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jueves, 5 de noviembre de 2020

FOTOGRAFIANDO CANARIAS EN 1909: MARGARET D`ESTE

José Melchor Hernández Castilla

Margaret D`Este Moss King (1876-1930). La inglesa de procedencia italiana Margaret D’Este Moss King, vino acompañada de la señora de R.M. King (Robert Moss King, 1832-1903), su madre, llamada Elizabeth Auguste Egerton (1847-1917), la cual trajo consigo una cámara fotográfica a la que llamaba Cammy. Y además, iba acompañada de la 4ª edición de la guía Madeira and the Canary Islands de Alfred Samler Brown, publicada en 1906. La señora King, la cámara Cammy y la guía de Alfred Samler Brown serán las compañeras inseparables del deambular de Margaret D’Este por las islas que visitó: Tenerife, La Palma y Gran Canaria, por este orden. Margaret D’Este señala en la nota al lector que su libro “In the Canaries with a cámara”, traducido por primera vez al español por Pedro Leal Cruz (2009), con el título Viajando por Canarias con una cámara, no es una guía de viajes, sino una crónica personal de sus observaciones y experiencias en Canarias.

Margaret D’Este llega a Santa Cruz de Tenerife el 13 de diciembre de 1907 a bordo del Dunluce Castle y su propósito es pasar el invierno durante seis meses. Pasa los primeros días en la capital, en el Hotel Quisisana, y cinco días después, siempre con la señora King. Se trasladan al Puerto de la Cruz, donde se establecerán en el Humboldt Kurhaus -el Hotel Taoro entonces, bajo dirección alemana-. Margaret y la señora King visitan prácticamente la totalidad de los pueblos de Tenerife: por la costa norte viajaron a San Juan de la Rambla, Icod, y desde aquí fueron a Garachico. A finales de febrero, regresaron al hotel Humboldt. El 9 de marzo, dejaron el Puerto de la Cruz para dirigirse a Guímar por la cumbre de Pedro Gil. Es, entonces, cuando visitaban la Villa de La Orotava y se quedaron en el encantador hotel Victoria, recién abierto. Una vez en Güimar, permanecieron en el hogareño hotel Buen Retiro. El periplo sureño consistió en las visitas a Fasnia, Arico, y pasando de largo por el pueblo de Granadilla hasta llegar a Vilaflor, luego Arona y Adeje. Volvieron a Vilaflor y desde aquí subieron a Las Cañadas, donde pasaron la noche en la Cueva de George Graham Toler. Para, luego, llegar de nuevo al Puerto de la Cruz.

El 13 de abril de 1908, abandonan el Puerto de la Cruz para dirigirse a La Palma. Antes hacían una parada para visitar La Laguna y quedarse en el hotel Aguere. Tenían interés en recorrer el monte de Las Mercedes y Anaga, “probablemente la excursión más bonita que uno puede hacer en Tenerife” –afirmó Margaret D’Este-. A finales de abril, pasaron una semana en La Palma -donde visitaron Mazo, Los Llanos y otros pueblos, pero sobre todo su auténtico objetivo: La Caldera. El primero de mayo de 1908, en Santa Cruz de la Palma, tomaron el barco León y Castillo para dirigirse a Gran Canaria. En Las Palmas, se alojaron en el Hotel Santa Catalina; pero el 8 de mayo dejaron la polvorienta ciudad para dirigirse a El Monte, donde se alojaron en el Hotel Victoria. Visitaron el grupo poblacional alfarero troglodita de La Atalaya, San Mateo, Tejeda, Agaete, Gáldar y Guía. El 27 de mayo de 1908, Margaret D’Este y la señora King abandonan las Canarias rumbo a su casa, Inglaterra.

Estas dos damas estuardianas, pero de formación victoriana, se mueven por la abrupta geografía insular a lomos de mula, tartanas y carruajes de tracción animal, que por la narración a lo largo de los diecinueve capítulos del libro, es todo un ejercicio de valentía, de aventura e intrepidez. Causa admiración cómo se desplazan con pasión por las islas que visitaron, a pesar de las enormes dificultades físicas, ambientales, higiénicas e inhumanas con las que tuvieron que enfrentarse, sobre todo en La Palma. Pero la diferencia de este libro de viaje con otros es que está narrado con un sentido del humor propio del que hace gala los británicos, y que está muy lejos del nuestro. Y la otra gran diferencia de otros libros de viajes es la riqueza de situaciones de la vida cotidiana que D’ Este nos transmite. Se salta la ristra de tópicos que todo viajero que visita Canarias parece que está obligado a mencionar. Las observaciones de D’Este sobre la sociedad isleña es todo un ejercicio literario original muy alejado de la narrativa farragosa y enrevesada de algunos viajeros. Pero, todo ello, en un alto grado humorístico, propio de los británicos. Un humor cuya base es la ironía con un uso muy adecuado del lenguaje y de las normas sociales, pero muy punzante.

-              Genealogía Familia Moss King (Internet) 

-              González Lemus, Nicolás (16 diciembre 2009). Presentación del libro “Viajando por Canarias con una Cámara” de Margaret D’Este.

“Nadie, excepto un sordo como una tapia, podía pasar por alto la llegada de una carruaje con turistas a Icod (Ee-koh, con que se pronunciaría con ortografía inglesa) y por ello los postigos se abrían mientras avanzábamos, tropezando y chocando con los adoquines de las empedradas calles del pueblo, hasta que nos paramos en el Hotel Internacional… El amo y el ama de la casa estaban ausente y sólo quedaba de la familia sus dos hijas, Carmen y Lola, al cargo de una capacitada criada, llamada Esperanza.

Lola, una rolliza y abultada doncella de unos 16 años, se unió a nosotras en la sala, después de la cena y, después de mostrarnos su colección de postales, que, por cierto, mostraban, sobre todo, escenas de amor y fotos de actrices, comenzó a charlar alegremente, escudriñándose de cerca con tan firme mirada que no perdía ningún detalle de nuestro atuendo, desde los imperdibles hasta los cordones de los zapatos.

La vida en Icod, nos decía, era muy triste; no había bailes ni teatros; los domingos, por supuesto, había misa, pero el encogimiento de hombros, que acompañó a sus palabras, dejaba entrever que la misa no podía considerarse exactamente como un pasatiempo. Nunca había salido de la Isla; sin embargo, una vez llegó hasta Santa Cruz, y eso le había despertado un gran deseo de conocer mundo. Tenía un novio llamado Manuel, un joven de 23 años, que tenía la intención de venir a Tenerife para entrevistarse con su padre para pedirle la mano; trabajaba en el negocio frutero, y en ese momento vivía en Londres: todo es uno, Londres o Inglaterra, ¿verdad? Ah no, debe haber otras villas en Inglaterra, porque Manuel, al escribir, decía que tenía otra tienda de frutas, no en Londres sino en otra, pero ella no podía recordar cómo se llamaba. Le sugería que si podía ser Bristol, Liverpool, Southampton… No, no era ninguno de estos lugares, a ella le parecía que sólo Higyack era la ciudad a la que él siempre se refería; sí, estaba segura que era Higyack. Debo decir que podría ser que así lo fuera y que yo nunca la hubiera visitado. En ese momento, me mostró el fajo completo de todas las cartas de su novio y me las dio para que yo las leyera. Si yo hubiera tenido un mejor conocimiento del español el leerlas habría sido indiscreción, pero sólo fui capaz de colegir que Manuel tenía muy buena letra y que se expresaba muy bien, pues al escribir llamaba a su “Lolilla” “niña muy simpática”. Le pregunté si a ella le gustaba él hasta tal punto como para casarse con él, y casi suelto una carcajada al ver la mueca que hizo para expresar su incertidumbre. “¡No sé!”, fue su respuesta, y, haciendo salir fuera el labio inferior, y encogiendo los hombros hasta las orejas, dijo: “¡Manuel es amable, sí!, y bueno, ¡oh, sí!, pero es feo, ¡Dio, qué feo es! Tiene la cara de color pálido rojo, y el cabello pelirrojo; lo que es raro en estas partes”, añadió con un poco de orgullo.

Me imagino que terminaría casándose con él, pero en ese momento todavía no se había decidido, “queda mucho tiempo”, pensaba. Su hermana tenía 20 y todavía no se había casado. ¿Y qué pasaba conmigo? Ella suponía que yo debía tener 19, por lo que pronto debería casarme. Le pregunté qué en qué pasaba el tiempo. ¿Leía ella algo? En ese momento señaló con el dedo a algunas revistas de moda que estaban tiradas sobre la mesa, junto con una novela barata impresa en un papel horroroso, y me dijo que no tenía ningún interés por la lectura, pues prefería mirar por el postigo. El paso de años de mirar por los postigos, que estaban pintados de verde, había dejado en la parte interior de los mismos, manchas redondas tan negras, como las que tenía en la cabeza el que se apoyaba en ellos. A veces, durante la conversación, la señorita Lola se daba rápidos golpes en la cara, y enseguida sin darme cuenta comencé a hacer lo mismo yo. Mis enemigas, las pulgas, me habían descubierto…

Todavía no era muy tarde, por lo que le sugerí a Lola que paseáramos un poco en lugar de volvernos directamente a la fonda. Subimos por un camino empedrado muy inclinado entre huertos de plátanos en terraza; Lola, que no solía dejar su casa sino para ir a la iglesia, subía tan ágil como una cabra por los adoquines resbaladizos, a pesar de llevar botas de tacón alto y un vestido ajustado, y se enfrentaba a la cuesta, para gran sorpresa mía, a un paso tal que pronto me dejó jadeando detrás. Los genes de sus ancestros habían hecho más que todas mis caminatas diarias; y se volvía y se reía de mí cuando paraba para admirar el paisaje que, por un afortunado resarcimiento de la Naturaleza, pocas veces falta en un camino en cuesta. A la vuelta, sin embargo, ella estaba tan agotada como yo, por lo que bajamos cogidas de la mano; Lola soltaba carcajadas cuando algunas de las dos perdía el equilibrio y comenzaba a bajar a un paso tan rápido que parecía que nos iba a llevar al tejado de alguna casa” (D`Este, Margaret, 1909; 2013. “Viajando por Canarias con una Cámara”. Ediciones Idea. Página 108).

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