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sábado, 9 de enero de 2016

DONDE QUIERA QUE ESTÉS


  José Sebastián Silvenet

Donde quiera que estés, has de saber que  cada día que sigue al día que pasa es como una celda en la cual vivo cautivo, pidiendo fuerzas al destino, con el único horizonte de no vivir tan sólo aferrado a tu recuerdo;  porque asumirlo sería como asumir que el tiempo se detuvo en la angustia de la espera y que, perdida ya mi fe, mi devoción  no tiene otro sentido que idolatrar tu imagen y tu nombre,  en un culto blasfemo.

Donde quiera que estés, has de saber que en la penumbra eterna de mis noches frías me engaño en la utopía de verte frente a mí como Rea Silvia, vestida de esperanza, y trato de cambiar el espectro incansable de la muerte por esa imagen tuya, para poder ganar, quizás, un soplo más de vida, antes de que la luz que esparce el sol de la mañana me lleve, sin remedio, de nuevo a mi calvario.

Donde quiera que estés, has de saber que no te olvido; que no hay brisa ni río que no porten la queja que mana de mis versos entretejidos en la lluvia y el viento, y que mi voz, rota por la aflicción de no tenerte, navegará a través del eco por valles, nubes, cerros y colinas, en la esperanza de que me traiga, aunque sea un suspiro tuyo,  en mi postrer y  aciaga madrugada.


Donde quiera que estés, has de saber qué vida no me queda ya;  que pocos días bastaron para probar  el veneno dulce de tu boca,  haciéndote dueña de mis sentidos y que si no remedias tú la congoja que me mata, muerto me encontrarán junto a los pergaminos que, impotente, plagié, describiendo con mi sangre tu voz, tus senos, tu mirada…  y el cálido refugio de tu sexo que, sin remedio, me hechizó… abocándome al delirio.

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