Bienvenidos al Diario del Valle

SEARCH

sábado, 17 de febrero de 2018

AMAR ES REÍR Y, SIEMPRE, SONREÍR


Iván López Casanova 

Sostiene George Steiner que el ser humano padece una sed de lo absoluto y cuando no la llena de religión comienza a buscarla en propuestas ideológicas que hacen como de «teologías sustitutivas» –el marxismo, la psicología freudiana, etc.−. Mi impresión es que después de la caída de las ideologías, ocurre el mismo error con el amor de pareja: la absolutización del amor. Pero, ¿no es más real comprender su fragilidad y, por eso mismo, cuidarlo?

En Los cuatro amores, C S Lewis afirma sobre el amor de pareja: «Entre todos los amores él es, cuando está en su culmen, el que más se parece a un dios y, por tanto, el más inclinado a exigir que le adoremos. Por sí mismo, siempre tiende a convertir el hecho de estar enamorado en una especie de religión». Y en seguida aclara: «El verdadero peligro, me parece a mí, no es que los enamorados se idolatren el uno al otro, sino que idolatren al propio eros».

Pero si se absolutiza el amor, cuando ocurre una contrariedad, o si la otra persona comete errores o no termina de superar un defecto de base, adviene una fuerte decepción: se culpa, entonces, al dios caído −eros−, y se afirma la imposibilidad del amor para toda la vida; o se inculpan mutuamente por problemas que sencillamente forman parte de la condición frágil y dinámica de la vida, y que se podrían resolver desde la fidelidad de un amor incondicional sin idealizaciones místicas. «Debemos realizar los trabajos de eros cuando eros ya no está presente. Esto lo saben todos los buenos enamorados», concluye C S Lewis.

Precisamente porque somos personas frágiles, el amor necesita de la promesa de fidelidad para siempre, porque sin ella llevamos al eros a prometer lo que no puede cumplir, a aspirar a una especie de amor perfecto, y en cada momento, para mantener la unión firme. Y eso es imposible. Con realismo, Lewis afirma la importancia de «rechazar como intolerable la idea de que [el amor conyugal] pudiera ser transitorio». Pero, en seguida, anota: «¿Podemos estar en esta desinteresada liberación durante toda una vida? Apenas una semana».

Otra consecuencia negativa de la absolutización del eros deriva de pensar que la nostalgia de infinitud se llena con la experiencia del amor. Relata Platón en El Banquete que Eros nació de un dios, (Poros, abundancia) y de una humana (Penía, pobreza). Y este mito expone bien que el amor es un reflejo de lo infinito, pero deja un poso de insatisfacción. Y desendiosando el amor, por tanto, cuidaremos a la persona amada para que esa falta de plenitud sea lo más tenue posible.

Con profundidad maravillosa lo ha descrito Gustave Thibon: «Dichosos entonces si descubrimos que ese ser impotente para saciar nuestra sed sufre también nuestra misma sed, y de este modo logramos asociar nuestras dos miserias en una única plegaria». Se trata de comprender que el amor real necesita de la voluntad de hacer feliz a la otra persona en su anhelo de felicidad ofreciéndole, en primer lugar, nuestra fidelidad por encima de los vaivenes de la vida: ¡cuánto alegra la persona cuyo compromiso es indudable por encima de cualquier circunstancia!, ¡cuánto contribuye a la construcción de una afectividad sólida en sus hijos!

Además, hay que regalar otros dones. Señalo dos: compartir la intimidad, que es lo que más enamora, porque lo que más encanta es la belleza de la interioridad de una persona que, además, nos hace entender por qué actúa exteriormente. El segundo, reír. Un enamorado se ríe. Y si no puede, siempre sonríe; porque deja voluntariamente su corazón a la vista y eso es, al menos, sonreír.

Bien lo sabía Emily Dickinson: «Puede que no me necesiten – pero puede que sí − / Dejaré mi Corazón a la vista − / Una sonrisa tan pequeña como la mía puede ser / Precisamente lo que necesitan −».

Iván López Casanova, Cirujano General.
Escritor: Pensadoras del siglo XX y El sillón de pensar.