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sábado, 3 de marzo de 2018

REMINISCENCIAS Y NOSTALGIAS DE UN PASADO PORTUENSE


Agustín Armas Hernández

Toda persona —partiendo naturalmente de que posea un mínimo de sensibilidad— siente nostalgia de su vida pasada, tanto cuanto más va entrando en la edad madura. Cuando nos damos cuenta el tiempo —que se nos concede— ha pasado fugazmente.

De niños muchos amigos de colegio. Es ahí precisamente en los centros de enseñanza infantil donde empezamos a convivir socialmente, donde se forjan las amistades del futuro. Quien no se ha preguntado, alguna vez ¿qué habrá sido de aquel amigo de la infancia que más tarde tuvo —por diversas razones— que desplazarse a otro pueblo, o quizás emigrar a otra nación allende los mares? ¡Cuánto me agradaría volver a verlo! recuerda con nostalgia.


Hace algunos años una señora alemana —actualmente fallecida— me dijo refiriéndose —entre suspiros— al Puerto de la Cruz, de la década de tos 50: «ha perdido su encanto» recalcó muy estrictamente. «Estoy de acuerdo con usted, señora», le respondí de inmediato. El diálogo continuó y seguimos recordando tiempos pasados. El Puerto de la Cruz empezó a transformarse de pueblo en ciudad con la puesta en marcha de la urbanización «Llanos de Martiánez». Y.…

Como todo tiene su precio con la citada urbanización desapareció el más bonito platanal —preludio de otros— que en un simpar alarde de belleza circunvalaban al antaño pescador y agrícola «pueblito». Entonces donde hoy está ubicada la avenida de Colón sólo existía un paseo de tierra con una hilera de tarajales que, dividiendo el camino de la playa, empezaban en la ermita de San Telmo y terminaban en el centro mismo de la playa Martiánez. Comenzaba a continuación una plaza con una amplia terraza de cemento, base ésta de ubicación de varias casetas «típicas», que a la sombra de tarajales, arbustos y techo de pal-meras, atenuaban el rigor del sol en los días fuertes del verano playero. En dichas casetas -- acondicionadas para restaurantes con vistas al mar— y bañistas—se podían degustar los mejores pescados y mariscos del litoral portuense (entonces muy abundantes), viejas, pulpos, lapas, almejas, etc. Sin olvidar por supuesto, ese rico crustáceo «el cangrejo»; todo ello acompañado de aquel buen vino tinto del norte de nuestra isla. Frente al susodicho lugar dando frente a la playa y rodeada de lindos platanales se encontraba la piscina municipal «Martiánez», lugar de citas y encuentros de muchísimos bañistas y expertos nadadores; unos porque preferían la tranquilidad de las aguas para darse un chapuzón y otros para entrenarse, con vistas a las competiciones de natación que en dicha piscina se solían celebrar. Categoría no solamente regional, sino también nacional e internacional tenían estos enfrentamientos deportivos. Grandes nadadores se formaron y nadaron en la piscina que nos ocupa; de entre ellos mencionaré a dos de los grandes, Fermín Rodríguez Méndez que junto al chicharrero Alfonso Veller conquistaron para Tenerife el campeonato de España de natación en el año 1942, el primero estilo mariposa y el segundo en espalda.

Si por el día se nadaba, por la tarde/noche se bailaba. Al son y ritmo de la portuense orquesta «Manigua». Movían el esqueleto lugareño, foráneos e incluso extranjero que desde muchos años antes ya nos visitaban. Esta prestigiosa orquesta en aquellos años muy solicitada, hacía la delicia —con las melodías de entonces: «el manisero», bésame mucho, el pasodoble tres veces guapa, etc.»— de los extranjeros aludidos y que se hospedaban en los cuatro únicos hoteles del encantador Puerto de la Cruz de aquellos años. El gran hotel «Taoro», dirigido por don Enrique Talg, hotel «Marquesa» llevado y dirigido por su dueño don Sebastián González Nepomuceno; «Monopol» dirigido también por su propietario don Carlos Gleixner, y por último el «Martiánez», llevado por don Enrique Talg.

Una sociedad cultural y recreativa el «Círculo Iriarte», alma de la cultura para jóvenes y adultos. Por fin: exposiciones de pintura, conciertos musicales, conferencias y diversas recreaciones.

Otros tiempos, sin duda, que no volverán —«ni hace falta» responderán nuestros jóvenes—pero que nosotros los adultos recordamos con nostalgia.

Posdata: leamos un poema que dediqué a aquel viejo camino de tierra y arena de mar, ahora desaparecido, (Actual Avenida de Colón) que, con tarajales a su vera, partiendo de la trasera de la ermita de San Telmo, terminaba en el mismo centro de la playa de Martianez. ¿Lo recuerdan?

RINCONES IDOS DEL PUERTO DE LA CRUZ

Del Puerto, que está en Fiestas,                    

Mentar quiero con nostalgia

 Rincones que ya son idos,

 Pero quedan en mi alma.

De niñez y juventud,

 Me afluyen con añoranza

Lugares de gran quietud,

 Que por quererlos me abrazan.

De San Telmo aquel camino

 Que conducía a la playa,

 Tarajales a su vera

 Con sus ramas en cascada.

 Simulando -parecía- que

Aquel sendero guardaba.

Silencioso era el camino

 Que sólo alteraba el agua

Al chocar contra las rocas,

 Pues cerca el bajío estaba.

Pronto la brisa traía

 Olorcillo a yodo y algas,

 Procedente del Atlántico,

 Al pasar por nuestra playa.

Unos minutos, no más,

 Y en Martiánez me encontraba

 La capilla con su Cruz,

Qué paciente allí esperaba:

 Se acercará algún creyente

A rezar una plegaria.

 ¡Maravilla, qué belleza!

Al entrar en la explanada,

 Donde cerca estaba el agua

Con sal, con peces, con algas.

 ¡Acantilado de Martínez,

¡Tú si estás, nunca te vayas!