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sábado, 27 de enero de 2018

ALGO MUY FRÁGIL: EDUCAR LA AFECTIVIDAD ESPIRITUAL


Iván López Casanova 

Afirma Gregorio Luri, con tino, que los padres actuales tienen a los niños «más vigilados que nunca», pero que en sus labores educativas «están perplejos». A la vez, con un poco de sorna, registra algo que puede parecer paradójico: «El día que la aventura en el bosque fue sustituida por el juguete didáctico, la humanidad dio un pequeño paso para atrás. Curiosamente, rodeados de juguetes, nuestros niños con frecuencia se aburren».

Pues bien, gran parte de esta aparente contradicción tiene que ver con la afectividad espiritual, porque muchos padres y madres −equivocadamente− protegen en exceso a sus hijos de miles de problemas externos y no saben cuidar, en cambio, algo valioso, frágil y muy expuesto en los tiempos que corren: su afectividad espiritual interior.

La afectividad, de hecho, posee un papel fundamental en la configuración de nuestro mundo: no solo hacemos lo que pensamos y lo que queremos, sino lo que nos gusta. Y «hay que educar a las personas para que les guste lo que les conviene, lo que es afectivamente elevado y rico», afirma el filósofo Juan Manuel Burgos.

¿Cómo se educa la afectividad? Son importantes los razonamientos –formar la inteligencia− y el logro de virtudes para llevar a la práctica el comportamiento adecuado; pero lo que resulta crucial, afirma Burgos, es «conseguir que la persona experimente las emociones adecuadas para que se vincule afectivamente a ellas y las introduzca en su universo axiológico», en su mundo ideal de valores.

Para entenderlo mejor: en un hogar donde, por ejemplo, se vivencia la emoción de la navegación, se cuentan aventuras marineras y se espera con júbilo la llegada de las vacaciones para salir en barco, los hijos estructurarán su mundo interior con gusto hacia todo lo relacionado con el mar para toda la vida. Pues en el mundo moral, intelectual y vital ocurre lo mismo. Si en una familia se vive un ambiente moral e intelectual elevado, los hijos se contagian de esa formación, y así estructurarán su mundo ético y sus ideales.

Por tanto, hay que diferenciar bien el mundo externo e interno del niño. Respecto del externo, una pediatra francesa, Françoise Dolto, explica con claridad que el niño no debe ser colocado en el centro, sino en la periferia, para que pueda contemplar el mundo de los adultos. Sin esto, nunca tendría ganas de crecer pues le sería más cómoda «su posición como ombligo del mundo bajo las faldas de su madre». En suma, evitar el exceso de mimos, la sobreprotección.

Pero en lo relativo a su mundo interior, a su afectividad, cuanto más los cuidemos, mejor. Porque viven en un mundo lleno de violencia que les llega por todas partes: colegio, sociedad, televisión, internet, etc. En consecuencia, resulta fundamental el ambiente de afecto de la familia. «Hay que quererse para mostrar qué es quererse», declara Gregorio luri. Y también: «La principal lección que pueden dar los padres a sus hijos es la manifestación de su amor mutuo».

De modo contrario, cuánto daña la afectividad de los hijos si ven a sus padres discutir o tratarse mal. Y puede romperse su delicado mundo afectivo si en la familia se escucha una mentira −al hablar por teléfono, por ejemplo− o si se consiente una ligereza moral o si se bromea con cuestiones de fidelidad conyugal en una conversación o al aparecer en la televisión. Todo esto puede destrozar su frágil afectividad espiritual, como planta que está empezando a nacer.

Por último, Luri insiste en que cada familia debe esforzarse por poseer «un estilo moral propio del que, además, nos sentimos muy orgullosos», porque los hijos saben que «trasmitimos nuestros valores como trasmitimos la gripe, por contacto».

Educar la afectividad depende de crear un ambiente familiar de alegría y afecto indestructible, envuelto en un clima ético e intelectual elevadísimo. Y defender la intimidad de los hijos de la violencia moral ambiental.

Iván López Casanova, Cirujano General.
Escritor: Pensadoras del siglo XX y El sillón de pensar. 

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