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martes, 29 de enero de 2019

UNA MOVILIZACIÓN EDUCATIVA


Salvador García Llanos

Es inquietante que la ola de derechización envuelva a los jóvenes que, desideologizados, indolentes, sin valores y todo eso, creen que van a seguir accediendo fácilmente a los bienes de provisión y consumo. Preocupa que, acríticos y tal, la política -mejor dicho, la democracia- les traiga sin cuidado. Deprime que figuras históricas que basaron su desempeño en el golpismo, el autoritarismo o la represión ilimitada sean personajes de cabecera y sujetos admirables.

Esto se nos va. O se ha ido ya. Por eso, hay que reparar en pensamientos como el del filósofo y pedagogo español José Antonio Marina quien recientemente ha vuelto a insistir en la necesidad de una movilización de la sociedad civil -principalmente de la comunidad educativa- con tal de hacer ver a la clase política que cumpla sus compromisos respecto a la juventud y ofrezca algo más que una batería de medidas coyunturales o conectadas con las demandas de la moda y del consumismo llevadero.

O se asume que la clave es la educación para lograr amplios sectores ciudadanos críticos e inconformistas, dispuestos a aportar lo que cabe exigir para producir los avances sociales, o aquí no hay nada que hacer. La educación es un asunto de todos para impedir el fracaso escolar, para aliviar el sentimiento de soledad, para prevenir las inadaptaciones sociales y los comportamientos que confluyan en lacras como el machismo criminal, para no sentir ni palpar el desconcierto o la impotencia de padres y docentes, para superar las brechas de la desigualdad, para robustecer las instituciones educativas básicas, para hacer un adecuado uso de recursos económicos, sociales, intelectuales y personales y para invertirlos en un generoso y activo compromiso social.

O se toma conciencia y se es sensible, variando sustancialmente la actitud seguida hasta ahora, o el escenario será cada vez más tenebroso. No habría horizontes, está claro. El profesor Marina ha sido rotundo sobre el particular: “España perdió el tren de la Ilustración y el de la Industrialización. Si España pierde el tren del aprendizaje, nos convertimos en el bar de copas de Europa. Y yo, para mis alumnos, no lo quiero. De manera que hay que empezar a decirle a la sociedad: <>. Podemos tener un problema de paro juvenil crónico gravísimo porque no estamos poniendo las medidas necesarias para atajarlo y es un asunto de una gran injusticia social”.

Por tanto, hay que hablar de inclusión educativa, de predisposición de padres y tutores, de autonomía pedagógica. Pero también de motivación, de talento, de creatividad, de emprendimiento y de convivencia productiva para afrontar el futuro inmediato con una mínima solvencia si no se quiere que los vacíos y las realidades inciertas -puede que deseadas por actores interesados en que así sea- predominen agravando sin remedio los males que nos aquejan.

José Antonio Marina, con toda razón, y al calor de su experiencia, propone esa movilización de la sociedad para crear espacios de participación, de intercomunicación y de corresponsabilidad con tal de mejorar la calidad educativa de barrios, pueblos y ciudades.

Lo que no puede ocurrir es que las cosas sigan como hasta ahora, con esa indolencia extendida, sin alicientes y sin compromisos fehacientes que permitan hacer los seguimientos pertinentes y evaluar las tareas que hay que acometer, para corregir, si es necesario.

Movilicémonos, que será positivo, ya lo verán.

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