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sábado, 10 de septiembre de 2016

RECORDANDO EL DIABLO DE TIJARAFE

Rosario Valcárcel Quintana
 

Me llamo Lucifer, aquel que trae la luz. Así cantaban los ángeles menores, hasta que les fue prohibido este canto. Desde entonces, mi apodo corroe los tiempos anunciando aquel que tiende trampas… (Nostalgia del Amor Ausente, Walmor Santos)
 

Todos los años en el mes de septiembre el municipio de Tijarafe, en la isla de La Palma, está de fiesta.
 

Y las familias de los alrededores así como hombres mujeres y niños de otros lugares de la isla nos reunimos en torno a la Plaza para hablar y tomar una copa, para esperar al Diablo, para bailar con él, para sumergirnos en una celebración. En una figura que ha estado asociada a la Virgen de la Candelaria, la patrona del pueblo.
 

La Danza del Diablo es una lucha entre el bien y el mal, entre La luz y la oscuridad, lo permitido y lo prohibido. El pecado. Y simboliza el triunfo de La Virgen contra Satanás, las virtudes y los vicios. Se dice que en un pasaje del Apocalipsis se le da al Diablo un día para que domine el mundo. Solo un día porque al día siguiente será vencido por una mujer, la Virgen. 
 

Así en la madrugada del día siete de septiembre todos, junto a la iglesia, nos preparamos para la gran noche mientras una orquesta ameniza la verbena.

         
Luis y yo bailábamos apretujados alrededor de una multitud que acechaba por el rabillo del ojo para ver por dónde iba a aparecer el anfitrión de la noche. Y de pronto una corte de gigantes y cabezudos con su Rey y Reina abriendo el paso, irrumpió en el centro, e igual que una bandada de palomas que volaran bengalas y voladores llenaron el cielo de colores brillantes. Era el Día de la Virgen.

         
Mientras, en un lugar secreto, el Diablo oculto se preparaba para salir.

        
 Y de repente el ritmo de la música sube más y más y por unos segundos reina una especie de calma. Pero enseguida se produce un frenesí, los brazos se henchían como una marejada y se escucha igual que si fuese un himno:

     
 -“Tiritití, ti ti, tirirití, ti, ti el Diablo va a salir


Las voces se unen, resuenan, yo me refugio en el temblor del festejo,  y al verlo aparecer todos afanados aplaudimos, gritamos:

  

-¡Si, sí, sí, el Diablo ya está aquí!


El pueblo entero palpita, se estremece. Y el Príncipe rebelde de los demonios como un espectro que sobrevive saluda. Inicia su arte de júbilo y la locura estalla igual que una catarata, lo rodean, le rinden homenaje como a un dios. Nos conquista.


 Su silueta fantasmagórica nos atrapaba. La brasa de sus ojos resplandecía, flotaba. Fue un momento desenfrenado y el Diablo con su tridente en la mano y rodeado por nosotros se entregó a su ceremonia, a su cólera posesa. ¿Cómo podíamos unirnos a él? Eso casi era un sacrilegio. La orquesta gozosa no dejaba de tocar, excitaba los ánimos.


 Prendados de aquel Demonio nadie se acordó de la condenación del alma y comprendí que era una fiesta.


 El Diablo no paraba, se pavoneaba de su gloria, giraba en torno suyo, danzaba con su carcasa cargada de munición, abría fuego, arremetía con la cola, con el tronco, con las manos. A mí me envolvía una intensa alegría, y al ritmo de la música mi cuerpo se acurrucó al cuerpo de Luis. Seguía cantando.


-¡Si, sí, sí, el diablo ya está aquí!
 Era peligroso acercarse pero algunos audaces, intentaban tocarle, adularle, jugar. Él, indomable y resplandeciente se escabulle, se sacude como un perro. Majestuoso suelta chorros de fuego. Los que están más cerca salen despavoridos como quienes ven al mismo Demonio.  


Así durante unos veinte minutos, bailamos sin descanso, ni el mismo Diablo interrumpió el baile, mientras su cuerpo fantasmagórico despedía voladores, cohetes y petardos a través de detonadores eléctricos.


Lo hacía a traición. Y yo sentí como el sopor tibio de la noche nos apuñalaba con un  sabor  a azufre.


En medio de aquella algarabía apocalíptica, nos alejamos del Satán, nos colocamos a cierta distancia para no quemarnos. Permanecí inmóvil, restregándome los párpados por el humo y observando el curioso personaje. Contemplaba sus dos ojos, rojos llamativos, se alzaban desafiantes sobre la marea de cabezas que bailaban al compás de la música. Se me erizó la piel e igual que si la profecía se confirmara me sentí arrastrada por Él.


Desde pequeña he tenido cierta debilidad por los seres malvados, oscuros y ocultos que aparecían en los cuentos de hadas, por los seres que practicaban el mal, los odiados. Incluso  siempre he tenido predilección por la reina malvada que le pide al cazador las entrañas de Blancanieves, siempre creí vislumbrar en ella un corazón sincero.


De pronto se produce la apoteosis de la noche y la Plaza de La Candelaria explota entre aplausos, palmas y una gran humareda, y a mí me pareció percibir el presagio de algo bueno. El olor a pólvora se extendía por todo el pueblo pero poco a poco el espeso humo desaparece. Entonces el Diablo derrotado echa una mirada alrededor, se acerca a la puerta de la Iglesia donde está la Virgen y le hace una señal de reverencia. Después regresa a las Tinieblas, a sus dominios. El público cesa su estrépito.


Mientras nos alejábamos pudimos escuchar como cada uno a su manera comentaba la actuación del Diablo. Y yo sentí en lo más hondo de mi alma una sensación de victoria.

Un año más la Virgen había triunfado, el Bien sobre el Mal. La luz sobre la oscuridad, lo permitido y lo prohibido. El pecado.  


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