José Peraza Hernández
Quiero comenzar este artículo con una frase que dice una canción y que, de alguna manera, me ha hecho reflexionar:
“Hay
miradas que matan”
Vivimos
en una sociedad en la que, cada día, los medios de comunicación nos cuentan
numerosos casos de violencia. Ya no solamente aparecen en los telediarios;
también los encontramos en diferentes programas de televisión: «Pepito mató a
Juanita», «el suegro mató a su nuera», «una pareja que estaba en proceso de separación»
… También conocemos casos de mujeres que se encuentran bajo protección y cuyas
exparejas no respetan las distancias establecidas.
Son
hechos terribles que conocemos a través de las noticias.
Pero
hoy quiero hablar de otras muertes que no aparecen en los telediarios.
No
son muertes producidas por un arma. No hay sangre, ni sirenas, ni titulares.
Son muertes que se producen lentamente, en silencio, dentro de las cuatro
paredes de un hogar.
Por
eso he querido llamar a este artículo:
“UNA
MALA MIRADA MATA”
Hay
matrimonios que, con el paso de los años, van transformando su convivencia en
algo insoportable. Y quiero dejar claro que no estoy hablando de todos los
hombres, porque sería injusto generalizar. Pero sí existen hombres que,
especialmente al llegar a la jubilación, cambian de comportamiento y comienzan
a ejercer una actitud de dominio sobre su pareja.
Y
uno puede preguntarse:
¿Por
qué ocurre esto?
Durante
muchos años, ese hombre ha tenido una vida fuera de casa. Salía a trabajar,
tenía sus compañeros, sus horarios y cierta libertad. Al regresar, tenía su
espacio y su rutina.
Pero
llega la jubilación.
De
repente pasa muchas más horas en casa. Y aquella convivencia que antes estaba
repartida durante el día se convierte en una presencia permanente.
Comienzan
entonces pequeñas situaciones que pueden parecer insignificantes: «Mira esto»,
«haz aquello», «esto no está bien», «¿por qué has hecho esto así?».
Hasta
que un día cambia el tono.
Primero
aparecen unas palabras duras. Después un insulto. Luego un portazo.
Y
la mujer comienza a preguntarse:
“¿Qué
he dicho? ¿Qué he hecho? ¿Por qué se ha enfadado?”
Sin
darse cuenta, comienza a sentirse culpable.
Baja
el tono de voz.
Procura
no contrariarlo.
Camina
con más cuidado.
Piensa
antes de hablar.
Y
él descubre que aquella actitud de dureza le ha servido para imponer su
voluntad.
Entonces
la mujer, cada vez con más miedo y recelo, puede llegar a preguntarle:
—¿Quieres
algo?
Y
él responde con una voz más gruesa de lo habitual:
—No
quiero nada. Déjame en paz.
Ella
se retira.
Y
ahí comienza otra forma de violencia.
EL
SILENCIO TAMBIÉN PUEDE HACER DAÑO
Las
miradas pueden matar.
El
silencio puede hacer daño.
Y
cuando ese silencio se mantiene durante meses o años, puede convertirse en una
verdadera prisión psicológica.
Algunas
personas comienzan a sentirse vigiladas, humilladas, despreciadas o
controladas. Aparecen los celos, las críticas constantes y las
descalificaciones.
Él
sale de casa y no tiene que explicar dónde va.
Ella,
en cambio, siente que debe dar explicaciones de todo.
Él se reúne con sus amigos, conversa, toma algo y disfruta de unas horas de libertad.
Mientras
tanto, ella permanece en casa haciendo sus tareas y mirando el reloj.
“¿A
qué hora llegará?”
“¿Cómo
vendrá hoy?”
“¿Estará
de buen humor?”
Esa
espera también puede convertirse en sufrimiento.
Es
una muerte silenciosa.
En
otras ocasiones, el maltrato aparece delante de otras personas.
Se
organiza una reunión de amigos en casa. La mujer prepara el café, las galletas
y todo lo necesario. Se sienta con los demás y, cuando intenta participar en la
conversación, él la corrige delante de todos:
—Eso
no es así.
—Tú
no entiendes de eso.
—No
sabes lo que estás diciendo.
Puede
parecer una simple discusión.
Pero
para quien lo recibe, es otra humillación.
Otro
golpe.
Otro
motivo para guardar silencio.
Y
así, poco a poco, se va haciendo más grande una situación que quizá comenzó con
una mirada, una palabra o un gesto.
UNA
VIOLENCIA QUE NO DEJA MARCAS VISIBLES
No
estamos hablando necesariamente de maltrato físico.
Estamos
hablando de maltrato psicológico.
De
una violencia que puede no dejar marcas visibles en el cuerpo, pero que puede
afectar profundamente a quien la sufre.
La
persona comienza a cambiar.
Pierde
el apetito.
Puede
perder peso.
Se
encuentra triste.
Pierde
seguridad en sí misma.
Deja
de disfrutar de las cosas que antes le gustaban.
Puede
sentirse cada vez más aislada.
Y,
en algunos casos, puede llegar a experimentar síntomas de ansiedad o depresión.
Lo
más preocupante es que muchas veces no lo cuenta.
¿Por
qué?
Por
miedo.
Por
vergüenza.
Por
proteger a los hijos.
Por
no querer molestarlos.
Por
temor a que no la crean.
Por
aquello que durante generaciones se escuchó tantas veces:
“¿Qué
dirán los demás?”
Y
así se mete dentro de una burbuja.
Una
burbuja en la que cada día se hace más pequeña.
Puede
ocurrir incluso que delante de los hijos el padre sea una persona simpática,
amable y sonriente, mientras que dentro de casa la mujer se siente reducida al
papel de quien tiene que servir, callar y obedecer.
Ella,
poco a poco, se va apagando.
La
tristeza, la inseguridad, el miedo y la angustia se van acumulando.
Hasta
que llega un momento en que solamente desea que pasen las horas.
Que
llegue la tarde.
Que
pueda salir a caminar.
Que
pueda encontrarse con una vecina.
Que
alguien le diga «buenas tardes».
Parece
algo pequeño.
Pero
para quien vive encerrada en esa angustia, ese paseo puede representar un
momento de libertad.
Durante
esa hora puede respirar.
Puede
hablar.
Puede
sentirse nuevamente una persona.
Y
después tiene que regresar a casa.
EL
MIEDO TAMBIÉN PUEDE ENFERMAR
¿Cómo
se puede dormir viviendo con ese sinvivir?
A
veces, con ayuda de medicamentos prescritos por un médico.
Pero
hay algo todavía más preocupante: la persona puede acudir a la consulta médica
y no contar lo que realmente está viviendo.
Dice
que duerme mal.
Que
está nerviosa.
Que
ha perdido el apetito.
Que
se encuentra triste.
Pero
no explica el motivo.
Y
entonces el profesional puede tener solamente una parte de la realidad.
Por
eso es tan importante hablar.
Contar.
Pedir
ayuda.
No
esconder aquello que está ocurriendo dentro de casa.
Porque
detrás de una persona que cada día está más triste, más delgada, más apagada o
más insegura puede existir una situación que nadie está viendo.
No
debemos confundirlo todo con una enfermedad física o con el paso de los años.
A
veces detrás de determinados cambios hay sufrimiento emocional.
ROMPER
EL SILENCIO
Muchas
personas que estén leyendo estas líneas quizá se pregunten:
“¿Eso
me está pasando a mí?”
Si
alguien se reconoce en estas palabras, quiero decirle algo:
No
tiene que vivirlo en silencio.
La
humillación constante, el miedo, el control, las amenazas, las
descalificaciones y el aislamiento no deben considerarse una forma normal de
convivencia.
Una
mirada puede intimidar.
Una
palabra puede herir.
Un
silencio prolongado puede destruir la autoestima.
Y
una convivencia basada en el miedo no puede considerarse una convivencia
saludable.
Por
eso debemos hablar de estas situaciones.
No
solamente cuando aparece una noticia trágica en televisión.
También
antes.
Mucho
antes.
Porque
hay personas que están sufriendo y nadie lo sabe.
No
tienen una herida visible.
No
aparecen en las noticias.
No
llaman la atención de nadie.
Pero
están viviendo una auténtica batalla dentro de su propia casa.
Por
eso el título de este artículo vuelve a cobrar sentido:
UNA
MALA MIRADA MATA
Mata
ilusiones.
Mata
la autoestima.
Mata
la alegría.
Mata
las ganas de hablar.
Mata
poco a poco la confianza en uno mismo.
Y,
aunque no sea una muerte física, puede convertirse en una muerte silenciosa de
la persona que un día fue.
He
querido abordar este tema porque el maltrato psicológico sigue siendo, en
muchas ocasiones, un tabú. Se habla menos de él, se reconoce más tarde y muchas
personas no dan el paso de pedir ayuda.
Quizá
por miedo.
Quizá
por vergüenza.
Quizá
por sus hijos.
Quizá
por el famoso:
“¿Qué
dirán?”
Pero
hay algo mucho más importante que lo que puedan decir los demás:
la
dignidad y la vida de la persona que está sufriendo.
Hay
frases que constan en el libro de “Lucía Etxebarria, el que lleva por título
“YA NO SUFRO POR AMAR “. Donde habla sobre el Maltrato psicológico. Tengo que
decir que, de este tema, no se oyen, ni se hablan, es un tabú. Por esas
personas que no dan el paso. Callan, por eso, se decía antes. “Hay que dirán”.
Y
ante cualquier situación de maltrato o miedo dentro de una relación, guardar
silencio no tiene por qué ser la única salida.
Hablar
también es empezar a recuperar la libertad.


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