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lunes, 12 de octubre de 2026

UNA MALA MIRADA MATA

José Peraza Hernández

Quiero comenzar este artículo con una frase que dice una canción y que, de alguna manera, me ha hecho reflexionar:

“Hay miradas que matan”

Vivimos en una sociedad en la que, cada día, los medios de comunicación nos cuentan numerosos casos de violencia. Ya no solamente aparecen en los telediarios; también los encontramos en diferentes programas de televisión: «Pepito mató a Juanita», «el suegro mató a su nuera», «una pareja que estaba en proceso de separación» … También conocemos casos de mujeres que se encuentran bajo protección y cuyas exparejas no respetan las distancias establecidas.

Son hechos terribles que conocemos a través de las noticias.

Pero hoy quiero hablar de otras muertes que no aparecen en los telediarios.

No son muertes producidas por un arma. No hay sangre, ni sirenas, ni titulares. Son muertes que se producen lentamente, en silencio, dentro de las cuatro paredes de un hogar.

Por eso he querido llamar a este artículo:

“UNA MALA MIRADA MATA”

Hay matrimonios que, con el paso de los años, van transformando su convivencia en algo insoportable. Y quiero dejar claro que no estoy hablando de todos los hombres, porque sería injusto generalizar. Pero sí existen hombres que, especialmente al llegar a la jubilación, cambian de comportamiento y comienzan a ejercer una actitud de dominio sobre su pareja.

Y uno puede preguntarse:

¿Por qué ocurre esto?

Durante muchos años, ese hombre ha tenido una vida fuera de casa. Salía a trabajar, tenía sus compañeros, sus horarios y cierta libertad. Al regresar, tenía su espacio y su rutina.

Pero llega la jubilación.

De repente pasa muchas más horas en casa. Y aquella convivencia que antes estaba repartida durante el día se convierte en una presencia permanente.

Comienzan entonces pequeñas situaciones que pueden parecer insignificantes: «Mira esto», «haz aquello», «esto no está bien», «¿por qué has hecho esto así?».

Hasta que un día cambia el tono.

Primero aparecen unas palabras duras. Después un insulto. Luego un portazo.

Y la mujer comienza a preguntarse:

“¿Qué he dicho? ¿Qué he hecho? ¿Por qué se ha enfadado?”

Sin darse cuenta, comienza a sentirse culpable.

Baja el tono de voz.

Procura no contrariarlo.

Camina con más cuidado.

Piensa antes de hablar.

Y él descubre que aquella actitud de dureza le ha servido para imponer su voluntad.

Entonces la mujer, cada vez con más miedo y recelo, puede llegar a preguntarle:

—¿Quieres algo?

Y él responde con una voz más gruesa de lo habitual:

—No quiero nada. Déjame en paz.

Ella se retira.

Y ahí comienza otra forma de violencia.

EL SILENCIO TAMBIÉN PUEDE HACER DAÑO

Las miradas pueden matar.

El silencio puede hacer daño.

Y cuando ese silencio se mantiene durante meses o años, puede convertirse en una verdadera prisión psicológica.

Algunas personas comienzan a sentirse vigiladas, humilladas, despreciadas o controladas. Aparecen los celos, las críticas constantes y las descalificaciones.

Él sale de casa y no tiene que explicar dónde va.

Ella, en cambio, siente que debe dar explicaciones de todo.

Él se reúne con sus amigos, conversa, toma algo y disfruta de unas horas de libertad.


Mientras tanto, ella permanece en casa haciendo sus tareas y mirando el reloj.

“¿A qué hora llegará?”

“¿Cómo vendrá hoy?”

“¿Estará de buen humor?”

Esa espera también puede convertirse en sufrimiento.

Es una muerte silenciosa.

En otras ocasiones, el maltrato aparece delante de otras personas.

Se organiza una reunión de amigos en casa. La mujer prepara el café, las galletas y todo lo necesario. Se sienta con los demás y, cuando intenta participar en la conversación, él la corrige delante de todos:

—Eso no es así.

—Tú no entiendes de eso.

—No sabes lo que estás diciendo.

Puede parecer una simple discusión.

Pero para quien lo recibe, es otra humillación.

Otro golpe.

Otro motivo para guardar silencio.

Y así, poco a poco, se va haciendo más grande una situación que quizá comenzó con una mirada, una palabra o un gesto.

UNA VIOLENCIA QUE NO DEJA MARCAS VISIBLES

No estamos hablando necesariamente de maltrato físico.

Estamos hablando de maltrato psicológico.

De una violencia que puede no dejar marcas visibles en el cuerpo, pero que puede afectar profundamente a quien la sufre.

La persona comienza a cambiar.

Pierde el apetito.

Puede perder peso.

Se encuentra triste.

Pierde seguridad en sí misma.

Deja de disfrutar de las cosas que antes le gustaban.

Puede sentirse cada vez más aislada.

Y, en algunos casos, puede llegar a experimentar síntomas de ansiedad o depresión.

Lo más preocupante es que muchas veces no lo cuenta.

¿Por qué?

Por miedo.

Por vergüenza.

Por proteger a los hijos.

Por no querer molestarlos.

Por temor a que no la crean.

Por aquello que durante generaciones se escuchó tantas veces:

“¿Qué dirán los demás?”

Y así se mete dentro de una burbuja.

Una burbuja en la que cada día se hace más pequeña.

Puede ocurrir incluso que delante de los hijos el padre sea una persona simpática, amable y sonriente, mientras que dentro de casa la mujer se siente reducida al papel de quien tiene que servir, callar y obedecer.

Ella, poco a poco, se va apagando.

La tristeza, la inseguridad, el miedo y la angustia se van acumulando.

Hasta que llega un momento en que solamente desea que pasen las horas.

Que llegue la tarde.

Que pueda salir a caminar.

Que pueda encontrarse con una vecina.

Que alguien le diga «buenas tardes».

Parece algo pequeño.

Pero para quien vive encerrada en esa angustia, ese paseo puede representar un momento de libertad.

Durante esa hora puede respirar.

Puede hablar.

Puede sentirse nuevamente una persona.

Y después tiene que regresar a casa.

EL MIEDO TAMBIÉN PUEDE ENFERMAR

¿Cómo se puede dormir viviendo con ese sinvivir?

A veces, con ayuda de medicamentos prescritos por un médico.

Pero hay algo todavía más preocupante: la persona puede acudir a la consulta médica y no contar lo que realmente está viviendo.

Dice que duerme mal.

Que está nerviosa.

Que ha perdido el apetito.

Que se encuentra triste.

Pero no explica el motivo.

Y entonces el profesional puede tener solamente una parte de la realidad.

Por eso es tan importante hablar.

Contar.

Pedir ayuda.

No esconder aquello que está ocurriendo dentro de casa.

Porque detrás de una persona que cada día está más triste, más delgada, más apagada o más insegura puede existir una situación que nadie está viendo.

No debemos confundirlo todo con una enfermedad física o con el paso de los años.

A veces detrás de determinados cambios hay sufrimiento emocional.

ROMPER EL SILENCIO

Muchas personas que estén leyendo estas líneas quizá se pregunten:

“¿Eso me está pasando a mí?”

Si alguien se reconoce en estas palabras, quiero decirle algo:

No tiene que vivirlo en silencio.

La humillación constante, el miedo, el control, las amenazas, las descalificaciones y el aislamiento no deben considerarse una forma normal de convivencia.

Una mirada puede intimidar.

Una palabra puede herir.

Un silencio prolongado puede destruir la autoestima.

Y una convivencia basada en el miedo no puede considerarse una convivencia saludable.

Por eso debemos hablar de estas situaciones.

No solamente cuando aparece una noticia trágica en televisión.

También antes.

Mucho antes.

Porque hay personas que están sufriendo y nadie lo sabe.

No tienen una herida visible.

No aparecen en las noticias.

No llaman la atención de nadie.

Pero están viviendo una auténtica batalla dentro de su propia casa.

Por eso el título de este artículo vuelve a cobrar sentido:

UNA MALA MIRADA MATA

Mata ilusiones.

Mata la autoestima.

Mata la alegría.

Mata las ganas de hablar.

Mata poco a poco la confianza en uno mismo.

Y, aunque no sea una muerte física, puede convertirse en una muerte silenciosa de la persona que un día fue.

He querido abordar este tema porque el maltrato psicológico sigue siendo, en muchas ocasiones, un tabú. Se habla menos de él, se reconoce más tarde y muchas personas no dan el paso de pedir ayuda.

Quizá por miedo.

Quizá por vergüenza.

Quizá por sus hijos.

Quizá por el famoso:

“¿Qué dirán?”

Pero hay algo mucho más importante que lo que puedan decir los demás:

la dignidad y la vida de la persona que está sufriendo.

Hay frases que constan en el libro de “Lucía Etxebarria, el que lleva por título “YA NO SUFRO POR AMAR “. Donde habla sobre el Maltrato psicológico. Tengo que decir que, de este tema, no se oyen, ni se hablan, es un tabú. Por esas personas que no dan el paso. Callan, por eso, se decía antes. “Hay que dirán”.

Y ante cualquier situación de maltrato o miedo dentro de una relación, guardar silencio no tiene por qué ser la única salida.

Hablar también es empezar a recuperar la libertad.

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