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sábado, 8 de septiembre de 2018

DE NUEVO DIABLO DE TIJARAFE


Rosario Valcárcel

Me llamo Lucifer, aquel que trae la luz. Así cantaban los ángeles menores, hasta que les fue prohibido este canto. Desde entonces, mi apodo corroe los tiempos anunciando aquel que tiende trampas… (Nostalgia del Amor Ausente, Walmor Santos)

Todos los años en el mes de septiembre vuelvo a la casa de mi infancia en donde los objetos, los amigos y la familia esperan mi regreso. Vuelvo al Municipio de Tijarafe, en la isla de La Palma. Vuelvo a la Fiesta del Diablo.

A un pueblo, a una plaza en donde converge el mundo entero, donde los vecinos de los alrededores, hombres, mujeres y niños de otros lugares se reúnen para hablar y tomar una copa, para esperar a aquel Diablo que echaron del Paraíso.

Para bailar con Él, para sumergirnos en su danza, en la lucha entre el bien y el mal, entre la luz y la oscuridad, lo permitido y lo prohibido. Para chapotear en el pecado. Así aquella madrugada del día siete de septiembre, un jubiloso grupo escucha junto a la iglesia a un grupo musical. Luis y yo bailamos entre tibias y apasionadas respiraciones, alrededor de parejas que se meten mano, que se besan que acechan por el rabillo del ojo por dónde iba a aparecer el anfitrión de la noche.

De pronto una corte de gigantes y cabezudos con su Rey y Reina irrumpe en el centro de la plaza y, como si una bandada de palomas volara, ciento de bengalas llenaron el cielo de colores brillantes. A mí se me iluminó el rostro, me emocioné. Era el Día de la Virgen.

Mientras, en un lugar secreto, el Diablo oculto se prepara para salir. Oigo un cierto revuelo, el ritmo de la música sube más, y más, retumba. Por unos segundos reina una especie de calma, pero en seguida se produce un frenesí, una punzada de emoción y se escucha igual que si fuese un himno:

- “Tiritití, ti, tirirití, ti, ti el Diablo va a salir

Las voces se unen, resuenan entre gritos y exclamaciones. Yo me refugio en el temblor del festejo cuando de pronto aparece el Diablo. Me quedo paralizada. Otros afanados aplauden, cantan: 
         
 - ¡Si, sí, sí, el Diablo ya está aquí!

El pueblo entero palpita, se estremece. En medio de una niebla roja aparece su silueta fantasmagórica y yo recuerdo tiempos de mi adolescencia cuando éramos solo sombras inocentes en la oscuridad.

Ahí estaba el Príncipe rebelde, e igual que un espectro que sobrevive, saluda jubiloso, saluda conquistador, el público se le abalanza, y la efervescencia estalla igual que una catarata. Toda la plaza le rodea, le rinde homenaje como a un dios.

 Fue un momento desenfrenado. El Diablo con su tridente en la mano danza al compás de la música, gira a nuestro alrededor. Desata las pasiones, se entrega a su ceremonia, a su cólera posesa. ¿Cómo podíamos unirnos a él? Eso casi era un sacrilegio.

Prendados de aquel Demonio nadie se acuerda de la condenación del alma, ni de las religiones que han gobernado las vidas. Comprendo que era una fiesta.

El Diablo con su mirada feroz se pavonea de su gloria, flota sobre el aire del verano, abre fuego con su carcasa cargada de munición, arremete con los ojos y las manos, con el tronco y la cola. Los rostros se arremolinan entre las ascuas de la pasión. A mí me envuelve una intensa alegría, y al ritmo de la música mi cuerpo se acurruca al cuerpo de mí acompañante, sin dejar de cantar en voz baja:

 - ¡Si, sí, sí, el diablo ya está aquí!

Algunos intrépidos, intentan tocarlo adularle, jugar con él. Él, indomable y resplandeciente se escabulle, se sacude como un perro. Majestuoso suelta chorros de fuego. Los que están más cerca salen despavoridos como quienes ven al mismo Demonio. Así durante unos veinte minutos, bailamos sin descanso entre las ráfagas de fuego que despide su cuerpo. Lo hace a traición. Y yo siento como el sopor tibio de la noche nos apuñala con vehemencia.

Entonces, igual que la directora de escena que se siente satisfecha al ver que su espectáculo funciona viento en popa, y que sabe que no le queda nada por hacer en medio de aquella algarabía apocalíptica, quise alejarme del Satán y exclamé:
       
-Tenemos que encontrar un lugar para sobrevivir.

Nos colocamos a cierta distancia para no quemarnos. Inmóvil, me restriego los párpados por el humo. Con cautela miro el curioso personaje. Contemplo sus ojos rojos, llamativos que se alzan desafiantes sobre la marea de cabezas que bailan al compás de la música. Se me eriza la piel e igual que si la profecía se confirmara me siento arrastrada por el Diablo.

Desde pequeña he tenido cierta debilidad por los seres malvados, oscuros y ocultos que aparecían en los cuentos de hadas, por aquellos seres que practicaban el mal, los odiados. Incluso siempre he tenido predilección por la reina malvada que le pide al cazador las entrañas de Blancanieves, siempre creí vislumbrar en ella un corazón sincero.

De pronto se produce la apoteosis de la noche y en la Plaza de La Candelaria explota una gran humareda, aplausos y palmas, apretones de mano y a mí me parece percibir el presagio de algo bueno. El olor a pólvora se extiende por todo el pueblo, pero poco a poco el espeso humo desaparece. El Demonio derrotado echa una mirada alrededor, se acerca a la puerta de la Iglesia donde está la Virgen y le hace una señal de reverencia. Regresa a las Tinieblas, a sus dominios.

Mientras nos alejamos escuchamos como cada uno a su manera comenta la actuación del Diablo. Y yo siento en lo más hondo de mi alma una sensación de victoria, entre los gritos y los cantos tan pronto silenciados. Entonces Luis me rodea con sus brazos, me atrae hacia sí y me besa los ojos que estaban a punto de desbordarse.

Un año más la Virgen triunfa. Triunfa La luz sobre la oscuridad, lo permitido y lo prohibido; el pecado. El Bien sobre el Mal.

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