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sábado, 15 de abril de 2017

CAMPOSANTO

José Sebastián Silvente

En este camposanto de perpetua soledad,
entre las cruces que señalan nuestra tumba
y los cipreses en filas alineadas,
un cielo gris derrama sin piedad
lluvia en la tierra que, como una catacumba,
sepulta nuestros cuerpos, de vidas acabadas.
¿¡Qué rayo calcinó nuestra alegría!?
¿¡Qué vendaval nos robó las ilusiones!?
¿¡Qué guadaña segó el amor que entre los dos había!?
¡Éramos tan jóvenes y ávidos de besos!
¡Dos corazones púberes, y ahora yertos!
¡Teníamos tanta vida… y hoy estamos muertos!
Aquí yacemos ahora, en este camposanto,
unidas nuestras manos, para la eternidad,
bajo la lluvia fría, que moja las libélulas;
en esta sepultura de infame oscuridad.
Ya jamás soñaremos ¿Acaso sueñan los muertos?
Nuestros ojos no se mirarán ¿Acaso pueden ver los muertos?
Nunca más nos amaremos ¿Pueden acaso amar los muertos?
Mas yo, amada mía, no descansaré en mi ataúd
hasta que la vida pague por la injusticia cometida;
hasta que el viento azote la hierba empantanada
y brote una flor ensangrentada
que testimonie el crimen, repugnante y triste,
de lo que un día fue… y ya no existe.

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