene una gran cantidad de bellísimas obras maestras.  Sin embargo, esta iglesia moderna es admirable como ejemplo de arquitectura grandiosa; incluso, supera el modelo original en altura (158 metros contra 136 de la vaticana), pero no la alcanza en aforo.


Papa Juan Pablo II la consagró durante una visita a África en 1992 y expresó su perplejidad cuando preguntó por qué no se había hecho una obra más pequeña y en el mismo tiempo un hospital para los pobres en su cercanía. Le respondieron que sí, se irá a construir un hospital y efectivamente se puso una primera piedra.  Pero todo el mundo está todavía esperando la segunda piedra.

En conclusión, esta obra puede considerarse encomiable también como testimonió de la fé de su patrocinador, a pesar del peligro que resulte una "catedral en el desierto" en un país, como Costa de Marfil, con más de un tercio de musulmanes y otro tercio de animistas.  No sé qué decir, pero me gustaría imaginar, en aquel lugar, muchedumbres de cristianos que llenan la explanada exterior rezando, cantando, gritando en el abrazo de las columnas.  Así como me acuerdo de los millares de personas de todos tipos en la abarrotada plaza de San Pedro, saludando al Papa en los grandes eventos religiosos.  Esto ocurría durante mi juventud en Roma, o sea muchos años atrás.

Ahora una curiosidad: las 6 iglesias católicas más anchas del mundo (sin área exterior):

1.Basílica de San Pedro (Ciudad del Vaticano) 

2.Basílica de Nuestra Señora de Aparecida (Brasíl)

3.Catedral de Santa María de Sevilla (España)

4.Duomo (o Catedral) de Milán (Italia)

5.Basílica de Nuestra Señora de Lichen (Polonia)

6.Basílica de Nuestra Señora de la Paz de Yamusukru (Costa de Marfil)

martes, 8 de septiembre de 2026

HOMENAJE EN LÍNEAS

“Pintor heredado de sangre de su madre”

Hoy felicitamos a un amigo y vecino con estas líneas, donde quiero que los lectores de nuestro "Diario del Valle" puedan conocer al protagonista de este día del domingo, una mañana espléndida.  Encontramos a Francesco Accornero, que aceptó mi entrevista, cosa que me alegra un montón.

Francesco nació en Bollate (Italia), un pueblo de la región norteña de Lombardía, el 2 de agosto 1944, en el seno de su madre y padre. Era el primero de tres hijos varones. Su padre era comerciante y su madre, además que ama de casa, era una pintora, suave y gentil, que pintaba naturaleza muerta y sobre todo retratos de animales y niños, que había personas conocidas y desconocidas que le pedían y le pagaban. En la mente de sus hijos este trabajo de la madre era una cosa natural y nunca le dieron mucha importancia; los tres hicieron su propia vida sin interesarse de la pintura de la señora Rosa (o Rosetta, como firmaba sus lienzos). 

Cuando Francesco terminó la escuela, o sea al final de su adolescencia, la familia se mudó a Savona, ciudad en la orilla del mar en el litoral al oeste del puerto de Génova, y abrieron una cafetería, un lugar muy concurrido por turistas. Por este motivo, Francesco empezó a frecuentar cursos de idiomas: francés, inglés y alemán. Un día conoció a una chica alemana y puesto que ya estaba en búsqueda de una vida más animada, decidió ir con ella a Alemania. Allí encontró un trabajo en la sociedad de radio Grundig, donde estuvo casi dos años. Pero no estaba muy contento, con la joven, donde decide regresar nuevamente a Italia. 

Mientras tanto, sus padres habían vendido la cafetería y Francesco se fue a trabajar en una fábrica de hilados de algodón en Lombardía. Después de un breve período, el dueño pensó enviarlo a Venezuela para acompañar algunas maquinarias ya que había vendido la industria algodonera de aquel país. Francesco estuvo en Venezuela seis meses y empezó a hablar la lengua española.


Al regresar a Italia, prefirió cambiar de sociedad y encontró un trabajo en otra fábrica de hilados de algodón. Y allí conoció también el amor de su vida, María Teresa, la hermana del dueño de la fábrica.

 Francesco y María Teresa se casaron y sus vidas parecían bastante tranquilas. Pero el destino estaba preparando algo malo. Donde después de dar a luz, de su única hija, María Teresa se enfermó de una rara afección, que conllevó años de curas y de preocupaciones.  

Posteriormente ocurre lo que nadie desea, fallece María Teresa, su hija se fue a trabajar a París (Francia) y Francesco se encontró solo, con la querida perrita de su esposa.  Decidió mudarse a Tenerife, el lugar que había visitado con su mujer y donde a ambos les habría encantado vivir.

Francesco vive en Puerto de la Cruz, desde 2016, diez años, es pensionista y se ha dedicado a estudiar idiomas: español y alemán.  En su pared tiene un cuadro con el diploma que le fue otorgado por su aprobación del español con la firma del Rey Felipe VI.

Desde hace dos años su perrita se murió (era bastante mayor) y Francesco por fin pudo dedicarse a algo que sentía en su interior. Con la pintura, que era tan natural para su madre y que ahora empezaba a interesarle.  Hablando de todo un poco, en una tarde relajada, me comentó que siempre le habían fascinado los grandes artistas italianos del Renacimiento:  Leonardo, Miguel Ángel, Raffaello, Tiziano, Botticelli y sobre todo Caravaggio con sus impactantes claroscuros. Y le encantan los impresionistas franceses: Monet, Cézanne, Renoir, etc. En estos últimos años se puso a buscar las pinturas de su madre y supo, por primera vez, que algunas de ellas están en un olvidado sótano de su hermano, y Francesco se inscribió en una escuela de pintura de Puerto de la Cruz, dedicándose a ella en cuerpo y alma. Ahora desea mejorar su técnica y su estilo. Con él, se puede decir que nunca es demasiado tarde para llevar a cabo lo que te dice la mente, aprender.

Hoy estoy en su casa, donde observo sus paredes, donde están llenas de cuadritos a acuarela, acrílico y óleo, que representan paisajes, sobre todo del querido río de su infancia, retratos su perrita, flores y cualquier otra cosa que le pase en la mente.

Desde estas líneas, les deseo mucha suerte y que disfrute de sus quehaceres. Y me pregunto quien será la siguiente persona a "Homenajeado/a". Seguro que lo sabrán el próximo día. Que Dios los bendiga.

sábado, 5 de septiembre de 2026

CULTIVO DE CLAVELES EN LAS FINCAS DE LOS REALEJOS

José Peraza Hernández

Recuerdos de una época que forma parte de la memoria agrícola y social del municipio

Al contemplar esta bella imagen del cultivo de claveles, no puedo evitar que me invada la nostalgia y que mi memoria viaje hasta aquellos años de 1965, 1970 u 1980, una época que muchos recordamos como los años del auge de determinados cultivos en el norte de Tenerife: los claveles, las fresas, las flores y los primeros invernaderos comenzaron a adquirir un importante protagonismo en nuestras tierras.

Fueron años de cambios en la agricultura y también en la sociedad. En muchas fincas se arrancaban incluso plantones de plataneras para dedicar aquellos terrenos al cultivo de fresas y flores. Recuerdo, por ejemplo, la finca de Los Príncipes, así como otros lugares que permanecen en la memoria popular, entre ellos el conocido como La Merina.

El cultivo y la recogida de flores dieron trabajo a muchas personas, y de una manera muy especial a numerosas mujeres de Los Realejos, muchas de ellas procedentes de Realejo de Arriba. Eran jornadas de trabajo en las que las mujeres tuvieron un papel fundamental en la siembra, cuidado, selección y recogida de las flores.

No cabe duda de que aquella actividad supuso un importante paso adelante para la incorporación de la mujer al mundo laboral, en una época en la que las oportunidades de trabajo para ellas eran mucho más limitadas que en la actualidad.

Pero tampoco debemos olvidar a los hombres. Muchos trabajadores que hasta entonces habían desarrollado su actividad en las plataneras se incorporaron también a estos nuevos cultivos. Durante aquellos años, las flores y las fresas llegaron a convertirse en una alternativa importante dentro de la agricultura de la comarca.

UNA ÉPOCA DE RECUERDOS

Cuando vi esta fotografía, recordé con especial nostalgia a mi padre y a mi abuelo. Recuerdo que ellos comentaban que no habían trabajado en el cultivo de las flores y que, como ellos, había otros muchos vecinos que preferían continuar trabajando en las plataneras.

Cada persona tenía sus preferencias y sus propias razones. Para muchos, la platanera seguía siendo su forma tradicional de vida; para otros, los nuevos cultivos representaban una oportunidad de encontrar un trabajo diferente.

Hoy, al mirar una fotografía como esta, quizá muchos de aquellos hombres y mujeres vuelvan por unos instantes a aquellos años. Estoy seguro de que más de una persona, al reconocer la imagen, habrá pensado:

“Yo también trabajé en las flores.”

Y con esa frase habrán regresado a su memoria las jornadas de trabajo, los compañeros, las conversaciones, las fincas, los caminos y tantas pequeñas historias que, aunque nunca aparezcan en los libros oficiales, forman parte de la verdadera historia de nuestros pueblos.

LOS CLAVELES, PARTE DE NUESTRA HISTORIA

No siempre resulta fácil localizar un registro oficial que recoja con exactitud los nombres populares de todas aquellas fincas dedicadas al cultivo de claveles. Sin embargo, esos lugares permanecen en la memoria de quienes los conocieron y, especialmente, de quienes trabajaron en ellos.

Durante las décadas de los años sesenta, setenta y ochenta, el cultivo de flores tuvo una notable importancia en diferentes zonas del norte de Tenerife. Los Realejos, La Cruz Santa, La Perdoma y otros lugares de la comarca conocieron aquella actividad agrícola que, durante un tiempo, generó numerosos puestos de trabajo.

Los claveles y otras flores formaron parte de una época de transformación de nuestra agricultura. Era también el tiempo en que comenzaba a crecer con fuerza el turismo en el cercano Puerto de la Cruz, creando nuevas posibilidades para la comercialización de las flores.

Recuerdo también a mujeres que, ataviadas con el tradicional traje de maga, acudían al Puerto de la Cruz para vender ramos de flores a los turistas. Aquellas imágenes forman parte de una época que hoy contemplamos con cierta nostalgia, pero que en su momento significó trabajo, esfuerzo y oportunidades para muchas familias.

Las flores no solo llenaron de color nuestras fincas. También ayudaron a llenar de vida muchos hogares.

UNA MEMORIA QUE NO DEBEMOS PERDER

Quizá para las generaciones actuales resulte difícil imaginar cómo era aquella agricultura y cómo se desarrollaba el trabajo en aquellas fincas. Por eso considero tan importante conservar fotografías y testimonios de quienes vivieron aquellos años.

Porque la historia de un pueblo no está solamente en sus grandes acontecimientos. También está en las manos de quienes sembraron, recogieron, trabajaron y sacaron adelante a sus familias.

Esta fotografía es, por tanto, mucho más que una simple imagen de unos cultivos. Es un pequeño documento de nuestra historia reciente.

A quienes trabajaron en las flores, a quienes estuvieron en las fresas, en las plataneras o en los primeros invernaderos, mi reconocimiento y mi recuerdo.

Y si alguno de aquellos trabajadores contempla hoy esta fotografía y dice:

«Yo trabajé en las flores»,

habrá conseguido algo muy importante: que, por unos instantes, aquella época vuelva a vivir.

Porque mientras permanezca en nuestra memoria, aquella historia nunca desaparecerá. Y así quedara para próximas generaciones.

viernes, 28 de agosto de 2026

BERLÍN

María Perelli

Cuando un vecino me habló de la ciudad de Berlín (Alemania), donde él había sido de vacaciones, y me dijo que era un lugar muy hermoso, estuve de acuerdo, pero no pude, y no puedo, evitar contar mi propia experiencia la primera vez que visité aquella ciudad.

Era 1963, fiestas de Navidad, en plena guerra fría. Durante el año precedente había seguido, en la televisión italiana, el drama de la construcción del muro entre las dos partes de esta ciudad: el este (administrado por la URSS) y el oeste (administrado por EE.UU., R.U. y Francia).  Había visto escenas inolvidables, como la de una mujer que se descolgaba con mucho esfuerzo fuera de su ventana del segundo piso porque allí abajo estaba la parte oeste, o sea la libertad, mientras el portal de su edificio se encontraba en la parte este.

Empezé a frecuentar un círculo que se llamaba "Amistad Alemania Italia", que ofrecía, además de un curso de lengua alemana, la visión de películas sobre la dificultad de los ciudadanos del este para escaparse al oeste.  Un día el círculo decidió visitar la ciudad de Berlín durante Navidad y Nochevieja, viajando en tren.  Participé con un grupo de casi 20 personas de Roma, de todos tipos.

El viaje en ferrocarril fue bastante largo. Deberíamos pasar por varias ciudades de la Alemania del Este antes de alcanzar Berlín.  La primera etapa fue Lipsia.  El tren se paró en la estación durante dos o tres horas, pero ninguno podía bajar. De pronto, en frente a cada puerta del tren, se paró un "vopo" con un perro policía. "Vopo" significa "volk polizei" (policía del pueblo) y se trataba de soldados alemanes bajo las órdenes de oficales rusos. Otro grupo de vopos subieron al tren para controlar las maletas y las abrieron casi todas.  Buscaban principalmente papel impreso: diarios, libros, folletos, porque temían la propaganda occidental.  En nuestro compartimiento viajaba también un señor egipcio que regresaba a su trabajo en Berlín después de una visita a su familia en El Cairo.  En su maleta tenía un par de zapatos envuelto en unas páginas de un diario en caracteres árabes.  Los vopos se alborotaron, tomaron el papel y preguntaron con enfado al señor que estaba escrito allí, pero él no sabía que decir, no le había leído. 

Por fin la visita de los vopos se acabó y llegamos a Berlín Oeste.  Esta parte de la ciudad era muy vivaz y alegre, con muchos locales para jóvenes y para mayores, muy acogedores sobre todo gracias a la calefacción porque fuera había mucho frío.  Nuestro hotel estaba siempre lleno de gente y de música todas las tardes.  Durante los días nos recibieron varias autoridades locales y círculos culturales y políticos.

Visitamos el muro, a lo largo del cual estaban muchas cruces, en los lugares donde los vopos habían fusilado a personas que tentaban escaparse al oeste.  Había también algunas altas plataformas de madera adonde se podía subir para ver la vida que pasaba en el sector oriental.  Allí, cerca del muro, había un área sin edificios, pero llena de soldados, perros, camionetas, caballos de Frisia anticarro y rollos de alambre de púas.  Fuimos también al museo del muro, donde había pruebas de las ideas para huir; recuerdo un pequeño coche, un 500, adaptado para esconder una persona en su depósito mientras tenía otro depósito muy pequeño, que contenía sólo un vaso de gasolina, suficiente para cruzar el muro. Este cochecito viajó muchas veces antes de ser detectado.  Una tarde hablamos con un tal señor Fischer, que había cavado en el suelo de su tienda en el este un estrecho túnel rumbo el oeste y unas cincuenta personas pudieron huirse, antes que finalmente los vopos los descubrieron, fusilando a los últimos dos hombres (que se salvaron).


La tarde de Nochevieja algunos de nosotros los italianos decidimos ir al este. Siendo extranjeros podíamos gozar de un permiso de unas horas hasta las doce de la noche. A las diez estábamos en el "Check Point Charlie" (puesto de control Carlito), que era la única frontera entre las dos partes.  Yo estaba elegante porque luego nos esperaba la fiesta de Nochevieja en nuestro hotel.  Tenía un abrigo negro corto hasta la rodilla, un vestido rojo y sobre todo un par de medias de encaje de nailon color plata, muy llamativas. Cuando entré en la cabaña del Check Point había un vopo de control, muy joven, cerca de mi edad, con una cara infantil, ojos azules y una pequeña cicatriz por encima de una ceja. Saludó a todos, me miró y me dijo (en alemán): "¡Muy elegante, señorita ojos negros!". "Danke" (gracias), respondí.

 

Estábamos en la famosa avenida "Unten den Linden" (bajo de las tilas), vacía, oscura, triste.  Encontramos una cafetería, la única con una buena luz, y sentamos alrededor de una mesa para tomar algo.  Junto había un grupito de jóvenes locales. Dos chicas de este grupo, cuando me vieron, empezaron a mirarme diciendo "Strumpfen" (medias). Hablé un poco con ellas y decidí regalar mis medias de plata a una de las chicas. Fuimos al baño, hicimos el intercambio y a mí me quedaron un par de medias, con elástico encima, que ni siquiera mi abuela las habría aceptado como regalo. 

La otra chica se quedó decepcionada porque también ella quería las medias. Le dije que no se preocupara porque le habría enviado un par idéntico por correo, cuando habría regresado a Roma y le pedí su dirección.  La chica pareció satisfecha, pero, pensando mejor, se asustó y me dijo que no, no se podía hacer, era muy peligroso.  En aquel tiempo las mujeres del este no podían comprarse medias de nailon (y por esto los jóvenes europeos que iban de vacaciones en países de la Europa oriental siempre llevaban consigo paquetes de este tipo de medias para regalarlas a las mujeres). 

Eran casi las doce y debíamos regresar al oeste. Saludamos el grupo y fuimos al Check Point.  Tenía un poco la conciencia sucia porque me parecía haber hecho algo malo. El joven vopo estaba allí, nos saludó y a mí me dijo (siempre en alemán): "Feliz Nochevieja, ochos negros" y, después de unos segundos, "¿Que ocurrió a tus bellas medias de plata?". Se me puso la piel de gallina.  No sabía que decir, pero hice una gran sonrisa y respondí (en mi alemán chapurrado): “! Feliz Nochevieja a Usted, ojos azules ¡". Justo en aquel momento un montón de luces de bengala rojos se desataron del 'oeste para desear un feliz año nuevo a los habitantes del este. Corrimos rápidamente a la fiesta de nuestro hotel.

El muro se destruyó en 1989 y Berlín Este se reconstruyó, Check Point Charlie llegó a ser una cabina entre rascacielos, un recuerdo del pasado.  Regresé a Berlín en 2003, o sea después de 40 años.  Vi otra ciudad, grande, hermosa, moderna. La última tarde de mi visita fui a un restaurante de comida rusa.  El camarero me impactó: era un señor de más o menos 60 años, con cara bastante juvenil, ojos azules y una pequeña cicatriz encima de una ceja... Me recordó el antiguo vopo. Lo miré, pero no dije nada. Y me fui, con todas mis dudas.