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sábado, 11 de abril de 2015

CRIMEN EN LA VERA


Gregorio Dorta Martín

A pesar del paso de los años, hay cosas de la infancia que uno recuerda mucho, tanto que se queda uno marcado de por vida. No me podre olvidarme jamás con 9 o 12 años el asesinato de una niña de corta edad, de aproximadamente 13 años en mi barrio de La Vera, hace ya mucho tiempo, poco más o menos 55 años, si la mención o el tiempo no me falla. Hablo de memoria, sin datos en la mano, no fue un sueño, no fue una película, fue una historia real que me embudo no solo a mi sino al resto de los vecinos de aquella etapa y me marco tanto pese a mi niñez, que prácticamente recuerdo mucho más ese episodio de mi infancia, que en corretear y jugar a la pelota o al escondite por aquella cuevas del barranco del barrio y, ser feliz, como lo fue mi inocencia, que pensar como un adulto había sido capaz de asesinar a una niña de tan corta edad y  en aquellas situaciones para un niño de tan poco tiempo para mi significo mucho. Incluso, pese al transcurrir del tiempo aún recuerdo toda la escena de cómo me lo contaron y como viví siendo tan infantil todo ese episodio del crimen de la Vera. Fue un asesinato en toda regla y posteriormente condenado por todos los vecinos y contado por mi padre y madre a mediodía cuando alrededor de la mesa nos sentábamos a almorzar con todos mis hermanos. Aunque antes me había instruido primero que mis propios allegados.

Como cada mediodía, padre e hijo, iban caminando por la vía de regreso a casa. Mientras le relataba mí mañana en clase de mecanografía, mi padre distraído en sus pensamientos, aún no daba crédito a su extraño y duro día. Quien daba clase de escritura al tacto era el popular Domingo “el cafetero” (q.e.p.e), que lo hacía en su casa en el camino Cordobés y el cuál era amigo y conocido de mi padre. Desde su casa a la mía se podía coger o ir por dos sitios diferentes, por cualquiera de ellos, siempre cruzando el barranco, uno por donde suele parar y dar vuelta en la actualidad la guagua que nos vienes y nos lleva ahora a Puerto de la Cruz y la otra por el puente de acero que unía la plaza de la Iglesia con la calle Nueva o mi casa, ese puente que está siendo remodelado y que se encuentra en obras. No sé por qué aquel mediodía fui yo el que eligió el camino, normalmente daba igual ir por un lado que por otro, porque la distancia era prácticamente las misma. Sin embargo, ese día mi inocencia o porque la plaza del barrio me llamaba más la atención que pasar por toda el vecindario de la calle nueva hasta mi morada.


-Papá cruzamos por aquí-le dije frenando a mi padre y tirándole del brazo-
-No hijo, es peligroso, el barranco apenas tiene arcén y por la zona de la iglesia hay muchos Guardia Civiles porque han encontrado una niña muerta- Me hizo, caso y lo dijo sin detenerse.

-Pero papá, papá-insistía-Y por qué ese hombre ha matado a esa niña.

¡Hijo ten cuidado!- me gritó y que andaba absorto por el centro de la carretera- Hay mucho asesino suelto, hay mucha gente que está muy mal de la cabeza y pierde la noción o el sentido común de las cosas. Esta gente terriblemente enferma no sabe lo que son capaces de hacer. Ayer por la tarde asesinaron a una niña muy cerca de la iglesia y el mismo homicida la enterró a cien metro de la parroquia.

Incluso, al llegar al Templo me indico donde apareció la niña. Que complicado era para mi padre que me quería tener informado, no solo por el hecho de la noticia, sino incluso para que tuviera cuidado con toda clase de gente. La cara de mi padre era todo un poema contando esa trágica noticia que había conmocionado a todo el barrio. Seguramente lo describía, no para hacerme daño, sino para que estuviera precavido que con desconocidos no podía ir a ningún lado.

--- Fue tan bestia el matador que no supo enterrar la niña. Le dejo media pierna por fuera cerca de la iglesia en la primera curva que iba desde la propia Iglesia hasta la carretera general y por ello la guardia civil no tarda en encontrar su cuerpo. Incluso, tampoco al asesino que no sé si se entregó o lo descubrió la propia Guardia Civil. Los comentarios fueron generalizados por todo el barrio, aunque a los más pequeños nos contaron la parte que más les interesaba a los padres, para que cara al futuro tuviéramos mucho cuidado con quien estábamos o que gente había que tener cierto cuidados.

---En el almuerzo alrededor de la mesa se hizo silencio y el calor apretaba lo suyo, seguramente ese crimen ocurrió en verano. Mi padre seguía hablando con los vecinos en el portal de la casa. Mis hermanas parecían doloridas, intentaban abrir los párpados e incorporarse a la mesa para comenzar el ritual de un almuerzo más, seguro que muy diferente al resto. Allí se expuso todo el contenido de lo que mi padre ya me había adelantado por el camino y alzando su voz para que tuviéramos cuidado de no llevarnos para nada con la amabilidad de algunos que se podían aprovechar de nuestra inocencia. A pesar de los años todavía recuerdo esa escena que marco algo mi infancia y seguramente muchos de los vecinos que estarán leyendo este escrito estarán pensando que ellos también se acuerda del Crimen de una niña en la Vera. Una historia negra de mi barrio que siempre con la gente de mi edad la cuento y que me hizo psicológicamente mucho daño.

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