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martes, 9 de julio de 2019

HERÁLDICA SOBRE LA HISTORIA DE: La Orden de los Escolapios


José Peraza Hernández

Roma, veinticinco de marzo de mil seiscientos diecisiete; lugar y fecha. Ahora un nombre y una firme e iluminada decisión; San José de Calasanz y la fundación de las Escuelas Pías. Se trata de una institución religiosa y docente que, en su origen, consistía en mejorar la instrucción primaria de los niños de familias humildes, privadas de los necesarios recursos económicos.

La primera parroquia comenzó a funcionar en un suburbio romano de Trastevere. Más tarde, en 1.602, con no pocos esfuerzos, se pudo alquilar una casa en San Andrea della Valle y en el año 1.612, contando ya con un crecido número de alumnos, se instaló en el Palacio Torres, en Roma. La Congregación, mediante las oportunas gestiones, obtuvo la aprobación del Papa Paulo V, en el año 1.617, con los tres votos, más la obligación de enseñar con preferencia a los niños pobres y en el año 1.621 fue elevada a la categoría de Orden Religiosa.

Pero ocurrió que, como toda obra humana, no estaba exenta de sufrir los ataques de aquellos que no la veían con buenos ojos, lo que provocó la acusación de que lo que en realidad hacía la orden, no era cumplir aquello a lo que estaba obligada, sino que por el contrario dedicaba sus esfuerzos a la educación de los hijos de las clases pudientes, con lo cual quedaba totalmente desvirtuado el propósito del fundador, San José de Calasanz. El Papa Clemente XII, intervino para dirimir la cuestión aceptando que, la Orden había sido aprobada para promover la enseñanza de los niños pobres, pero que esto no excluía la posibilidad de impartir también dicha enseñanza a los hijos de familias pudientes.

No obstante, todo lo anterior, para José de Calasanz, el futuro santo de la Iglesia, el objetivo de enseñar a los pobres tenía prioridad absoluta sobre cualquier otro aspecto de la Orden.

Pero citar una Orden Religiosa sin dedicar el debido espacio a la personalidad de su Fundador, sería incongruente, por lo que, aunque en forma breve, nos referiremos a San José de Calasanz, quien con su esfuerzo y dedicación fue el elemento básico para la obra de las Escuelas Pías. Nació en la villa de Peralta de la Sal, de la provincia de Huesca en el mes de julio del año 1.557. Era el séptimo hijo de la familia Calasanz y fue un niño que al igual que todos, jugaba con sus amigos y hacía la vida normal de la infancia.


A la edad de doce años, sus padres y el maestro del pueblo, decidieron enviarlo a estudiar a Estadilla, un pueblo cercano, lo que así se hizo, ingresando José en un internado. Fue un alumno muy aventajado, de forma que cuando regresó a su pueblo natal ya lo hizo con los estudios de Humanidades finalizados.

 En Peralta, contando dieciséis años, José ya tenía bien madurada la idea que se había apoderado de su mente: hacerse sacerdote. Con este proyecto, se trasladó a Lérida, en cuya Universidad cursó los estudios de Filosofía. Después, marcha a Valencia para aprender Teología y finalmente, acaba su carrera sacerdotal en Alcalá de Henares, por lo que es ordenado sacerdote en el año 1.583.

Su labor comenzó en Monzón para pasar después al Monasterio de Montserrat. Más tarde asume el cargo de Visitador de la diócesis de Urgel. La brillantez con que desempeñó su trabajo, despertó el interés de su Obispo quien le animó a que ampliara sus estudios, doctorándose en Sagrada Teología. José de Calasanz se decide pasando el examen lo que lo hace conseguir el doctorado. Así finaliza una etapa de su vida. La que ahora dará comienzo será la más importante y se inicia con su marcha a Roma. En la Ciudad Eterna pronto se hace notar y el Cardenal Antonio Colonna recurre a él en algunas ocasiones, encargándole la resolución de algunos asuntos que José desempeña con toda brillantez.

Un hecho importantísimo se produce entonces en Roma un hecho lamentable y desgraciado. Sobre la ciudad se abate una terrible epidemia de peste y cuando todo el que puede huye de la población, aterrorizado, José de Calasanz, no sólo permanece en la urbe, sino que se lanza a la calle a aliviar a los enfermos, a poner todo su esfuerzo al servicio de los que sufren, sin atemorizarse ante el pensamiento de un contagio. Es el momento cumbre en la vida del futuro Santo porque es entonces cuando se da perfecta cuenta de la pobreza de las gentes. Y lo que más despierta su compasión es contemplar a numerosos niños vagabundeando de un lado para otro. Esta imagen despierta en él la idea de que la mejor solución para que aquellos muchachos no se hundan en la holgazanería o en la delincuencia, a las que les puede empujar su pobreza, es crear escuelas a donde puedan acudir. Hay que tener en cuenta la época: en el año 1.600, tan sólo podían recibir instrucción aquellos que tenían dinero para pagar los estudios de sus hijos. Los pobres no tenían ningún derecho y si sus hijos crecían y se desarrollaban carentes de toda enseñanza, eso a nadie le importaba.

Pero José de Calasanz no puede llevar adelante su idea sin ayuda. Solicita ésta al Ayuntamiento y le es denegada. Pide después colaboración a los jesuitas, a los dominicos, y unos y otros le dan como contestación, primero evasivas y después, la negativa. Comprende que lo que ha de hacer, tiene que hacerlo solo. No se amilana y comienza a impartir clases gratuitas en la iglesia de Santa Dorotea, pero pronto, ante la cantidad de niños que acuden, el local se queda pequeño, muy pequeño y José, viendo que aumenta el número de alumnos se traslada a la Plaza de las Flores, alquilando una casa.

Los niños que desean recibir una instrucción gratuita aumentan sin cesar y hay que buscar un local más amplio. Calasanz solicita la ayuda del Papa y como resultado, obtiene: primero el palacio Vestri y después el Manili.

El Papa Paulo V, se ha convertido en un apoyo inestimable para José de Calasanz. Pero cuando las Escuelas Pías se hallaban en todo su auge, falleció este Pontífice, ocupando la silla papal Urbano VIII, que, al contrario de su predecesor causará enorme daño a la Orden Escolapia. Consciente o inconscientemente, presta crédito a ciertos informes malintencionados del padre escolapio Mateo Sozzi. ¿Qué motivos tuvo, este clérigo, para esforzarse en hacer desaparecer la Orden? Los ignoramos, pero el Papa decide destituir a José de Calasanz de su cargo de padre general y elige para substituirle a Mateo Sozzi. Este hizo todo lo posible para conseguir que la Orden desapareciera y así lo logró bajo el papado de Inocencio X.

Ante tantas desventuras, la salud de José de Calasanz se resiente. El fin del Fundador de las Escuelas Pías se acercaba; una tarde tuvo que acostarse aquejado por fuertes dolores de hígado. Nunca más se levantaría. Cuando se dio cuenta de que su muerte estaba próxima pidió los Santos Sacramentos y expiró. La fecha fue de 25 de agosto de 1.648 y el Fundador de la Escuelas Pías murió a la edad de noventa y un años.

Pero su obra iba a continuar. Los padres escolapios que asistieron a su fallecimiento decidieron que el mejor homenaje que podían hacerle, era seguir la ruta que Calasanz les había marcado. Y su obra continuó llegando hasta nuestros días. El papa Benedicto XIV, beatificó a José de Calasanz, Clemente VIII, lo canonizó y finalmente, Pío XI, lo proclamó Patrón Universal de las Escuelas Cristianas.

San José de Calasanz dejó, como su principal obra escrita, las "Constituciones", en las que se incluye la organización de sus Escuelas.

lunes, 10 de junio de 2019

HERÁLDICA SOBRE LA HISTORIA DE: Orden Hospitalaria de San Juan de Dios


José Peraza Hernández

Es el año 1.495. Un niño nace en Montemar-o-Novo, (Portugal). Un niño que se verá influenciado por la época. Es el Siglo de Oro español; el de Íñigo López de Loyola (1.491-1.556); el de Teresa de Jesús, (1.515-1.582); el del Maestro de Ávila (1.500-1.569) y el del niño que acaba de nacer, Juan Ciudad o de Dios.

Para comprender su vida hay que situarse en su época y sobre todo, en el ambiente social por entonces reinante. Se trata de un periodo histórico cifrado en la aventura, de inquietud y conmoción. Y todo esto se vive como si de una enfermedad se tratara.

Estamos en los tiempos de la Reforma (1.517) y de los grandes descubrimientos geográficos (América, 1492) y esos dos hechos constituyen los ejes fundamentales en torno a los que gira la sociedad de la época.

Todo es movimiento a lo largo de este siglo XVI. No es de extrañar, pues, que Juan de Dios, sienta como también en su sangre hierve la aventura. Una aventura que en él será doble: la del hombre y la del santo, en interacción.

Ya cuenta ocho años y aparece su primera aventura: Huye de la casa paterna y se emplea como pastor en Oropesa, (Toledo), bajo las órdenes de Francisco Cid Mayoral, hombre de confianza de don Francisco Ávarez de Toledo, Conde de Oropesa y Señor de aquellas tierras.

Pero aquella vida de tranquilidad, donde jamás ocurre nada, acaba por aburrirle y le decide a meterse en un ambiente de guerra: Fuenterrabía debe de ser conquistada (1.523) y allá se encamina Juan de Dios. Será para él una experiencia, muy triste y amarga, la experiencia que bordea la muerte. La realidad le hace tornar a su tranquilo lugar de Oropesa, hasta que de nuevo siente como la sangre hierve en sus venas, sin recordar sus antiguos sufrimientos.

Vuelve de nuevo a la milicia. Esta vez, el lugar está muy alejado; pero eso no importa cuando se tiene el corazón joven y el cuerpo sano y vigoroso. Es en Viena (1.532) y la lucha tiene carácter de Cruzada. Pero la milicia no va con Juan. En su ánimo repercute la violencia, la sangre derramada, el horror del combate.


No obstante, siente que precisa algo, un motivo en su vida, algo que todavía ignora qué puede ser. Ha de caminar, ha de buscar, quiere encontrar la luz. El no lo sabe, pero se está preparando para una empresa misteriosa.

La ciudad de Ceuta construye sus murallas (1.535) y hacia allá va Juan que se emplea en las mismas como peón de albañil.

Regresa a España y con su vuelta, un nuevo cambio de trabajo: su nuevo oficio es el de librero ambulante. Se trata de un empleo que cae bien a su carácter. Estamos ya en el año 1.538 y sus andanzas se desarrollan por Gibraltar, Málaga y Granada, ciudad donde instala su librería en la puerta "Elvira".

Vende libros pero también los lee, porque su ansia de saber es insaciable. Intuye que se está preparando para algo, pero continúa sin saber qué puede ser.

Juan de Dios ya cuenta cuarenta y tres años. Ha vivido y ha visto mucho. Entonces comienza su gran aventura, la aventura cargada de entrega, fraguada en una larga etapa experimental. La fecha: 20 de enero de 1.539.

Granada, en la Ermita de los Mártires. Es la fiesta de San Sebastián en la cual predica Juan de Ávila. Y así este hombre que, en resumidas cuentas, es el instrumento del que Dios se vale para iluminar a Juan Ciudad, influye en éste de forma decisiva. El arrepentimiento por sus pecados será el comienzo de su doctrina y el de su obra caritativa en Granada y en la Iglesia.

La obra a la que se entrega es muy dura y difícil, al tiempo que sencilla: Lo que puede dar de sí para un hospital con todas las exigencias que Juan lleva en su mente. Recorre los calles y a sus ojos no escapa la miseria que contempla: Habla su corazón y su mente busca con desesperación un remedio para tantos desamparados, hambrientos, tullidos, vergonzantes y enfermos. Quisiera poder remediarlos a todos y piensa en un hospital digno para los enfermos. No los quiere ver amontonados en el suelo o en camastros comunes, tal como era la costumbre de aquel tiempo. Rompe con la citada costumbre y divide las salas de su hospital por enfermedades y procura a cada enfermo una cama individual, limpieza, ventilación, asistencia día y noche y un riguroso orden de meditación. Es como si hubiera intuído lo que pasado el tiempo será un hospital moderno.

Los últimos once años de la vida de Juan de Dios fueron de una entrega total, generosa, de una abnegación sacrificada, consagrándose totalmente a la idea que había iluminado su alma. Y es que, en el inmenso corazón de este hombre, cabían todos: Los de su hospital y los de fuera. Para él sólo bastaba que alguien padeciera una necesidad.

Para él, el hombre siempre y en cualquier circunstancia era su hermano. Y así, amado y querido por todos, falleció en Granada el 8 de marzo de 1.550. Los rasgos fundamentales del personaje aparecen, en seguida, a través de la síntesis de su doble aventura: la del hombre y la del santo. Pueden concretarse en: su entrega total sin reservas, sin condiciones y sin condicionamientos, su gran abertura hacia los demás, su fortaleza sin límites, su caridad activa. Su testamento son los enfermos: Testamento que la Orden de San Juan de Dios ha interpretado según las necesidades de cada momento histórico. Pero sobre todo: Amor a toda persona sin discriminación.

Amor y defensa de la justicia, la promoción humana, los derechos de los enfermos, la solidaridad con los pobres y los que sufren. La orden de los Hermanos de San Juan de Dios fue aprobada por el papa San Pío V el 1 de enero de 1.572. Desde su primer momento ha sido una Orden laical aunque desde su fundación se concedió que algunos Hermanos pudieran acceder al sacerdocio para ejercer dicho ministerio entre los enfermos y en sus comunidades y obras hospitalarias. A lo largo de su historia la Orden de los Hermanos de San Juan de Dios se ha ido extendiendo por todo el mundo, haciéndose presente en aquellos lugares donde el dolor y la enfermedad precisaban de su asistencia: guerras, epidemias, enfermos de todo tipo y necesidad.

Esta Orden Hospitalaria se dedica al servicio de la Iglesia en la asistencia a enfermos y necesitados con preferencia hacia los más pobres, comprometiéndose a prestarles todos los servicios necesarios, incluso con peligro de la vida. La orden Hospitalaria de los Hermanos de San Juan de Dios sigue las obras y enseñanzas del Santo a quien consideran como su Fundador. Atiende a los pobres, los enfermos y los marginados: desde el campo de las siquiatrías crónicas hasta la asistencia en zonas deprimidas del mundo rural, pasando por los ancianos, los enfermos crónicos, los drogadictos y los minusválidos físicos y psíquicos, los alcohólicos, todos los marginados, niños deficientes y las Misiones.

Como el lema de esta Orden Hospitalaria, la exponen sus propios miembros: "Somos hombres llamados a proclamar desde nuestra consagración y servicio, el amor de Dios a los enfermos y necesitados".

Por último: San Juan de Dios, el considerado Fundador de la Orden, fue beatificado el 21 de septiembre de 1.630; canonizado el 16 de octubre de 1.690: declarado Patrón de los enfermos y hospitales el 12 de junio de 1.889 y de los enfermos de ambos sexos el 28 de agosto de 1.930. Su fiesta se celebra el 8 de Marzo.

sábado, 1 de junio de 2019

HERÁLDICA SOBRE LA HISTORIA DE: La Orden de los Cartujos


José Peraza Hernández

Fundada por San Bruno, en el año 1.084, en Chartreuse-Grenoble, Francia, esta Orden tiene en España cinco cartujas: La Cartuja de Miraflores en Burgos; la Cartuja del Aula Dei en Zaragoza; la Cartuja de Santa María de Montalegre en Tiana, Barcelona; La Cartuja de Nuestra Señora de Porta Coel en Valencia y la Cartuja de Nuestra Señora de la Defención en Jerez de la Frontera, Cádiz.

Bruno de Hatenfaust, el futuro Santo de la Iglesia, nació en Colonia en el año 1.030 y murió en Della-Torre, Italia, en 1.101. Guiado por una fuerte vocación religiosa, se ordenó sacerdote y ocupó una canonjía en Colonia. En el año 1.057 pasó al puesto de maestrescuela de Reims. Pasado el tiempo y también en Reims ocupó la cancillería arzobispal. Pero tuvo un enfrentamiento con su obispo simoniaco, Manases de Gournay, que acabó con la deposición de Bruno por el Sínodo de Autun. Este hecho le lleva a retirarse definitivamente a la soledad. Primero se estableció en Seche-Fontaine y posteriormente en la "Grande Chartreuse" y fue allí donde, precisamente, decidió fundar la primera cartuja en 1.084. El Papa Urbano II, que había sido su discípulo, quiso tenerlo como consejero en Roma (1.089). Después de meditarlo, Bruno se decidió a emprender el viaje a la Ciudad Eterna sobre el año 1.090.

En una ocasión, viajando con el Papa por el sur de Italia vio unos terrenos yermos y se los pidió al Pontífice que no tuvo el menor reparo en concedérselos. Aquellas tierras se llamaban Della Torre. Su idea era formar la primera cartuja y así lo hizo, pero pronto su fama atrajo a nuevos ermitaños y hubo que construir una segunda. No redactó Reglas particulares, siguiendo la de San Benito. A San Bruno se le representa vistiendo el hábito blanco de los cartujos y sus atributos son la estrella sobre el pecho (como símbolo de la visión que tuvo San Hugo) y la mitra y el báculo a sus pies, con la calavera, el crucifijo arborescente y un ramo de olivo.


El Papa Urbano II había sido monje benedictino. Junto a él, San Bruno pudo estudiar la Regla de San Benito e irse imponiendo de lo que era la vida en las abadías y monasterios dependientes de la casa central de Cluny. Conoció asimismo cómo de la casa madre habían salido numerosos monjes que no estaban conformes con la manera en que se desarrollaba la vida en aquella Abadía. Entre ellos San Romualdo en 1.027 para retirarse a un lugar solitario y fundar la comunidad de los Camaldulenses que, aun rigiéndose por la Regla de San Benito, se separaban de la casa madre.

Un año antes de que San Bruno se decidiera a la fundación de la cartuja, seis monjes benedictinos encabezados por Roberto, abad del monasterio de Solesmes, se marcharon al desierto del Cister aposentándose en humildes refugios de madera. Al cabo de un año, el abad de Solesmes fue llamado otra vez a su puesto y le sucedió Alberico quien obtuvo del Papa la aprobación de la nueva Orden, si es que así puede denominarse la reforma del Cister. El Cister desde el primer momento,insistió en condenar el fausto y el lujo de las casas clunicenses. Los cistercienses debían manifestar su desdén por los omamentos: las paredes serían de madera pintada, los candelabros de hierro, los campanarios de madera y sin alturas presuntuosas y nada de vidrieras de colores en las iglesias de los monasterios. Éstas debían estar todas dedicadas a María porque la Virgen era la patrona de la casa de Solesmes, donde se había iniciado el Cister y también para evitar cultos fantásticos, una de las causas de la corrupción de Cluny. Los monasterios del Cister no precisaban de riquezas porque estaban rodeados de granjas que los monjes dirigían y administraban. En cada granja vivía una familia de labriegos y los monjes acudían allí sólo de vez en cuando a fin de que los trabajos del campo fueran atendidos debidamente. Era la vida contemplativa en toda su pureza. Sin embargo, aun esto era demasiado para San Bruno. El quería más humildad y más pureza cristiana todavía. San Bruno fue uno más de los que decidieron retirarse a un lugar solitario para consagrarse a las prácticas monásticas, alejadas de todo boato. Varias fundaciones se llevaron a efecto durante los siglos XI y XII que revelan el ansia que empujaba a los monjes en su ideal ascético.

A comienzo del siglo XI se separó del Papa Urbano II para retirarse al desierto de la Gran Cartuja, en un rellano de los Alpes porque lo considero bastante apartado y con un clima lo suficientemente crudo para no tentar a los que no tuvieran firme vocación de penitencia. La fundación de la Cartuja únicamente podía interesar a aquellos que prefieren siempre esos retiros del mundo y encontrar la perfección ejemplar encarnada en la fraternidad de sus monjes, sintiendo el amor cristiano que cada hombre debe tener hacia sus semejantes. San Bruno, como hemos dicho, no redactó ninguna Regla guiándose por la de San Benito. Las "Consuetúdines" o Reglas de los cartujos no se redactaron hasta 1.125, unos veinte años después de la muerte de San Bruno. En las "Consuetúdines", el número de monjes se limita a doce por monasterio, con dieciséis conversos y algunos pastores y labriegos.

Sobre la figura del Fundador, San Bruno, existe abundante iconografía que comienza a partir del siglo XI, en el que se divulgó su culto, y adquiere su mayor importancia desde su canonización en el año 1.623. Es en el arte alemán donde aparece la más antigua representación del Santo en el siglo XV, debida al Maestro de la Sagrada Familia (Museo de Colonia). En Francia figura San Bruno en el "libro de horas del Duque de Berry". En la basílica de San Pedro, en Roma se encuentra otro cuadro "San Bruno rechazando la mitra". Pero fue en España donde preferentemente se desarrolló la iconografía del Santo: escultores como Martínez Montañés, (Catedral de Cádiz), Alonso Cano, (Cartuja de Granada) y Manuel Pereira, (Cartuja de Miraflores). En la pintura española destaca "San Bruno en actitud de pedir silencio" (Museo de Valencia) por Francisco Ribalta. Constituyen también un valioso tesoro artístico los ciclos narrativos de la vida del Santo pintados por V. Carducho (Cartuja del Paular) y por Zurbarpá (Cartuja de Santa María de las Cuevas, (Sevilla).

El marco donde se desarrolla vida de los cartujos viene siempre a ser igual o extremadamente parecido: La Cartuja no es proclive a lujos, ni grandes exponentes de riqueza arquitectónica; generalmente corresponde siempre a un mismo plan: situadas en una gran extensión de terreno, todos los edificios se distribuyen en torno del pequeño y el gran claustro. Éste se encuentra flanqueado por las celdas de los monjes conversos.

Por lo general, constan de dos plantas: la baja, con un cuarto que sirve de almacén de madera y otra habitación equipada como taller, y la alta compuesta de una antecámara, una habitación muy reducida destinada a biblioteca, el dormitorio y un cuarto de rezos con su reclinatorio. En lo que respecta al claustro menor, en torno suyo se eleva la iglesia, la sala capitular, el refectorio y las capillas privadas. La iglesia nunca suele ser muy grande y se divide en dos partes: La destinada a los monjes del coro y los hermanos. El refectorio siempre está separado de la iglesia. En cuanto a las celdas de los hermanos se encuentran en el patio de entrada, próximas al pequeño claustro y las celdas de los hermanos legos alrededor del patio denominado de disciplinas u obediencias.

viernes, 24 de mayo de 2019

HERÁLDICA SOBRE LA HISTORIA DE: Hermanos de Nuestra Señora de Lourdes

José Peraza Hernández

Esteban Modesto Glorieux, fundó esta congregación el 25 de noviembre de 1.830 en Ronse (Bélgica). Los fines específicos de esta Orden son la enseñanza en general, hospitalaria, siquiátrica, educación de huérfanos y delincuentes y es Congregación de Derecho Pontificio. Su Casa Central se encuentra en Astorga, (León), constituida por el Colegio de Santa María Madre de la Iglesia. 

Esta congregación es de carácter laical. En lo que respecta a su Fundador, el padre Esteban Modesto Glorieux, fue sacerdote de la ciudad de Gante nacido en el año 1.802 y fallecido en 1.872. La niñez del Fundador en nada se diferencia de la de otros niños de su edad. No obstante, ya desde temprana edad, mostró ciertas características que hacían predecir en él al hombre predestinado a una obra fuera de lo corriente. Era serio, meditaba profundamente antes de emitir un juicio y aplicado al estudio.

La ciudad de Gante en el siglo XIX se hallaba sujeta a una fuerte agitación social, motivada por el desarrollo de la industria del algodón en la segunda mitad del siglo XVIII, lo que significó el renacimiento mercantil de la ciudad, pero que al crear una numerosa clase obrera motivó que al siguiente siglo, ésta descontenta con las condiciones sociales y económicas en que se desarrollaba su existencia diera lugar a fuertes movimientos de las clases trabajadoras.

En un ambiente así, creció Esteban Modesto Glorieux. Ya en su adolescencia sintió la llamada de la Iglesia por lo que hizo patente a sus padres el deseo de hacerse sacerdote. Lo hizo así y, a través de su magisterio, se puso en contacto con la realidad social de la población. Al igual que San Vicente de Paúl pudo ver el sufrimiento de las clases marginadas, la miseria y la enfermedad, así como la muerte, a veces, por falta de los debidos cuidados médicos.

El corazón del padre Glorieux se sintió conmovido ante el dolor de aquellos cuyo único delito había sido nacer en una familia pobre. No fue ajeno a la comprensión del sufrimiento de unos seres humanos que, a veces, se dejaban llevar por la ira, produciendo movimientos sociales que, por lo general, provocaban la violencia siendo ellos los principales perjudicados porque, al final, tras sus movimientos sociales, llegaba la ola de despidos, lo que significaba su condena al hambre y la miseria. Esteban Modesto Glorieux se sintió conmovido por la causa de los pobres y marginados y herido profundamente por el ambiente social que tales injusticias toleraba. Ello fue lo que le llevó a entrar en total contacto con un mundo de miseria y necesidad y su angustia era total al carecer de los medios precisos para mitigar aquel estado de cosas. No obstante, no sólo no regateó esfuerzos, sino que llegó a la abnegación, hasta el punto de poner en riesgo su salud, en la atención de aquellos que más precisaban ayuda y comprensión. Se volcó en los pobres con una emoción sincera, y muy pronto fue conocido con el sobrenombre de "Padre de los Pobres". Pero quien supusiera que el padre Glorieux fuese un hombre débil, se equivocaría lamentablemente. Por el contrario, fue enérgico, radical e innovador; radical, porque jamás cesó en su lucha y empeño en favor de los necesitados y renovador, porque intentó eliminar las causas de tanta indigencia a través de innovaciones tales como fue la creación de la enseñanza y el trabajo.


El padre Glorieux comprendió que la limosna no era solución y que sólo mediante el trabajo, los pobres podrían ganarse dignamente el sustento. Quizás, sin saberlo, ajustaba su conducta al conocido refrán chino: "Dale un pez a un pobre y comerá una vez. Enséñale a pescar y comerá muchas veces".

Mediante el trabajo, los pobres se liberarían de la vergonzosa necesidad de verse obligados a vivir de la caridad de los demás. En su mente permanecía fija esta idea: la senda que conduce a la igualdad, la senda que intenta malograr y extirpar la miseria de los pueblos. Por eso, las bases que movieron la vida del padre Glorieux, estuvieron siempre marcadas por el espíritu de la fe, el espíritu del amor y el espíritu de una devoción a María. El primero le llegaba por su enorme confianza en la Providencia Divina; el segundo por el deseo constante de aliviar el dolor de los más desdichados, y el tercero porque veía, en la Virgen María, su mayor ayuda en la lucha constante en su deseo de aliviar la suerte de los desvalidos.

En conversaciones, siempre alegó lo mismo, que en los pobres y desdichados veía la imagen de Cristo sufriendo. Alentado por esta intención, decidió crear una comunidad, mejor dicho, una congregación que le ayudara a llevar adelante sus proyectos y así quedó hecho el 25 de noviembre de 1.830. La Congregación de los "Hermanos de Nuestra Señora de Lourdes" es la continuadora de las enseñanzas del padre Glorieux, traducida en comunidades de carácter activo, al tiempo que ajusta su existencia a los tres consejos evangélicos: Valorar la comunidad, la oración y la meditación para, de esta forma, poder entregarse sin reservas a la misión para la que fue creada: esto es, la defensa del menesteroso, aportando la mayor justicia a este mundo. La Congregación se mueve primordialmente en campos tan vitales como es la asistencia sanitaria, la enseñanza y la educación, aunque no tiene sus puertas cerradas y, por el contrario, siempre está abierta a exigencias o reclamos de otra índole que cada tiempo y lugar traen. Siempre se impone la misma pregunta: ¿qué és lo que nos pide este tiempo a nosotros? Esto es algo que resulta casi vital para cualquier Congregación o Asociación humana. Saber la realidad del momento y adecuar la actuación a las exigencias del mismo.

La Congregación de los Hermanos de Nuestra Señora de Lourdes fue fundada para eso: para estar atenta a los problemas que más requieran su colaboración y ayuda. Hoy en día, las comunidades de esta congregación se mueven en muchos países. En el momento actual existen tres provincias, con autonomía propia, que reparten la responsabilidad total a través de sus respectivos gobiernos, sin necesidad de recurrir a la casa central para tramitar asuntos que por sí mismas pueden solventar. Estas tres provincias son: Holanda, Bélgica e lndonesia.

España, Austria, Canadá y Curaçao son regiones circunscritas dentro del marco provincial de Holanda. Zaire y Brasil son, por su parte, regiones pertenecientes a la provincia belga. Las comunidades en España están ubicadas en dos centros de educación especial. La primera de ellas se halla en Astorga, en el Colegio Santa María Madre de la Iglesia. En esta conviven más de doscientos alumnos deficientes psíquicos, leves o ligeros, en mayor o menor grado. Alrededor de ochenta, son mediopensionistas, en tanto que los otros se encuentran en calidad de internos.

Para una labor de dichas características, la Congregación cuenta con el apoyo importante del personal seglar, vital para la marcha de un colegio de esta índole. La comunidad es la responsable de la dirección del centro, y está compuesta por hermanos españoles y holandeses. La segunda casa tiene su domicilio en La Bañeza, y es el centro asistencial Nuestra Señora del Valle, de creación reciente, dotada de un equipo moderno. Acoge en su seno a minusválidos psíquicos profundos, (actualmente hay unos noventa aproximadamente), es decir a aquellos que se encuentran en el nivel más bajo del complejísimo mundo de la oligofrenia. Al igual que en Astorga, la dirección de este centro corre a cargo de los hermanos, aunque su responsabilidad es compartida por todo el personal allí destinado. Ambos centros educativos siguen unas líneas definidas tanto en la estructura y distribución total de la edificación, como en la disposición de grupos pequeños y compuesto por una cifra importante del preciso personal al efecto.

sábado, 11 de mayo de 2019

HERÁLDICA SOBRE LA HISTORIA DE: Orden Hospitalaria de San Juan de Dios


José Peraza Hernández

Es el año 1.495. Un niño nace en Montemar-o-Novo, (Portugal). Un niño que se verá influenciado por la época. Es el Siglo de Oro español; el de Íñigo López de Loyola (1.491-1.556); el de Teresa de Jesús, (1.515-1.582); el del Maestro de Ávila (1.500-1.569) y el del niño que acaba de nacer, Juan Ciudad o de Dios.

Para comprender su vida hay que situarse en su época y sobre todo, en el ambiente social por entonces reinante. Se trata de un periodo histórico cifrado en la aventura, de inquietud y conmoción. Y todo esto se vive como si de una enfermedad se tratara.

Estamos en los tiempos de la Reforma (1.517) y de los grandes descubrimientos geográficos (América, 1492) y esos dos hechos constituyen los ejes fundamentales en torno a los que gira la sociedad de la época.

Todo es movimiento a lo largo de este siglo XVI. No es de extrañar, pues, que Juan de Dios, sienta como también en su sangre hierve la aventura. Una aventura que en él será doble: la del hombre y la del santo, en interacción.

Ya cuenta ocho años y aparece su primera aventura: Huye de la casa paterna y se emplea como pastor en Oropesa, (Toledo), bajo las órdenes de Francisco Cid Mayoral, hombre de confianza de don Francisco Ávarez de Toledo, Conde de Oropesa y Señor de aquellas tierras.

Pero aquella vida de tranquilidad, donde jamás ocurre nada, acaba por aburrirle y le decide a meterse en un ambiente de guerra: Fuenterrabía debe de ser conquistada (1.523) y allá se encamina Juan de Dios. Será para él una experiencia, muy triste y amarga, la experiencia que bordea la muerte. La realidad le hace tornar a su tranquilo lugar de Oropesa, hasta que de nuevo siente como la sangre hierve en sus venas, sin recordar sus antiguos sufrimientos.

Vuelve de nuevo a la milicia. Esta vez, el lugar está muy alejado; pero eso no importa cuando se tiene el corazón joven y el cuerpo sano y vigoroso. Es en Viena (1.532) y la lucha tiene carácter de Cruzada. Pero la milicia no va con Juan. En su ánimo repercute la violencia, la sangre derramada, el horror del combate.

No obstante, siente que precisa algo, un motivo en su vida, algo que todavía ignora qué puede ser. Ha de caminar, ha de buscar, quiere encontrar la luz. El no lo sabe, pero se está preparando para una empresa misteriosa.

La ciudad de Ceuta construye sus murallas (1.535) y hacia allá va Juan que se emplea en las mismas como peón de albañil.

Regresa a España y con su vuelta, un nuevo cambio de trabajo: su nuevo oficio es el de librero ambulante. Se trata de un empleo que cae bien a su carácter. Estamos ya en el año 1.538 y sus andanzas se desarrollan por Gibraltar, Málaga y Granada, ciudad donde instala su librería en la puerta "Elvira".

Vende libros pero también los lee, porque su ansia de saber es insaciable. Intuye que se está preparando para algo, pero continúa sin saber qué puede ser.

Juan de Dios ya cuenta cuarenta y tres años. Ha vivido y ha visto mucho. Entonces comienza su gran aventura, la aventura cargada de entrega, fraguada en una larga etapa experimental. La fecha: 20 de enero de 1.539.

Granada, en la Ermita de los Mártires. Es la fiesta de San Sebastián en la cual predica Juan de Ávila. Y así este hombre que, en resumidas cuentas, es el instrumento del que Dios se vale para iluminar a Juan Ciudad, influye en éste de forma decisiva. El arrepentimiento por sus pecados será el comienzo de su doctrina y el de su obra caritativa en Granada y en la Iglesia.

La obra a la que se entrega es muy dura y difícil, al tiempo que sencilla: Lo que puede dar de sí para un hospital con todas las exigencias que Juan lleva en su mente. Recorre los calles y a sus ojos no escapa la miseria que contempla: Habla su corazón y su mente busca con desesperación un remedio para tantos desamparados, hambrientos, tullidos, vergonzantes y enfermos. Quisiera poder remediarlos a todos y piensa en un hospital digno para los enfermos. No los quiere ver amontonados en el suelo o en camastros comunes, tal como era la costumbre de aquel tiempo. Rompe con la citada costumbre y divide las salas de su hospital por enfermedades y procura a cada enfermo una cama individual, limpieza, ventilación, asistencia día y noche y un riguroso orden de meditación. Es como si hubiera intuído lo que pasado el tiempo será un hospital moderno.

Los últimos once años de la vida de Juan de Dios fueron de una entrega total, generosa, de una abnegación sacrificada, consagrándose totalmente a la idea que había iluminado su alma. Y es que, en el inmenso corazón de este hombre, cabían todos: Los de su hospital y los de fuera. Para él sólo bastaba que alguien padeciera una necesidad.

Para él, el hombre siempre y en cualquier circunstancia era su hermano. Y así, amado y querido por todos, falleció en Granada el 8 de marzo de 1.550. Los rasgos fundamentales del personaje aparecen, en seguida, a través de la síntesis de su doble aventura: la del hombre y la del santo. Pueden concretarse en: su entrega total sin reservas, sin condiciones y sin condicionamientos, su gran abertura hacia los demás, su fortaleza sin límites, su caridad activa. Su testamento son los enfermos: Testamento que la Orden de San Juan de Dios ha interpretado según las necesidades de cada momento histórico. Pero sobre todo: Amor a toda persona sin discriminación.

Amor y defensa de la justicia, la promoción humana, los derechos de los enfermos, la solidaridad con los pobres y los que sufren. La orden de los Hermanos de San Juan de Dios fue aprobada por el papa San Pío V el 1 de enero de 1.572. Desde su primer momento ha sido una Orden laical aunque desde su fundación se concedió que algunos Hermanos pudieran acceder al sacerdocio para ejercer dicho ministerio entre los enfermos y en sus comunidades y obras hospitalarias. A lo largo de su historia la Orden de los Hermanos de San Juan de Dios se ha ido extendiendo por todo el mundo, haciéndose presente en aquellos lugares donde el dolor y la enfermedad precisaban de su asistencia: guerras, epidemias, enfermos de todo tipo y necesidad.

Esta Orden Hospitalaria se dedica al servicio de la Iglesia en la asistencia a enfermos y necesitados con preferencia hacia los más pobres, comprometiéndose a prestarles todos los servicios necesarios, incluso con peligro de la vida. La orden Hospitalaria de los Hermanos de San Juan de Dios sigue las obras y enseñanzas del Santo a quien consideran como su Fundador. Atiende a los pobres, los enfermos y los marginados: desde el campo de las siquiatrías crónicas hasta la asistencia en zonas deprimidas del mundo rural, pasando por los ancianos, los enfermos crónicos, los drogadictos y los minusválidos físicos y psíquicos, los alcohólicos, todos los marginados, niños deficientes y las Misiones.

sábado, 4 de mayo de 2019

HERÁLDICA SOBRE LA HISTORIA DE: La Orden de los Cartujos


José Peraza Hernández

Fundada por San Bruno, en el año 1.084, en Chartreuse-Grenoble, Francia, esta Orden tiene en España cinco cartujas: La Cartuja de Miraflores en Burgos; la Cartuja del Aula Dei en Zaragoza; la Cartuja de Santa María de Montalegre en Tiana, Barcelona; La Cartuja de Nuestra Señora de Porta Coel en Valencia y la Cartuja de Nuestra Señora de la Defención en Jerez de la Frontera, Cádiz.

Bruno de Hatenfaust, el futuro Santo de la Iglesia, nació en Colonia en el año 1.030 y murió en Della-Torre, Italia, en 1.101. Guiado por una fuerte vocación religiosa, se ordenó sacerdote y ocupó una canonjía en Colonia. En el año 1.057 pasó al puesto de maestrescuela de Reims. Pasado el tiempo y también en Reims ocupó la cancillería arzobispal. Pero tuvo un enfrentamiento con su obispo simoniaco, Manases de Gournay, que acabó con la deposición de Bruno por el Sínodo de Autun. Este hecho le lleva a retirarse definitivamente a la soledad. Primero se estableció en Seche-Fontaine y posteriormente en la "Grande Chartreuse" y fue allí donde, precisamente, decidió fundar la primera cartuja en 1.084. El Papa Urbano II, que había sido su discípulo, quiso tenerlo como consejero en Roma (1.089). Después de meditarlo, Bruno se decidió a emprender el viaje a la Ciudad Eterna sobre el año 1.090.

En una ocasión, viajando con el Papa por el sur de Italia vio unos terrenos yermos y se los pidió al Pontífice que no tuvo el menor reparo en concedérselos. Aquellas tierras se llamaban Della Torre. Su idea era formar la primera cartuja y así lo hizo, pero pronto su fama atrajo a nuevos ermitaños y hubo que construir una segunda. No redactó Reglas particulares, siguiendo la de San Benito. A San Bruno se le representa vistiendo el hábito blanco de los cartujos y sus atributos son la estrella sobre el pecho (como símbolo de la visión que tuvo San Hugo) y la mitra y el báculo a sus pies, con la calavera, el crucifijo arborescente y un ramo de olivo.

El Papa Urbano II había sido monje benedictino. Junto a él, San Bruno pudo estudiar la Regla de San Benito e irse imponiendo de lo que era la vida en las abadías y monasterios dependientes de la casa central de Cluny. Conoció asimismo cómo de la casa madre habían salido numerosos monjes que no estaban conformes con la manera en que se desarrollaba la vida en aquella Abadía. Entre ellos San Romualdo en 1.027 para retirarse a un lugar solitario y fundar la comunidad de los Camaldulenses que, aun rigiéndose por la Regla de San Benito, se separaban de la casa madre.


Un año antes de que San Bruno se decidiera a la fundación de la cartuja, seis monjes benedictinos encabezados por Roberto, abad del monasterio de Solesmes, se marcharon al desierto del Cister aposentándose en humildes refugios de madera. Al cabo de un año, el abad de Solesmes fue llamado otra vez a su puesto y le sucedió Alberico quien obtuvo del Papa la aprobación de la nueva Orden, si es que así puede denominarse la reforma del Cister. El Cister desde el primer momento,insistió en condenar el fausto y el lujo de las casas clunicenses. Los cistercienses debían manifestar su desdén por los omamentos: las paredes serían de madera pintada, los candelabros de hierro, los campanarios de madera y sin alturas presuntuosas y nada de vidrieras de colores en las iglesias de los monasterios. Éstas debían estar todas dedicadas a María porque la Virgen era la patrona de la casa de Solesmes, donde se había iniciado el Cister y también para evitar cultos fantásticos, una de las causas de la corrupción de Cluny. Los monasterios del Cister no precisaban de riquezas porque estaban rodeados de granjas que los monjes dirigían y administraban. En cada granja vivía una familia de labriegos y los monjes acudían allí sólo de vez en cuando a fin de que los trabajos del campo fueran atendidos debidamente. Era la vida contemplativa en toda su pureza. Sin embargo, aun esto era demasiado para San Bruno. El quería más humildad y más pureza cristiana todavía. San Bruno fue uno más de los que decidieron retirarse a un lugar solitario para consagrarse a las prácticas monásticas, alejadas de todo boato. Varias fundaciones se llevaron a efecto durante los siglos XI y XII que revelan el ansia que empujaba a los monjes en su ideal ascético.

A comienzo del siglo XI se separó del Papa Urbano II para retirarse al desierto de la Gran Cartuja, en un rellano de los Alpes porque lo considero bastante apartado y con un clima lo suficientemente crudo para no tentar a los que no tuvieran firme vocación de penitencia. La fundación de la Cartuja únicamente podía interesar a aquellos que prefieren siempre esos retiros del mundo y encontrar la perfección ejemplar encarnada en la fraternidad de sus monjes, sintiendo el amor cristiano que cada hombre debe tener hacia sus semejantes. San Bruno, como hemos dicho, no redactó ninguna Regla guiándose por la de San Benito. Las "Consuetúdines" o Reglas de los cartujos no se redactaron hasta 1.125, unos veinte años después de la muerte de San Bruno. En las "Consuetúdines", el número de monjes se limita a doce por monasterio, con dieciséis conversos y algunos pastores y labriegos.

Sobre la figura del Fundador, San Bruno, existe abundante iconografía que comienza a partir del siglo XI, en el que se divulgó su culto, y adquiere su mayor importancia desde su canonización en el año 1.623. Es en el arte alemán donde aparece la más antigua representación del Santo en el siglo XV, debida al Maestro de la Sagrada Familia (Museo de Colonia). En Francia figura San Bruno en el "libro de horas del Duque de Berry". En la basílica de San Pedro, en Roma se encuentra otro cuadro "San Bruno rechazando la mitra". Pero fue en España donde preferentemente se desarrolló la iconografía del Santo: escultores como Martínez Montañés, (Catedral de Cádiz), Alonso Cano, (Cartuja de Granada) y Manuel Pereira, (Cartuja de Miraflores). En la pintura española destaca "San Bruno en actitud de pedir silencio" (Museo de Valencia) por Francisco Ribalta. Constituyen también un valioso tesoro artístico los ciclos narrativos de la vida del Santo pintados por V. Carducho (Cartuja del Paular) y por Zurbarpá (Cartuja de Santa María de las Cuevas, (Sevilla).

El marco donde se desarrolla vida de los cartujos viene siempre a ser igual o extremadamente parecido: La Cartuja no es proclive a lujos, ni grandes exponentes de riqueza arquitectónica; generalmente corresponde siempre a un mismo plan: situadas en una gran extensión de terreno, todos los edificios se distribuyen en torno del pequeño y el gran claustro. Éste se encuentra flanqueado por las celdas de los monjes conversos.

Por lo general, constan de dos plantas: la baja, con un cuarto que sirve de almacén de madera y otra habitación equipada como taller, y la alta compuesta de una antecámara, una habitación muy reducida destinada a biblioteca, el dormitorio y un cuarto de rezos con su reclinatorio. En lo que respecta al claustro menor, en torno suyo se eleva la iglesia, la sala capitular, el refectorio y las capillas privadas. La iglesia nunca suele ser muy grande y se divide en dos partes: La destinada a los monjes del coro y los hermanos. El refectorio siempre está separado de la iglesia. En cuanto a las celdas de los hermanos se encuentran en el patio de entrada, próximas al pequeño claustro y las celdas de los hermanos legos alrededor del patio denominado de disciplinas u obediencias.

viernes, 26 de abril de 2019

HERÁLDICA SOBRE LA HISTORIA DE: Hermanos de Nuestra Señora de Lourdes


José Peraza Hernández

Esteban Modesto Glorieux, fundó esta congregación el 25 de noviembre de 1.830 en Ronse (Bélgica). Los fines específicos de esta Orden son la enseñanza en general, hospitalaria, siquiátrica, educación de huérfanos y delincuentes y es Congregación de Derecho Pontificio. Su Casa Central se encuentra en Astorga, (León), constituida por el Colegio de Santa María Madre de la Iglesia. Esta congregación es de carácter laical. En lo que respecta a su Fundador, el padre Esteban Modesto Glorieux, fue sacerdote de la ciudad de Gante nacido en el año 1.802 y fallecido en 1.872. La niñez del Fundador en nada se diferencia de la de otros niños de su edad. No obstante, ya desde temprana edad, mostró ciertas características que hacían predecir en él al hombre predestinado a una obra fuera de lo corriente. Era serio, meditaba profundamente antes de emitir un juicio y aplicado al estudio.

La ciudad de Gante en el siglo XIX se hallaba sujeta a una fuerte agitación social, motivada por el desarrollo de la industria del algodón en la segunda mitad del siglo XVIII, lo que significó el renacimiento mercantil de la ciudad, pero que al crear una numerosa clase obrera motivó que al siguiente siglo, ésta descontenta con las condiciones sociales y económicas en que se desarrollaba su existencia diera lugar a fuertes movimientos de las clases trabajadoras.

En un ambiente así, creció Esteban Modesto Glorieux. Ya en su adolescencia sintió la llamada de la Iglesia por lo que hizo patente a sus padres el deseo de hacerse sacerdote. Lo hizo así y, a través de su magisterio, se puso en contacto con la realidad social de la población. Al igual que San Vicente de Paúl pudo ver el sufrimiento de las clases marginadas, la miseria y la enfermedad, así como la muerte, a veces, por falta de los debidos cuidados médicos.

El corazón del padre Glorieux se sintió conmovido ante el dolor de aquellos cuyo único delito había sido nacer en una familia pobre. No fue ajeno a la comprensión del sufrimiento de unos seres humanos que, a veces, se dejaban llevar por la ira, produciendo movimientos sociales que, por lo general, provocaban la violencia siendo ellos los principales perjudicados porque, al final, tras sus movimientos sociales, llegaba la ola de despidos, lo que significaba su condena al hambre y la miseria. Esteban Modesto Glorieux se sintió conmovido por la causa de los pobres y marginados y herido profundamente por el ambiente social que tales injusticias toleraba. Ello fue lo que le llevó a entrar en total contacto con un mundo de miseria y necesidad y su angustia era total al carecer de los medios precisos para mitigar aquel estado de cosas. No obstante, no sólo no regateó esfuerzos, sino que llegó a la abnegación, hasta el punto de poner en riesgo su salud, en la atención de aquellos que más precisaban ayuda y comprensión. Se volcó en los pobres con una emoción sincera, y muy pronto fue conocido con el sobrenombre de "Padre de los Pobres". Pero quien supusiera que el padre Glorieux fuese un hombre débil, se equivocaría lamentablemente. Por el contrario, fue enérgico, radical e innovador; radical, porque jamás cesó en su lucha y empeño en favor de los necesitados y renovador, porque intentó eliminar las causas de tanta indigencia a través de innovaciones tales como fue la creación de la enseñanza y el trabajo.

El padre Glorieux comprendió que la limosna no era solución y que sólo mediante el trabajo, los pobres podrían ganarse dignamente el sustento. Quizás, sin saberlo, ajustaba su conducta al conocido refrán chino: "Dale un pez a un pobre y comerá una vez. Enséñale a pescar y comerá muchas veces".


Mediante el trabajo, los pobres se liberarían de la vergonzosa necesidad de verse obligados a vivir de la caridad de los demás. En su mente permanecía fija esta idea: la senda que conduce a la igualdad, la senda que intenta malograr y extirpar la miseria de los pueblos. Por eso, las bases que movieron la vida del padre Glorieux, estuvieron siempre marcadas por el espíritu de la fe, el espíritu del amor y el espíritu de una devoción a María. El primero le llegaba por su enorme confianza en la Providencia Divina; el segundo por el deseo constante de aliviar el dolor de los más desdichados, y el tercero porque veía, en la Virgen María, su mayor ayuda en la lucha constante en su deseo de aliviar la suerte de los desvalidos.

En conversaciones, siempre alegó lo mismo, que en los pobres y desdichados veía la imagen de Cristo sufriendo. Alentado por esta intención, decidió crear una comunidad, mejor dicho, una congregación que le ayudara a llevar adelante sus proyectos y así quedó hecho el 25 de noviembre de 1.830. La Congregación de los "Hermanos de Nuestra Señora de Lourdes" es la continuadora de las enseñanzas del padre Glorieux, traducida en comunidades de carácter activo, al tiempo que ajusta su existencia a los tres consejos evangélicos: Valorar la comunidad, la oración y la meditación para, de esta forma, poder entregarse sin reservas a la misión para la que fue creada: esto es, la defensa del menesteroso, aportando la mayor justicia a este mundo. La Congregación se mueve primordialmente en campos tan vitales como es la asistencia sanitaria, la enseñanza y la educación, aunque no tiene sus puertas cerradas y, por el contrario, siempre está abierta a exigencias o reclamos de otra índole que cada tiempo y lugar traen. Siempre se impone la misma pregunta: ¿qué és lo que nos pide este tiempo a nosotros? Esto es algo que resulta casi vital para cualquier Congregación o Asociación humana. Saber la realidad del momento y adecuar la actuación a las exigencias del mismo.

La Congregación de los Hermanos de Nuestra Señora de Lourdes fue fundada para eso: para estar atenta a los problemas que más requieran su colaboración y ayuda. Hoy en día, las comunidades de esta congregación se mueven en muchos países. En el momento actual existen tres provincias, con autonomía propia, que reparten la responsabilidad total a través de sus respectivos gobiernos, sin necesidad de recurrir a la casa central para tramitar asuntos que por sí mismas pueden solventar. Estas tres provincias son: Holanda, Bélgica e lndonesia.

España, Austria, Canadá y Curaçao son regiones circunscritas dentro del marco provincial de Holanda. Zaire y Brasil son, por su parte, regiones pertenecientes a la provincia belga. Las comunidades en España están ubicadas en dos centros de educación especial. La primera de ellas se halla en Astorga, en el Colegio Santa María Madre de la Iglesia. En esta conviven más de doscientos alumnos deficientes psíquicos, leves o ligeros, en mayor o menor grado. Alrededor de ochenta, son mediopensionistas, en tanto que los otros se encuentran en calidad de internos.

Para una labor de dichas características, la Congregación cuenta con el apoyo importante del personal seglar, vital para la marcha de un colegio de esta índole. La comunidad es la responsable de la dirección del centro, y está compuesta por hermanos españoles y holandeses. La segunda casa tiene su domicilio en La Bañeza, y es el centro asistencial Nuestra Señora del Valle, de creación reciente, dotada de un equipo moderno. Acoge en su seno a minusválidos psíquicos profundos, (actualmente hay unos noventa aproximadamente), es decir a aquellos que se encuentran en el nivel más bajo del complejísimo mundo de la oligofrenia. Al igual que en Astorga, la dirección de este centro corre a cargo de los hermanos, aunque su responsabilidad es compartida por todo el personal allí destinado. Ambos centros educativos siguen unas líneas definidas tanto en la estructura y distribución total de la edificación, como en la disposición de grupos pequeños y compuesto por una cifra importante del preciso personal al efecto.

sábado, 20 de abril de 2019

HERÁLDICA SOBRE LA HISTORIA DE: Compañía de Jesús


José Peraza Hernández

Fundada por San Ignacio de Loyola el 27 de septiembre de 1.540, en Roma. La Compañía de Jesús, aunque aprobada por la Santa Sede en el año 1.540, tiene su origen remontándose a 1.534 y su primera aprobación, fue otorgada por el Papa Paulo III, en 1.539. Desde su principio su finalidad es la acción apostólica. Emiten los tres votos religiosos, simples y perpetuos, y el voto especial de los profesos al Romano Pontífice, en materia de misiones. La historia de la Compañía de Jesús se divide en dos grandes períodos separados por su extinción (1.773) y su posterior restauración (1.814). Apenas fundada su acción abarcó todos los campos de la vida religiosa, lo que la constituyó en el prototipo de la Contrarreforma.

San Francisco Javier en 1.541 abrió el campo misional asiático, al que siguieron el Congo (1.547) el Brasil (1.549) y progresivamente todo el Nuevo Mundo. El siglo XVI se cerró con el suplicio y muerte de los mártires de Nahasaki (1.597) y la firme actitud del prepósito general Acquaviva ante un intento de cambiar la finalidad de la congregación. El siglo XVII se inició con una primera expulsión, que se produjo en Venecia, en 1.606, y la penetración en China, conjuntamente con la creación de las reducciones del Paraguay. El origen de las reducciones jesuitas está, probablemente, en los experimentos realizados en la Misión de Juli donde llegó en el año 1.607 Diego de Torres como Provincial del Paraguay. Su crecimiento y número de población, fue muy rápido y la obra de los jesuitas logró, durante un siglo y medio, la pacificación y establecimiento de cerca de cien mil indios, organizados en comunidades agrarias. Los indios de estas reducciones estaban oficialmente incorporados a la Corona, representada por los jesuítas, independientes de cualquier otra autoridad colonial. Los indios no estaban sometidos a la encomienda, pero el trabajo era obligatorio, con horarios fijos que se alternaban con las prácticas religiosas. El régimen económico era comunitario y aunque el trabajo fue preferentemente agrícola, los jesuítas enseñaron a los indios diversos oficios, creando grandes empresas artesanales. La política jesuíta consistió en adaptarse a la sicología indígena y de ahí el éxito que tuvieron. Pero como la envidia es inherente al ser humano, pronto se alzaron voces, elevadas hasta la Corona española, denunciando que lo que pretendían los jesuítas era crear un imperio jesuítico, lo que contribuyó a la decisión real de suprimir la Compañía de Jesús. (1767-68). Tan funesta decisión, provocó la ruina económica de las reducciones, el progresivo empobrecimiento de los indios y, en resumidas cuentas, la total aniquilación de lo que había sido una obra perfecta.

Y esto sólo fue uno de los episodios de la tremenda campaña antijesuítica que se desató en Europa. Fueron expulsados de Portugal (1.761), Francia (1.764), España (1.767), Sicilia (1.765) y Parma (1.768) y la supresión por vía administrativa decretada por el Papa Clemente XIV en 1.773. La restauración, impulsada por José Pignateli, tomando como base los grupos de jesuítas que habían permanecido en la Rusia Blanca, fue sancionada por Pío VII (1.814) pero no todo resultaría fácil. El afianzamiento y la difusión fueron dificultados por las persecuciones en muchos países.

La Compañía de Jesús, cuenta con veintisiete Santos (trece de los cuales fueron mártires) y ciento cuarenta y dos beatos (ciento treinta y ocho mártires). Esta es la historia, en líneas generales, de la Compañía de Jesús. Pero, quedó un punto importantísimo que no puede, ni debe, obviarse: la personalidad de su Fundador, san Ignacio de Loyola.

San Ignacio era vasco de familia acomodada cuyo verdadero nombre era el de Íñigo López de Recalde. No parece estar muy claro si nació en 1.491 o 1.495.


En el año 1.521, ya se encontraba mandando soldados, defendiendo la fortaleza de Pamplona, contra los ataques franceses. Allí resultó herido en una pierna y hubo de ser llevado a su casa de Loyola. Durante el tiempo que tardó en restablecerse de la herida recibida, Íñigo quiso leer libros de caballerías, pero como no los había en la casa, recurrió a unas "Vidas de Santos" y una "Vida de Cristo" de Ludolfo de Sajonia, más conocido como "el Cartujo". Dichas lecturas influyeron decisivamente en el ánimo del futuro santo. Abandonando su casa de Loyola, Íñigo, marchó como peregrino al Santuario de Monserrat, en Barcelona, como una primera etapa para ir a Tierra Santa. Después se retiró a la vecina localidad de Manresa e hizo penitencia en una cueva, cerca del río. Y allí fue donde Dios se comunicó con él, "como un maestro enseña a su discípulo". Sentado en la orilla del río Cardoner tuvo la premonición de lo que iba a ser su vida de allí en adelante.

Íñigo permaneció un año en Manresa y allí escribió sus "Ejercicios". Parece ser que el origen de este extraordinario librito es algo oscuro. En el vecino Monasterio de Monserrat, existía la costumbre de preparar, a los que deseaban comulgar, haciéndoles realizar ejercicios según el plan del abad García de Cisneros. En Manresa, Íñigo había despertado cierta curiosidad y algunos ciudadanos se honraban proveyéndole de lo necesario. Íñigo, por su parte, en su deseo de ayudarles espiritualmente y dirigirles en sus devociones, redactó los "Ejercicios". Íñigo, posiblemente, ya llevaba en su mente la creación de la Compañía de Jesús. Pero hay que admirarse con qué prudencia y cautela obró, hasta cerciorarse de su auténtica vocación. En vez de permanecer en la cueva haciendo vida de ermitaño, marchó a Tierra Santa. Este viaje le hizo comprender que el mundo se perdía por la ignorancia. Había, pues, que estudiar.

Pasó a Alcalá y Salamanca. Sus pobres ropas, su deseo de hacer prosélitos y sus devociones, alarmaron a los agentes de la Inquisición que, por dos veces, lo encarcelaron. Después de seis años de preparación en España, Ignacio marchó a París. Después, viajó a Inglaterra y Holanda. Tardó casi seis años en encontrar nueve amigos que pensaran como él. El día de la Asunción de la Virgen del año 1.534, juraron los votos de la nueva Orden en la cripta de la pequeña iglesia de Montmartre.

Sólo uno, Imabro, era sacerdote y dijo la misa en aquella ocasión. Los otros eran doctores en teología y estaban preparándose para el apostolado intelectual.

Había nacido la Compañía de Jesús. Los diez compañeros marcharon a Italia para predicar y hacer obras de misericordia. Pronto llamaron la atención de la curia romana. Uno tras otro, los Papas fueron aprobando las constituciones de la Compañía con las reformas que San Ignacio fue introduciendo en ellas. El resultado fue la creación de una milicia puesta al servicio del Pontificado.

La Compañía de Jesús no tiene una Orden gemela de mujeres. En el año 1.546, tres catalanas que habían ayudado a Ignacio, durante sus estudios en París, con envíos de dinero fueron a Roma y consiguieron sus propósitos de que el Papa les autorizara la formación de otra milicia femenina. El padre Rivadeneyra dice al respecto: "es cosa de espanto recordar, en aquellos pocos días que duró, cuánta fue la ocupación y molestia que le dió (a San Ignacio) el gobierno de tres solas mujeres. Y así dió luego cuenta al Sumo Pontífice del grave estorbo que sería aquella carga para la Compañía". El Papa, pues, procedió a abolir la milicia de mujeres.

La Iglesia les debe mucho a los jesuítas. Ellos, aun quizás sin saberlo, representaron el espíritu del Renacimiento dentro de la Iglesia. Al fraile medieval que quemaba herejes, muchas veces analfabetos, le sucedió el "caballero" jesuíta, limpio, educado, de modales corteses, pretendiendo ganar las almas mediante el convencimiento y jamás por la fuerza utilizando la violencia física. San Ignacio así lo quiso: no asustar jamás al pecador con una visión desconsoladora. Los jesuítas, enseñando, escribiendo o visitando, con sus maneras cultas, conducían a los hombres a creer y obedecer que es, en definitiva, la misión universal de la Iglesia.