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sábado, 8 de abril de 2017

EL TIEMPO EN EL ESPEJO

Juan Antonio Gómez Jerez 

La habitación estaba llena de cosas, muebles, artefactos viejos, cortinas que arrastraban sus viejas arrugas por el suelo, silencios y recuerdos que revoloteaban por toda la estancia.

Los recuerdos volaban con alas hechas de tiempo efímero, y se movían de un lado para el otro, cuales luciérnagas,  intentando socorrer a los recuerdos que se caían de las estanterías, aquellos recuerdos muy viejos que ya no se valían por si solos. Había que ayudarlos.

Los recuerdos escuchaban mis historias, oían a mis propios recuerdos, algunos se dormían al escucharme y se les caía la cabeza, disimulaban claro, yo me daba cuenta pero no me importaba, otros por el contrario estaban atentos a las cosas que recordaba y les gustaba como hablaba de ellos. Había recuerdos para cada cosa, para cada momento, de distintos colores y texturas; ¿Y los sabores? ¡Ay dios los sabores! ¡Como se movían por la habitación dejando su aroma por doquier!

La ventana estaba abierta, las cortinas más jóvenes  jugaban con el aire y un móvil de cristales de colores  que colgaba de la parte alta dejaba su sonido en el ambiente, suavemente metálico y reflejaba en la pared dulces destellos de colores que se transportaban desde el mismo sol.

Yo me estaba tomando un té de hierbas  orientales que dejaba aromatizado mi salón a canela y jengibre y como si fuera la hora del té inglesa, pasaba la tarde solo disfrutando de los recuerdos que aún se dejaban ver entre las ranuras que dejaban los libros de la estantería. Y aquella estancia tenía el sabor familiar sin familia que ya se había embotellado en la botella de los recuerdos.

De repente la estancia se llenaba de amigos que hacía tiempo que no veía, fueron entrando poco a poco, incluso algunos de los que ya habían muerto, me resultaba todo tan extraño, pero aun así, me dejé llevar por el bullicio, por la conversación, por el sonido de las tazas cuando las cucharas las acariciaban y me dejé embriagar por aquella magia que me envolvía.

Reía, me sentía feliz. Todo me resultaba extraño, dulcemente extraño. Tanta visita, como cuando éramos jóvenes y nos reuníamos todos a merendar y a hablar, a compartir y a soñar. Todos me preguntaban que como estaba, que si me sentía bien y yo les afirmaba que nunca había estado mejor.

Entre toda aquella algarabía me llagaba, de repente, un sollozo que no sabía distinguir. Miré a mis amigos con esa cara interrogante del que quiere descubrir entre las respuestas y me sonrieron dulcemente, con una sonrisa cómplice que me daba tranquilidad y me invitaron a descubrir de dónde venía. El bullicio bajó. Me levanté y me miré las manos blancas, sin arrugas, limpias. Al levantarme se me calló un libro de poesía que siempre solía releer pero lo dejé en el suelo, caído, el sollozo que oía me producía más intriga y me dispuse a salir de la estancia.

Al acercarme a la puerta me miré en el espejo que colgaba cerca de ella. Mis ojos se clavaron en aquella imagen. Viejo, me vi muy viejo, lleno de arrugas como nunca antes me había visto, me sorprendí, me asusté. Me agarré del marco de la puerta y miré al pasillo, al mirar atrás ya no había nadie, ya no estaban, habían desaparecido, me asusté aun más. Una luz tenue me guiaba hasta la habitación del fondo de donde venía aquel sollozo. ¡Dios! No entendía nada. ¿Qué sueño es este? ¿Qué  pasa?

Poco a poco me acercaba a la habitación, era mi habitación, allí estaban todos, hablando, susurrando, por un momento sonreí aun sin entender nada. Me acerqué a la puerta, allí estaban todos.

_ ¿Qué pasa chicos?

Pregunté. Nadie me respondió. Fui abriéndome paso hasta la cama y fue allí donde me vi acostado, tendido, con los ojos ya cerrados. Miré a todos. Aquellas caras, aquel silencio roto por el sollozo.

Ella me cogía de la mano, me acariciaba la cara. Se despedía silenciosamente. Y en aquel momento me fui.

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