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sábado, 7 de abril de 2018

CASA MÓVIL


Teresa González 


Conozco una casa

con alma y espíritu 

divinos.

En su rosal interior   

se materializa el amor,

llevando en su río

de pétalos rojos

desbordarte la vitalidad.     


Es un imperio de huéspedes 

con piel de algodón

que en la angostura de su vecindad,

en blanco y negro, incesantes repiten

el colorido motivo de su creación.


En la cima

yace potentado el soberano

vestido de lana plomiza

y casco de hueso

en vez de corona.

No consiente mísera la basura

en la atmósfera marrónica

de sus oxigenadas arterias.


Como gotas de leche

corren centenares de defensas

asegurando la saludable fluidez

del alegre rojo puro

que de norte a sur

y en su fronda

circula libre savia milagrosa.


Sus maravillosos huéspedes

celebran maravillados

la maravilla de vivir…

dentro de una casa limpia,

pacífica y con mucha luz…


La casa nunca está triste

porque nació normalmente alegre.

La casa canta

La casa ríe

La casa baila…


Es una casa común

como muchas tantas parecidas:

las hay nebulosas, boyantes,

misérrimas, bélicas,

grandes y chicas

y hasta poéticas.

Pero este no es el caso de esta casa

porque ésta es común

como muchas tantas parecidas.


Tiene un par de snorkers

para que la película de la vida

divierta a sus fungosos moradores

mientras las automáticas cortinas

no desciendan por los cristales…


Desde la ardiente molienda

de la serpiente mordiendo la manzana

la casa es única aún…


La casa canta

La casa ríe

La casa sueña

cuando mira a las estrellas.


La casa conoce su poder,

su alfa y omega,

la divinidad morando en ella.

La casa sabe que su santuario

es templo de Dios.