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lunes, 6 de febrero de 2017

MALCRIAMOS A LOS POLÍTICOS

Odalys Padrón

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Malcriamos a los políticos.

Cualquier estudio o tratado sobre educación establece que es necesario enseñar al alumnado que los actos tienen consecuencias, tanto positivas como negativas, así como evitar amenazar si no se va a cumplir. Por eso la actitud pasiva que tiene gran parte de la ciudadanía ante faltas de respeto efectuadas por "la clase política", nada plausibles, ocasiona que éstas se repitan sin pudor.

Muchos recordarán cómo en 2015 Celia Villalobos, siendo vicepresidenta primera del Congreso, durante el Debate del estado de la Nación fue pillada jugando al Candy Crush. Ni siquiera se disculpó, es más intentó engañar a la ciudadanía diciendo que estaba leyendo la prensa. Mintió pues hay imágenes claras y contundentes a este respecto. Pero también es reprochable que considerara lícito leer la prensa en horas de trabajo máxime mientras un compañero realizaba una intervención en la Cámara. Lo más grave de esta actitud es que había habido ya antecedentes como los tres diputados del Partido Popular (PP), Colomán Trabado, Miguel Ángel Pérez Huysmans y Manuel Troitiño, que en 2002 fueron sorprendidos viendo videos porno durante una Asamblea de Madrid. Los diputados, también del PP, Bartolomé González y María Isabel Redondo, que en 2012 fueron “cazados” durante el pleno jugando a “apalabrados”. En 2013 la diputada canaria, Nuria Herrera (Coalición Canaria) fue pillada mientras realizaba deberes de su hijo de inglés durante una sesión plenaria del Parlamento de Canarias. Ese mismo año, el vicepresidente segundo del Parlamento de Canarias, Manuel Fernández (PP) fue fotografiado viendo un documental en su iPad mientras la Cámara discutía medidas para paliar la pobreza o el 33% de desempleo. También, en 2013, el diputado del PP en las Cortes Valencianas y exalcalde de Alicante, Luís Díaz Alperi, se cortó las uñas mientras comparecía el Conseller de Economía.

En todos estos casos, y alguno más que recoge la hemeroteca, hay un denominador común: sus actos no tuvieron consecuencias más allá de salir en prensa. No se les obligó a dimitir ni tuvo ninguna secuela. Esa es la diferencia con otros países, donde acciones similares conllevan el cese inmediato. En España sólo se recriminó al periodista que pilló a Celia Villalobos al que llamaron desde la jefatura de prensa para advertirle que el reglamento prohíbe grabar cualquier tipo de imágenes desde la Tribuna. Por eso no es extraño que actuaciones como las anteriormente expuestas se sigan produciendo mientras la “clase política” no percibe una consecuencia negativa a actitudes tan irresponsables como las descritas anteriormente.

Un ejemplo, en estos días el Viceconsejero de Acción Exterior del Gobierno de Canarias, Pedro Rodríguez Zaragoza, se dedicó a jugar al “solitario” en su tableta mientras estaba en el Congreso de la Ciudadanía Española en el Exterior. Según relata, el susodicho, en una patética disculpa enviada a los medios “no estuvo jugando todo el tiempo” y como “ya había intervenido estaba tranquilo”. Da a entender que cuando se están tratando temas como la ayuda educativa o la cobertura sanitaria no está pensando y valorando posibles soluciones. Lo que traslada este “vividor” de la política es que asistió, cobró dietas por ello, y “soltó” o “vomitó” el discurso que seguramente le habían preparado y se quedó “más ancho que Castilla”. Esto es la mediocridad política que impera en España. Con personajes como estos jamás se encontrarán soluciones y mucho menos cambios.

Max Weber, considerado por muchos como el padre de la sociología política, distinguió entre los políticos que viven para la política y los que viven de la política, diferenciando entre la legitimidad de origen y la legitimidad de ejercicio resaltando que esta última se fundamenta en dos parámetros, actualmente bastante escasos, el cumplimiento de las promesas electorales y la ejemplaridad pública en el ejercicio de la función gubernamental. La gravedad de las acciones anteriormente descritas se incrementa al ser conscientes que no sólo son protagonistas los partidos, que permanecen impasibles, sino una sociedad que premia electoralmente a corruptos, populistas y demagogos que olvidan que el fin ético de la política debe ser el bien común.

Reconozco que hablar de estos temas resulta cansino, pero es necesario porque cuando percibimos la corrupción como algo normal estamos abocados a convertirla en sistémica lo que conlleva un freno al desarrollo y a las políticas normales de crecimiento económico además de una desmoralización de ciudadanos y empresarios junto a una inestabilidad política con gobiernos que fracasan en proveer de justicia y servicios. ¿Les resulta familiar?

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