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sábado, 4 de mayo de 2019

VENEZUELA: DE 1976 A 2019


Evaristo Fuentes Melián

En enero de 1976 hacía dos meses que Francisco  Franco había fallecido; no había transcurrido en España tiempo suficiente todavía para que la democracia se institucionalizase o al menos se llamase así teóricamente el cambio de régimen en evolución incuestionable e imparable.

    A principios de enero del 76, después de un viaje cruzando en avión DC10 el Gran Charco, el Océano Atlántico, me desplacé a Caracas. El Gobierno venezolano estaba en aquel momento pregonando solemnemente la nacionalización del petróleo; pero la gente de la calle, sin ir más lejos el camarero que me atendió en el bar del aeropuerto, no estaba ni mucho menos confiado en que iba a producirse ese tipo de nacionalización; y, medio en broma medio en serio, me comentó que él lo que quería es que le dieran su parte del petróleo, para él administrarlo a su modo. Por su corta experiencia vital, no se fiaba ya de sus gobernantes de dudosa reputación, ni de cómo iban ellos a administrar aquella riqueza del <Oro Negro>.

 Uno de mis amigos emigrante residente allá, me llevó al día siguiente a las afueras de la capital caraqueña, paró el coche en el arcén de una autopista y me dijo solamente: fíjate, mira con atención…”

Mi vista no salía de su asombro. En una extensión similar al Valle de La Orotava, de este a oeste, desde Santa Úrsula hasta Icod el Alto, el territorio estaba llenito de chabolas, lo que ellos llaman <ranchitos>. Con sus bafles, altavoces y equipos de sonido y televisión, pero con <techos de cartón>, como reza una canción de Los Sabandeños con letra de Mario Benedetti.

  Queridos lectores: aquello no ha cambiado; ahora mismo, cuando escribo estas líneas,  Maduro y Guaidó se desgañitan como niños peleones en autoproclamarse <Gobierno Legítimo>, pero las chabolas que yo visioné hace más de cuarenta años siguen en pie.

Espectador

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