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viernes, 28 de agosto de 2026

BERLÍN

María Perelli

Cuando un vecino me habló de la ciudad de Berlín (Alemania), donde él había sido de vacaciones, y me dijo que era un lugar muy hermoso, estuve de acuerdo, pero no pude, y no puedo, evitar contar mi propia experiencia la primera vez que visité aquella ciudad.

Era 1963, fiestas de Navidad, en plena guerra fría. Durante el año precedente había seguido, en la televisión italiana, el drama de la construcción del muro entre las dos partes de esta ciudad: el este (administrado por la URSS) y el oeste (administrado por EE.UU., R.U. y Francia).  Había visto escenas inolvidables, como la de una mujer que se descolgaba con mucho esfuerzo fuera de su ventana del segundo piso porque allí abajo estaba la parte oeste, o sea la libertad, mientras el portal de su edificio se encontraba en la parte este.

Empezé a frecuentar un círculo que se llamaba "Amistad Alemania Italia", que ofrecía, además de un curso de lengua alemana, la visión de películas sobre la dificultad de los ciudadanos del este para escaparse al oeste.  Un día el círculo decidió visitar la ciudad de Berlín durante Navidad y Nochevieja, viajando en tren.  Participé con un grupo de casi 20 personas de Roma, de todos tipos.

El viaje en ferrocarril fue bastante largo. Deberíamos pasar por varias ciudades de la Alemania del Este antes de alcanzar Berlín.  La primera etapa fue Lipsia.  El tren se paró en la estación durante dos o tres horas, pero ninguno podía bajar. De pronto, en frente a cada puerta del tren, se paró un "vopo" con un perro policía. "Vopo" significa "volk polizei" (policía del pueblo) y se trataba de soldados alemanes bajo las órdenes de oficales rusos. Otro grupo de vopos subieron al tren para controlar las maletas y las abrieron casi todas.  Buscaban principalmente papel impreso: diarios, libros, folletos, porque temían la propaganda occidental.  En nuestro compartimiento viajaba también un señor egipcio que regresaba a su trabajo en Berlín después de una visita a su familia en El Cairo.  En su maleta tenía un par de zapatos envuelto en unas páginas de un diario en caracteres árabes.  Los vopos se alborotaron, tomaron el papel y preguntaron con enfado al señor que estaba escrito allí, pero él no sabía que decir, no le había leído. 

Por fin la visita de los vopos se acabó y llegamos a Berlín Oeste.  Esta parte de la ciudad era muy vivaz y alegre, con muchos locales para jóvenes y para mayores, muy acogedores sobre todo gracias a la calefacción porque fuera había mucho frío.  Nuestro hotel estaba siempre lleno de gente y de música todas las tardes.  Durante los días nos recibieron varias autoridades locales y círculos culturales y políticos.

Visitamos el muro, a lo largo del cual estaban muchas cruces, en los lugares donde los vopos habían fusilado a personas que tentaban escaparse al oeste.  Había también algunas altas plataformas de madera adonde se podía subir para ver la vida que pasaba en el sector oriental.  Allí, cerca del muro, había un área sin edificios, pero llena de soldados, perros, camionetas, caballos de Frisia anticarro y rollos de alambre de púas.  Fuimos también al museo del muro, donde había pruebas de las ideas para huir; recuerdo un pequeño coche, un 500, adaptado para esconder una persona en su depósito mientras tenía otro depósito muy pequeño, que contenía sólo un vaso de gasolina, suficiente para cruzar el muro. Este cochecito viajó muchas veces antes de ser detectado.  Una tarde hablamos con un tal señor Fischer, que había cavado en el suelo de su tienda en el este un estrecho túnel rumbo el oeste y unas cincuenta personas pudieron huirse, antes que finalmente los vopos los descubrieron, fusilando a los últimos dos hombres (que se salvaron).


La tarde de Nochevieja algunos de nosotros los italianos decidimos ir al este. Siendo extranjeros podíamos gozar de un permiso de unas horas hasta las doce de la noche. A las diez estábamos en el "Check Point Charlie" (puesto de control Carlito), que era la única frontera entre las dos partes.  Yo estaba elegante porque luego nos esperaba la fiesta de Nochevieja en nuestro hotel.  Tenía un abrigo negro corto hasta la rodilla, un vestido rojo y sobre todo un par de medias de encaje de nailon color plata, muy llamativas. Cuando entré en la cabaña del Check Point había un vopo de control, muy joven, cerca de mi edad, con una cara infantil, ojos azules y una pequeña cicatriz por encima de una ceja. Saludó a todos, me miró y me dijo (en alemán): "¡Muy elegante, señorita ojos negros!". "Danke" (gracias), respondí.

 

Estábamos en la famosa avenida "Unten den Linden" (bajo de las tilas), vacía, oscura, triste.  Encontramos una cafetería, la única con una buena luz, y sentamos alrededor de una mesa para tomar algo.  Junto había un grupito de jóvenes locales. Dos chicas de este grupo, cuando me vieron, empezaron a mirarme diciendo "Strumpfen" (medias). Hablé un poco con ellas y decidí regalar mis medias de plata a una de las chicas. Fuimos al baño, hicimos el intercambio y a mí me quedaron un par de medias, con elástico encima, que ni siquiera mi abuela las habría aceptado como regalo. 

La otra chica se quedó decepcionada porque también ella quería las medias. Le dije que no se preocupara porque le habría enviado un par idéntico por correo, cuando habría regresado a Roma y le pedí su dirección.  La chica pareció satisfecha, pero, pensando mejor, se asustó y me dijo que no, no se podía hacer, era muy peligroso.  En aquel tiempo las mujeres del este no podían comprarse medias de nailon (y por esto los jóvenes europeos que iban de vacaciones en países de la Europa oriental siempre llevaban consigo paquetes de este tipo de medias para regalarlas a las mujeres). 

Eran casi las doce y debíamos regresar al oeste. Saludamos el grupo y fuimos al Check Point.  Tenía un poco la conciencia sucia porque me parecía haber hecho algo malo. El joven vopo estaba allí, nos saludó y a mí me dijo (siempre en alemán): "Feliz Nochevieja, ochos negros" y, después de unos segundos, "¿Que ocurrió a tus bellas medias de plata?". Se me puso la piel de gallina.  No sabía que decir, pero hice una gran sonrisa y respondí (en mi alemán chapurrado): “! Feliz Nochevieja a Usted, ojos azules ¡". Justo en aquel momento un montón de luces de bengala rojos se desataron del 'oeste para desear un feliz año nuevo a los habitantes del este. Corrimos rápidamente a la fiesta de nuestro hotel.

El muro se destruyó en 1989 y Berlín Este se reconstruyó, Check Point Charlie llegó a ser una cabina entre rascacielos, un recuerdo del pasado.  Regresé a Berlín en 2003, o sea después de 40 años.  Vi otra ciudad, grande, hermosa, moderna. La última tarde de mi visita fui a un restaurante de comida rusa.  El camarero me impactó: era un señor de más o menos 60 años, con cara bastante juvenil, ojos azules y una pequeña cicatriz encima de una ceja... Me recordó el antiguo vopo. Lo miré, pero no dije nada. Y me fui, con todas mis dudas.        

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