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martes, 26 de febrero de 2019

AYUDAS Y VICIOS


Salvador García Llanos

El periodista y profesor Juan Carlos Blanco justifica en elpostblanco.wordpress.com la concesión de ayudas de los gobiernos y de las instituciones públicas en general a los medios de comunicación que quieren superar la crisis estructural y afrontar los procesos para las alternativas de un modelo de negocio bien fundamentadas, en dos supuestos: primero, en ciudades, regiones y hasta países “donde el andamiaje periodístico se ha precarizado hasta el punto de que casi no hay cabeceras que hagan las cobertura de sus lugares de referencia”; y segundo, “si se centran en apoyar la búsqueda de nuevos modelos de negocio que permitan sobrevivir en el nuevo entorno digital y móvil en el que se relacionan con los medios”.

Pero la tentación habita en la facilidad para acceder a esas ayudas, en un descontrol más o menos palpable, en que se trata de una cuestión que no interesa sino a los afectados y que, entre la impunidad y la falta de transparencia, termina enquistándose de modo que después, cuando ya se cuenta con tales ingresos, es difícil desembarazarse de las inyecciones digamos económico-financieras.

Sí, el fondo de reptiles, existente desde tiempo inmemorial y que algún tribunal ha llegado a considerar como un desprecio al Estado de Derecho, ahora, con la crisis, las conexiones, las amistades, las necesidades, la sostenibilidad, los insumos, los equipamientos, los costos de producción, las reconversiones y otros modeneses, tiene otras versiones.

Blanco es tajante al afirmar que las ayudas no deben generalizarse “si se quiere evitar los riesgos y hasta los vicios de que estos mismos medios terminen cambiando sus modelos, y no porque hayan encontrado alternativas viables a los sistemas tradicionales (grandes audiencias que sujetan el negocio de la publicidad), sino porque hayan hecho de las ayudas y de las subvenciones más o menos disfrazadas de publicidad institucional un modelo de ingresos tan atípico como peligroso a largo plazo”.

El propio autor abunda en las razones que obligan a no generalizarlas. “Los medios no pueden depender para su supervivencia de las ayudas, vengan de donde vengan”, escribe. Es evidente que, si aspiran a mantener unos índices mínimos de independencia y de calidad, habrán de moverse con recursos de otra naturaleza, única forma de hacer un producto digno, decente y profesional a la altura, como mínimo, de las elementales exigencias de los consumidores de la información.

Y aunque sea una obviedad, habrá que subrayar que depender de los gobernantes de turno, de cualquier signo, equivale a ver muy mermado y condicionado el ejercicio de crítica y fiscalización. Juan Carlos Blanco llega más lejos: “En el peor de los casos, convertirá a estas marcas informativas en bandas de cornetas y tambores a mayor gloria de quien más les pague”.

No nos engañemos: si la calidad, el saneamiento, la mayor independencia y la competitividad de los medios son factores fundamentales para una sociedad democrática que se desenvuelve con aspiraciones de progreso, hay que superar tentaciones y vicios. ¿Ayudas? Sí, pero con condiciones, transparencia y plazos.

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