María Perelli
En mi artículo
del 25.06.2026 he descrito las actividades de Cáritas del Vaticano, en
particular el trabajo en el distrito de Ostia (Roma, Italia), donde pasé 15
años como voluntaria. Conté la historia de la gitana Zaira, que seguimos
durante casi 20 años.
Ahora me
gustaría narrar otras historias que me parecen emblemáticas y que podrían
ocurrir también en España. Voy a hablar de Musa y de Yusuf, dos personas
procedentes de África, cada una con su peculiaridad.
Musa era un
joven de 20 años de Malí. Había venido a nuestro centro de acogida para comer
(gratis), puesto que trabajaba en la playa cercana. Siendo verano, ayudaba a un
señor mayor que alquilaba sombrillas y tumbonas y dormía en un rincón de la
cabaña donde se guardaban estos objetos. Percibía un salario muy bajo y el
trabajo habría durado sólo hasta el otoño.
Musa nos contó
que tenía 15 años y vivía con su madre en Malí, cuando su primo Selim, de 7
años mayor, le propuso ir a Europa. Así empezó su horrible viaje: casi un año a
pie para cruzar algunos países africanos, luego la espera de una manera para
atravesar el mar y finalmente el recorrido en cayuco rumbo Lampedusa, una
pequeña isla italiana muy cerca de Túnez. Lampedusa es la tierra
prometida, una de las puertas de la Europa mediterránea.
Allí internaron
a Musa en un centro de inmigrantes menores y así se separó de Selim. Su primo
le había dicho que Europa es un lugar bellísimo, donde se encuentra dinero en
todos lados y donde se vive en hoteles de lujo: que los blancos te respetan
porque tienen el color equivocado, a causa del poco sol, pues que los primeros
seres humanos eran africanos; y si te llaman "clandestino" significa
que eres el destino de tu clan, o sea la esperanza de tu tribu; si te llaman
"extracomunitario" significa que eres una persona extra, por encima
de la comunidad de otras personas.
Musa estuvo en aquel centro hasta los 18 años de edad, luego lo enviaron a la capital y se enteró que estaba solo. Poco a poco entendió que Selim había dicho tonterías. Nunca más vio a su primo, que por cierto se perdió en el submundo de cualquiera ciudad europea.
En realidad, a
Musa le importaba sólo una cosa, que había sido el propósito de su viaje:
encontrar un buen trabajo para comprar una vaca a su mamá. Nos enseñó su título
de la escuela de Malí con notas muy altas (era el mejor de su clase); este
título parecía casi sagrado, todo envuelto en muchas hojas de plástico para
protegerlo.
Nos contó por
qué quería una vaca. Cuando era pequeño, su hermanito y otros bebés fallecieron
a causa de la leche artificial que una sociedad europea había vendido a su
pueblo para ayudar a las mujeres con carencia de leche maternal. A principios,
a las madres les encantó este tipo de leche en polvo, que necesitaba sólo de
agua poco caliente. Y aquí estaba el problema: ellas usaban agua ni pura ni
bien hervida. Además, pues que está leche era cara, las mujeres ponían poco
polvo y mucha agua. Los niños empezaron a morirse y las autoridades vetaron la
venta de la leche artificial. Por esto Musa quería regalar a su madre y a las
madres de su pueblo una grande vaca lechera blanca y negra, de raza frisona
(como había estudiado) y necesitaba por lo menos 1500 euro para comprarla, más
el coste del viaje para él y la vaca.
¿Que teníamos que hacer los voluntarios? No se podía comprar una vaca en Roma y enviarla a Malí. Entonces, seguimos varios caminos. En aquel periodo el Gobierno italiano regalaba, a extranjeros sin recursos, billetes de avión para vuelos sólo de ida y directos desde Italia hasta la capital del país de los que querían repatriar; en cambio, ellos deberían firmar un compromiso que nunca más regresarían a Italia. De acuerdo con Musa, pudimos insertar su nombre en la lista de los beneficiarios.
Luego,
contactamos la casa madre de los misioneros de Padre Comboni, un sacerdote
italiano gran africanista del 1800, y nos dieron el nombre de un misionero
italiano en Malí. Hablamos con él por teléfono (en aquel tiempo no había
internet) y, después de unos días, el misionario nos dijo que sí, se podía
comprar una vaca frisona en Malí al coste de más o menos 1500 euro y si el
chico iría a visitarlo, lo habría acompañado a aquel lugar (una granja). ¡Qué
bien!
En
este punto se necesitaba el dinero. Un amigo periodista escribió un artículo
sobre Musa y su problema en un periódico romano y fue tan conmovedor que
después de unos días recibimos ofertas de dinero. Ahora teníamos más de 3000
euro y un billete de avión. Musa se sentía en el séptimo cielo. Cuando salió de
Roma prometió de informarnos sobre su acontecimiento. Después de un par de
meses nos dijo que tenía su vaca frisona preñada y que pensaba criar vacas y
producir leche pasteurizada.
A veces con
poco se pueden realizar proyectos de desarrollo individual que, en África,
serían mucho más útiles de los grandes proyectos, cuya financiación no se sabe
en qué bolsillos vaya a caer.
La segunda
historia trata de Yusuf, un señor de casi 60 años tunecino, pero con pasaporte
italiano, expedido por el consulado de Italia en Túnez porque su madre era
italiana. Está señora había fallecido cuando su hijo era muy pequeño y el nunca
aprendió la lengua italiana. Hablaba sólo árabe y contó sus problemas a nuestro
voluntario Sandro, que sabía aquella lengua por vivir muchos años en Egipto.
Yusuf trabajaba
en Túnez como contador, pero (no nos explicó el motivo) se vio obligado a dejar
su trabajo y, en el mismo tiempo, su mujer falleció; no tenía ni hijos ni padre
ni hermanos. Decidió viajar a Italia, donde sabía que su madre tenía dos hermanas
y donde, con su pasaporte italiano, pensaba buscar un buen trabajo. Al aterrizar a Fiumicino (aeropuerto de Roma)
se enteró que no sabía que hacer ni podía hablar. Había consumido casi todo su
dinero comprando trajes elegantes y el billete de avión. Se paró en el interior
del grande aeropuerto casi un mes, comiendo el mínimo en los bares y durmiendo
en las cómodas butacas del terminal 3 con sus dos maletas alrededor. Finalmente
lo encontró un párroco de una iglesia del pueblo de Fiumicino, que decía la
Misa una vez la semana en la pequeña capilla del aeropuerto. Este cura lo
acompañó con su coche a nuestro centro de Ostia (lugar cerca de Fiumicino).
Asignamos a
Yusuf una cama del dormitorio, donde hay también duchas y otros servicios, le
dimos el carné para el comedor y empezamos a trabajar para su colocación de
vida.
La
primera etapa fue la búsqueda de las hermanas de su madre. Larga e inútil
búsqueda de un pequeño pueblo, cuyo nombre y región Yusuf no recordaba bien;
empezaba con "Castel" y hay centenas de pueblos que se llaman Castel
y algo. Cada vez que llamábamos a los "carabinieri" (guardia civil) u
otras autoridades, ninguno conocía a las hermanas; puede ser que no vivían más
y que sus hijos tenían otros apellidos. Entonces, se trataba ahora de buscar un
trabajo para él. Pero, ¿qué hacer con un hombre de edad mayor, elegante y
refinado, que no podía hacer trabajos manuales, que no hablaba una palabra de
italiano y que tenía un carácter muy tímido y reservado? Además, sin dinero ni
una dirección. Sin embargo, intentamos todo.
A menudo la
suerte o la divina providencia ayuda a las personas simples. Un usuario
del comedor era un extravertido señor marroquí, que tenía el permiso de
trabajar de verano en la playa como vendedor de varios objetos. Caminaba a lo
largo de la playa de Ostia bajo el sol con su mercancía de ambulante y dormía
en una carpa en un rincón escondido de la misma playa. Venía a comer y ducharse
en nuestro centro. Allí conoció a Yusuf, que hablaba sólo árabe. Eran dos
personas muy diferentes, pero se hicieron amigos. Y sucedió que el marroquí
propuso a Yusuf ir consigo a Marruecos en otoño y casarse con su hermana, una
viuda de 50 años, que necesitaba de un contador y de una persona con pasaporte
europeo para ayudarla a gestionar sus negocios de comerciante. Yusuf conoció a
la señora por fotos y por teléfono y le gustó; también a la señora le gustó
Yusuf. En otoño los dos hombres salieron rumbo Marruecos y después de un mes
Yusuf llamó a Sandro para decirle que estaba feliz y bien arreglado con una
señora activa y simpática. Y nos dio las gracias para todo lo que habíamos
hecho en beneficio de él.














