José
Peraza Hernández
Recuerdos
de una época que forma parte de la memoria agrícola y social del municipio
Al
contemplar esta bella imagen del cultivo de claveles, no puedo evitar que me
invada la nostalgia y que mi memoria viaje hasta aquellos años de 1965, 1970 u
1980, una época que muchos recordamos como los años del auge de determinados
cultivos en el norte de Tenerife: los claveles, las fresas, las flores y los
primeros invernaderos comenzaron a adquirir un importante protagonismo en
nuestras tierras.
Fueron
años de cambios en la agricultura y también en la sociedad. En muchas fincas se
arrancaban incluso plantones de plataneras para dedicar aquellos terrenos al
cultivo de fresas y flores. Recuerdo, por ejemplo, la finca de Los Príncipes,
así como otros lugares que permanecen en la memoria popular, entre ellos el
conocido como La Merina.
El
cultivo y la recogida de flores dieron trabajo a muchas personas, y de una
manera muy especial a numerosas mujeres de Los Realejos, muchas de ellas
procedentes de Realejo de Arriba. Eran jornadas de trabajo en las que las
mujeres tuvieron un papel fundamental en la siembra, cuidado, selección y
recogida de las flores.
No cabe duda de que aquella actividad supuso un importante paso adelante para la incorporación de la mujer al mundo laboral, en una época en la que las oportunidades de trabajo para ellas eran mucho más limitadas que en la actualidad.
Pero
tampoco debemos olvidar a los hombres. Muchos trabajadores que hasta entonces
habían desarrollado su actividad en las plataneras se incorporaron también a
estos nuevos cultivos. Durante aquellos años, las flores y las fresas llegaron
a convertirse en una alternativa importante dentro de la agricultura de la
comarca.
UNA ÉPOCA
DE RECUERDOS
Cuando vi
esta fotografía, recordé con especial nostalgia a mi padre y a mi abuelo.
Recuerdo que ellos comentaban que no habían trabajado en el cultivo de las
flores y que, como ellos, había otros muchos vecinos que preferían continuar
trabajando en las plataneras.
Cada persona tenía sus preferencias y sus propias razones. Para muchos, la platanera seguía siendo su forma tradicional de vida; para otros, los nuevos cultivos representaban una oportunidad de encontrar un trabajo diferente.
Hoy, al
mirar una fotografía como esta, quizá muchos de aquellos hombres y mujeres
vuelvan por unos instantes a aquellos años. Estoy seguro de que más de una
persona, al reconocer la imagen, habrá pensado:
“Yo
también trabajé en las flores.”
Y con esa frase habrán regresado a su memoria las jornadas de trabajo, los compañeros, las conversaciones, las fincas, los caminos y tantas pequeñas historias que, aunque nunca aparezcan en los libros oficiales, forman parte de la verdadera historia de nuestros pueblos.
LOS
CLAVELES, PARTE DE NUESTRA HISTORIA
No siempre resulta fácil localizar un registro oficial que recoja con exactitud los nombres populares de todas aquellas fincas dedicadas al cultivo de claveles. Sin embargo, esos lugares permanecen en la memoria de quienes los conocieron y, especialmente, de quienes trabajaron en ellos.
Durante
las décadas de los años sesenta, setenta y ochenta, el cultivo de flores tuvo
una notable importancia en diferentes zonas del norte de Tenerife. Los
Realejos, La Cruz Santa, La Perdoma y otros lugares de la comarca conocieron
aquella actividad agrícola que, durante un tiempo, generó numerosos puestos de
trabajo.
Los claveles y otras flores formaron parte de una época de transformación de nuestra agricultura. Era también el tiempo en que comenzaba a crecer con fuerza el turismo en el cercano Puerto de la Cruz, creando nuevas posibilidades para la comercialización de las flores.
Recuerdo
también a mujeres que, ataviadas con el tradicional traje de maga, acudían al
Puerto de la Cruz para vender ramos de flores a los turistas. Aquellas imágenes
forman parte de una época que hoy contemplamos con cierta nostalgia, pero que
en su momento significó trabajo, esfuerzo y oportunidades para muchas familias.
Las
flores no solo llenaron de color nuestras fincas. También ayudaron a llenar de
vida muchos hogares.
UNA
MEMORIA QUE NO DEBEMOS PERDER
Quizá
para las generaciones actuales resulte difícil imaginar cómo era aquella
agricultura y cómo se desarrollaba el trabajo en aquellas fincas. Por eso
considero tan importante conservar fotografías y testimonios de quienes
vivieron aquellos años.
Porque la historia de un pueblo no está solamente en sus grandes acontecimientos. También está en las manos de quienes sembraron, recogieron, trabajaron y sacaron adelante a sus familias.
Esta
fotografía es, por tanto, mucho más que una simple imagen de unos cultivos. Es
un pequeño documento de nuestra historia reciente.
A quienes
trabajaron en las flores, a quienes estuvieron en las fresas, en las plataneras
o en los primeros invernaderos, mi reconocimiento y mi recuerdo.
Y si
alguno de aquellos trabajadores contempla hoy esta fotografía y dice:
«Yo
trabajé en las flores»,
habrá
conseguido algo muy importante: que, por unos instantes, aquella época vuelva a
vivir.
Porque
mientras permanezca en nuestra memoria, aquella historia nunca desaparecerá. Y
así quedara para próximas generaciones.



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