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jueves, 27 de febrero de 2020

LAS PÉRDIDAS HUMANAS Y MATERIALES DEL ALUVIÓN DE 1826


Miguel Ángel Pérez Padilla - Jerónimo David Álvarez García

 










EL VALLE DE LA OROTAVA, SEGÚN LAS FUENTES PARROQUIALES

La Isla de Tenerife fue la más castigada por el terrible aluvión acontecido la noche del 7 al 8 de noviembre de 1826, cuando lluvias torrenciales y vientos huracanados causaron inmensas desgracias personales, hicieron desaparecer casas, terrenos de cultivo, canalizaciones, puentes, ermitas, castillos y embarcaciones, además de modificar sustancialmente el paisaje. Fue tal la magnitud de este temporal que ha permanecido en la memoria colectiva de los habitantes de Tenerife, siendo recordado por la prensa insular desde mediados del siglo XIX hasta la actualidad, como se deduce de un  rotativo insular, en el que se da noticia de unas copiosas lluvias en La Orotava, que rememoran el Aluvión y "en las que los daños recibidos son mayores que los del año del 1826 llegando el caso hasta hallarse incomunicados por las barranqueras." Además este suceso aparece recogido en multitud de narraciones y documentos a los que podemos tener acceso hoy en día, entre otros de Sabino Berthelot, antropólogo y naturalista francés que fue testigo directo del mismo, José Agustín Álvarez Rixo, cronista del Puerto de la Cruz y alcalde de esa ciudad, las viajeras Florence Du Cane y Elisabeth Murray, el profesor Domingo Savignon y el geólogo alemán Leopold von Buch que años antes del Aluvión, alertó en su obra de la intensidad de la erosión del terreno debida a la tala indiscriminada, relegando la flora a meros matorrales. Así, el viajero norteamericano Daniel Jay Browne nos recuerda en su obra, como "visité el jardín de Mr. Cólogan donde se encuentra el gran drago que Humbolt mencionara y como durante el aluvión se partió y el temporal se llevó la mitad", confirma los destrozos ocasionados por las lluvias, aportando una cifra de fallecidos semejante a la que en este trabajo sugiere y la constatación de la desaparición de la imagen de Ntra Sra de Candelaria de su santuario sureño. Concluye con la sorprendente hipótesis donde afirma que el Aluvión contribuyó a disminuir la altura del Teide, pues "me han comentado que la apariencia del Pico es sensiblemente distinta de la anterior al desastre de 1826, si comparamos la silueta actual con los dibujos que se conservan de épocas anteriores, la coincidencia es mas bien escasa." Si bien no esta demostrado científicamente y más parece una exageración de una vivencia o hecho traumático, aumentado por la rumorología popular.

Las pérdidas humanas y materiales de esta catástrofe natural quedan bien reflejadas en los testimonios arriba citados, a los que se une el interesante relato de don Antonio Santiago Barrios. Este párroco realejero registró los sucesos acaecidos esos días de noviembre. Su texto recuerda que "jamás los habitantes de la isla de Tenerife, después de la Conquista, habían visto ni experimentado un suceso tan lastimoso ni que más deba conservarse en la memoria de los hombres como lo sucedido el año 1826, en la noche del 7 de noviembre y el día 8, noche y día que debieron hacer punto fijo, para empezar una nueva época, y en particular para los habitantes desde la Fuente de La Guancha y San Juan de la Rambla hasta el Risco de La Orotava". Prosigue este  documento con la descripción de los calores de "tiempo sur", comenzando la lluvia el día siete a las 8 de la mañana, ambientado con "grandes ruidos que no se sabía de donde provenían". El caudal de los barrancos aumentó espectacularmente, unido a la abundante lluvia, viento y relámpagos. Al día siguiente desde la mañana una gran niebla cubrió la atmósfera, mientras los vecinos comenzaban a salir cautelosamente de sus casas sin dar crédito al dantesco panorama. El temporal había ampliado el cauce de los barrancos y destruido casas, terrenos y vías. Cuando el párroco fue avisado para acudir al pago de la Cruz Santa donde debía sepultar a varios fallecidos, se unió a una cincuentena de hombres viviendo una odisea, sorteando paredes y barrancos hasta llegar a ese lugar. Una vez llegó consoló a sus vecinos y ofició por los difuntos, concluidos, él mismo "cogió la azada" y ayudó a cavar las fosas para los vecinos fallecidos. La búsqueda de cuerpos prosiguió en otros lugares del municipio, como en las playas y "al llegar al barranco de la Raya, encontraron el cuadro más horroroso, porque se puede afirmar que había casi tantos cuerpos muertos como callados; entre ellos había cuerpos de gente, de bueyes, burros, cochinos, cabras, ovejas, perros, caballos etc, madera que había sido de casas, fragmentos de un barco, (...)" e incluso retamas. Los cadáveres se enterraron en la playa y en el Puerto de la Cruz debido a su estado de descomposición. El documento concluye con la narración de lo sucedido en Higa, la Rambla y Realejo de Abajo.


Por último, los libros de difuntos de las parroquias del Valle son complemento oficial a las anteriores narraciones. En los de Santiago Apóstol del Realejo Alto leemos la siguiente nota:  "Desgraciados en el Alubión del siete y ocho de Noviembre," de la que se desprenden los enterramientos ya citados del día nueve en la tarde en la ermita del Pago de la Cruz Santa. Los fallecidos fueron: "Antonia Martín Fernández, soltera, de edad de sesenta años, hija legítima de Tomás Martín y María Canónigo. María Martín Galano, de edad de cuarenta años, hija de Domingo Martín Galano y Rafaela Fernández, mujer de Antonio Rodríguez Trujillo. Tomasa de edad de cuatro años, hija legítima [de los anteriores]. Brígida Rodríguez, mayor de sesenta años, natural de Candelaria, soltera, hija legítima de Juan Rodríguez y María Baute. Cecilia, de edad de seis años, hija legítima de Antonio Marrero y Manuela Chaves. Únicas personas de las quince que faltaron del pago de la Cruz Santa y fueron víctimas de la desgracia del crecimiento de Barrancos en el Alubión (...) cuya abundancia hicieron destrozos imponderables". Al día siguiente se enterró a "María, de edad de dos años y seis meses, hija de Rafael, natural de San Juan de La Villa de La Orotava y Jerónima Hernández Albelo, de la Concepción de La Orotava y vecinos del Pago del Barranco de Las Lajas. Domingo, de edad de seis meses, hijo de Domingo González Corvo y Juana González Chaves, de esta vecindad en La Cruz Santa". Como se ha dicho más arriba, y motivados por la descomposición de los cuerpos, se dio sepultura en "la Playa de La Lageta a varios cadáveres que arrojó el mar de los muchos que perecieron de este jurisdicción de Realexo de Arriba, del Pago de Las Rosas, de La Cruz Santa, Barranco de Las Lajas y Dehesa lo que por muy desfigurados no se pudieron conocer y fueron víctimas del Alubión (...) por todos los cuales se hizo en esta P[arroquia] de Santiago del Realejo de Arriba una función fúnebre con la mayor pompa y solemnidad posible con la concurrencia de todo el clero y mucha parte de los vecinos del pueblo y para que conste lo firmo. Sebastián Olivero de la Guardia".

Mientras, en el vecino pueblo del Realejo de Abajo su párroco registra que "en ocho de Noviembre de este presente año (...) se enterraron en la Parroquia de Ntra. Sra. de la Concepción  a Nicolasa de Aguiar, hija legítima de Vicente de Aguiar y Vergara, naturales de este lugar, y Josefa Hernández que lo es de la Concepción de La Orotava; mujer legítima de Esteban Luis Mansano; de edad de cuarenta y nueve años que en unión del expresado su marido y cinco hijos que conviven a la vez: Manuel de veinte y un años, Juana de diez y ocho, Vicente de catorce, que aparecieron y sepultaron el mismo día; y José de diez y siete con Juana de nueve que no se encontraron, perecieron y arrebató el barranco de este dicho pueblo en la noche anterior del espantoso aluvión. Juntamente con Pedro Hernández Henrique, hijo legítimo de José Hernández y María Rodríguez, con su legítima mujer María Pérez de Barrios, hija legítima de Juan José y Cayetana Pérez de Barrios; de edad ambos de veinte y ocho a treinta años, con sus hijos Dominga de seis, Jerónimo de cuatro, María de tres y Antonia de uno. Asimismo, Antonio José de Acosta, hijo legítimo de Amaro Francisco de Acosta y María Rodríguez, de edad de ochenta años, marido de Antonia María de Aguiar natural de este pueblo y de los cuáles aparecieron  y se les dio sepulcro el mismo día, Domingo y Antonia con la referida su madre".


Don Manuel Ildefonso Esquivel, registró que "en nueve de Noviembre de 1826 años, dio sepultura en la ermita de San Juan que fue Convento Francisco, al cadáver de Josef Hernández Trujillo, que pareció ser el mismo que la noche del siete llevó con toda su casa en el Pago de San Antonio de este mismo Puerto, el aluvión acaecido en dicha fecha; se desconoce su estado y filiación, de edad sesenta años poco más o menos. Se tiene entendido haber testado en la Villa de La Orotava". En las notas de este volumen se lee "que de resultas del Aluvión acaecido, ha de haberse enterrado en las ermitas de San Juan y San Pedro Telmo de este Puerto de la Cruz y en su Camposanto, diferentes cadáveres según se le iba descubriendo en los barrancos de Martiánez y el que desagua en las playa del Castillo de San Felipe, como también de los que sucesivamente arrojaba el mar en sus riveras, de los cuales algunos parecían por sus vestidos ser de los franceses naufragados en esta costa dicha noche en una fragata. Otros pertenecientes a los pueblos de Realejo de Arriba en la Cruz Santa y en el Pago de Las Dehesas y otros de la Villa de La Orotava en el Pago de Las Arenas y algunos de este Puerto; cuya nota extiendo por las noticias que se me han dado por haberme sido imposible el poderlas presenciar y conocer". La relación de fallecidos es la que sigue: "Pedro Méndez y Juana López su mujer, vecinos del Pago de Las Arenas en la Villa de La Orotava; y sus hijos: Josefa, María y Josef, todos célibes. Fernando Martín Rivero, vecino del Pago de Las Arenas en la Villa de La Orotava, de edad de catorce años. Al parecer Bernarda Nuñes, mujer de Rafael Martín en el Pago de Las Arenas de La Orotava, de treinta años de edad al parecer y sus hijos: Domingo, Antonio y Rafael. Juana y Antonia Galano vecinas del Pago de Las Arenas y Domingo Galano. Manuel Eugenio, español que enseñaba las primeras letras a niños, María Lugo su mujer, Dominga su hija y Rita Lugo su cuñada, vecinos del Pago de Las Arenas. Juan Bueno, su mujer María Medina y Carlos su hijo, vecinos de Las Arenas de la Orotava. Juana Martín, mujer de Francisco Álvarez, hija legítima de Andrés Martín y de Ana María Nuñes, vecina de este Puerto de la Cruz. Juan Álvarez, Petra Álvarez, Francisca Álvarez, hijos de Francisco Álvarez y de Juana Martín, dos de los cuales fueron hallados en medio de los escombros de su casa en la Calle de Las Cabezas y Josef, hijo natural de Juana González, vecino de este Puerto del Pago de San Antonio." Días más tarde, "en doce de noviembre fue conducido al Camposanto de este Lugar y Puerto el cadáver de Mateo Hernández, marido de María Valentina, hijo legítimo de Fernando Hernández y de María Valentín naturales y vecinos de este Puerto en el Pago de San Antonio. Falleció el día anterior a los cincuenta y dos años de edad, al parecer de  haberle traído el agua del aluvión acaecido el siete del presente desde dicho pago hasta la calle de Las Cabezas; confesó y no se le pudo administrar más sacramentos, no testó".

Desde La Orotava sus clérigos nos legan este testimonio, cuando "el día siete de noviembre de mil ochocientos veinte y seis comenzó un fuerte aluvión desde las diez u once de la mañana, duró hasta las ocho del día nueve haciendo imponderables estragos, derrumbando casas, abriendo nuevas barranqueras, llevándose muchas tierras y personas no solo de esta isla, sino también de las demás, cuyo número de difuntos aún no se sabe fijamente, pero entre este pueblo, Realejos, Puerto de la Orotava, San Juan de la Rambla y Guancha habían sido trescientos más o menos y de los de esta parroquia sólo se han encontrado los que constan en las partidas siguientes. Estos son algunos de dichos registros: el día nueve José Méndez fue enterrado en la ermita de San Jerónimo, también Juana de catorce años y María de veintidós, hijas naturales de María Canaria en dicha ermita por ser inaccesible al Cementerio, junto a Juana Farrais y María Rodríguez de catorce años. Afortunadamente, disponemos de un balance de daños descrito por los sacerdotes, en el que se "manifiestan los estragos que causó en la isla de Tenerife el temporal (...) en los veintiún pueblos que componen el distrito de la subdelegacion de policía del partido de La Orotava. Pérdida de personas, animales y valor de terrenos destruidos y noticias sobre este acontecimiento terrible".


Personas    Casas          Destruidas Animales   Casas Arruinadas

Puerto de la Orotava
32
31
23
6
La Orotava
118
144
587
130
Realejo Alto
25
41
-
-
Realejo Bajo
14

9
-
La Guancha
52
72
344
31
La Rambla
10
14
13
-
Icod de los Vinos
5
-
-
-
Santa Úrsula
1
-
38
-
Total
255
311
105
167

La siguiente anotación nos aclara que "en las 32 personas muertas que van anotadas en el Puerto de la Cruz, se cuentan las quince que se ahogaron de las 19 de la fragata francesa "La Joven Gabrielle", que con el mismo temporal en estas peñas la madrugada del 8 sin haberse visto de tierra el día antes. Los dos barrancos en medio de los cuales está situado el Puerto arrastraron tanto material que retiraron el mar 250 varas el del poniente y 200 el del naciente, en donde arruino una fortaleza que no se repone en cuatro mil pesos. El del poniente que baja a dicho Puerto por la Montañeta llamada del Fraile, es tanta su extensión en el día, al pie de ella que siendo anteriormente de 50 a 60 varas de ancho tiene ahora 422 varas. En la Villa de La Orotava formó el aluvión doce barrancos de más de los que había en sus contornos. Dos hombres del lugar de la Guancha y que uno de ellos se hallaba en la isla de la Gomera conoció allí el cadáver de su amigo y compañero entre los que la corriente del mar llevó a dicha isla. En los trece pueblos del partido que no van anotados no hubo perdida de personas, pero fue tanto el estrago que causó el viento que en algunos levantó tejados y arrancó los arboles. En los pueblos de Buenavista, Santiago y Arona tuvieron la curiosidad de valorizar los terrenos destruidos y llega su valor en los tres a 22.900 pesos corrientes". Mientras, el total de fallecidos en La Villa de la Orotava ascendió a 118 personas (87 adultos y 31 niños), recibiendo sepultura eclesiástica tan sólo 18 por lo que los desparecidos o "llevados por el mar" sumaron el centenar de vecinos.

Prosigue el relato con otra nota: "a las once y media del día seis se cubrió la atmósfera de una nube gruesa acompañada de un viento sur muy violento y una agua estropeada que duró como una hora, tiempo en que sobrevino un norte igualmente fuerte que parece puso en pugna con el otro viento. Sus remolinos y continuada agua se fueron aumentando por grados al paso que extendió sobre la tierra una niebla que aumentó la oscuridad. A todo esto seguía un ruido espantoso que constantemente fue en aumento hasta el día y cesó enteramente a las veinte y cuatro horas. Aunque el valle permaneció cubierto de nubes no tan densas. En medio del ruido que se ha hecho mérito, se advirtió un movimiento de trepidación en la tierra, cuyos golpes aunque leves se percibieron con frecuencia desde las once de la noche hasta las cinco de la mañana y de sus resultados se cree dimanó el numero de edificios arruinados (...), Domingo Hernández Quintero".

Un último punto, es la confirmación de los desperfectos ocasionados por la riada en las tierras del Convento de Agustinas Recoletas de Realejo Bajo, cuando "hallándose el Convento en la actualidad con bastante escasez (...) para atender a la precisa manutención, como al reparo de las ruinas causadas por el aluvión de siete del corriente cuyas avenidas dejaron sin cerca la propiedad principal del Monasterio y demolieron las paredes de la casa que llaman El Patronato."

Probablemente el daño psicológico fue más duradero que el material quedando presente en el subconsciente colectivo. El balance de este análisis arroja 189 muertos en los tres municipios actuales del Valle de la Orotava, por lo que el número de fallecidos ascendió aproximadamente al 1% de su población. No obstante, la cifra debió aumentar debido a posteriores fallecimientos de heridos y por el descenso del nivel de vida, empeoramiento de las medidas higiénicas y aumento de las enfermedades, cifra difícil de evaluar, pues en los registros parroquiales no constan esas coyunturas. 

Nuestro agradecimiento a las personas e instituciones que han brindado su ayuda para la feliz conclusión de este trabajo, especialmente al personal del Archivo Histórico Diocesano de Tenerife y del Archivo Histórico Provincial de Tenerife. 

Trabajo, publicado el jueves 11 de abril de 2013 en La Prensa El Día.

Foto 1. Vista del Realejo Alto e iglesia de Santiago Apóstol de la que fue párroco don Antonio Santiago Barrios. ARCHIVO MUNICIPAL DE LOS REALEJOS.

Foto 2. Sabino Berthelot testigo de excepción del Aluvión de 1826.
        
NOTAS

1. El Eco del Comercio Nº 791, miércoles 30.11.1859. Santa Cruz de Tenerife.

 2. Berthelot, Sabino, Primera Estancia en Tenerife 1820-1830, pp 187-194.

3. Álvarez Rixo, José Agustín,  Anales del Puerto de la Cruz de La Orotava (1701-1872) pp 291-296 y Noticias Biográficas de algunos isleños canarios, pp 85-95.

 4. Du Cane, Florence,  Las Islas Canarias, p 40. Esta autora da erróneamente el año 1820 como fecha del Aluvión.

5. Murray, Elisabeth, Recuerdos de Tenerife, pp 161-166. Donde se ofrecen cifras de fallecidos y desperfectos aproximadas a las presentadas en este trabajo.

6. Buch von, Leopold, Descripción Física de las Islas Canarias.
         
7. Browne, D.J. Cartas desde las Islas Canarias, pp 98-99 y 103.
         
8. Realmente este drago fue parcialmente derribado en un temporal de 1819 y finalmente abatido por otro de 1867.
         
9. Browne, D.J. Cartas ..., p 107.
         
10. Párroco de Santiago de Realejo Alto (1822-1849) fue comisionado para la Desamorti-zación del Convento de San Juan Bautista del Realejo, falleció el 11.06.1849 a los 62 años.
         
11. Para la versión íntegra de este documento remitimos a Álvarez, Leopoldo en www.tiempo.com/ram/151/el-aluvion-del-ano-de-1826-resenado-por-el-beneficiado-de-la-iglesia-del-realejo-alto-isla-de-tenerife-don-antonio-santiago-barrios y Hernández García, Jesús Manuel en "162 Aniversario del Aluvión en el Valle de la Orotava", La Prensa ELDIA, 20.11.1988.
         
12. Por esas fechas ese pago pertenecía a la jurisdicción del Realejo Alto
         
13. Libro 5º de Entierros, folios 156 y 156 vto, Parroquia de Santiago de Realejo Alto. Archivo Histórico Diocesano de Tenerife, en adelante A.H.D.T
         
14. Libro 5º de Entierros, folios 181-182, Parroquia Ntra. Sra. de la Concepción de Realejo Bajo. A.H.D.T
         
15. Párroco de Ntra Sra de la Peña de Francia de Puerto de la Cruz (1815-1862) y mecenas de la misma, la construcción de su torre y la remodelacion de la fachada corrieron a costa de su pecunio, falleció en 1862 a los 84 años.
         
16. Libro 9º de Entierros, folios 46, 46 vto y 47, Parroquia Ntra Sra de la Peña de Francia, Puerto de la Cruz. A.H.D.T
         
17.Libro 11º de Entierros, Parroquia de San Juan Bautista de La Orotava. A.H.D.T. Remitimos a este volumen para la consulta de la relación completa de fallecidos en La Villa de La Orotava.
         
18. Libro de Actas del Convento de Recoletas Agustinas del Realejo, 1824-1833, p 15. CONVENTOS 3281. Archivo Histórico Provincial de Tenerife.

miércoles, 26 de febrero de 2020

LA MÁSCARA, EN PAZ DESCANSE


Salvador García Llanos

Como los carnavales de 2020 van a ser recordados como una crónica de sucesos, incluyamos en ella la práctica desaparición de la máscara, una figura fundamental en otras épocas pero que fue palideciendo hasta ver difuminados hasta perder sus valores. Que los tenía, vaya que sí.

Máscaras eran las que improvisaban un disfraz. O lo preparaban con todo lujo de detalles. Fundamental el antifaz, para ocultar la identidad. Y para hacer más notorio el falsete de voz.

Máscaras eran hombres que simulaban movimientos y contoneos, con instinto ligón o con ánimo de diversión, simplemente. Solteros y casados en busca de una aventura, en bailes apelotonados -los baños turcos, llegaron a bautizar los que se celebraban por todo lo alto en el antiguo cinema Olympia, del Puerto de la Cruz- o en cualquier local donde el desenfado se vestía de cualquier cosa y hablaba cualquier idioma. Máscaras eran también mujeres que salían solas o en parejas o en grupos, según conviniera, a tiro hecho -esto es, quedar ya con otros 'enmascarado'- o lanzadas a la aventura, al desenfreno, al roce -a los roces- de una noche, a la engañifa, al frenesí...

Máscaras eran jóvenes de ambos sexos que ocultaban bajo el antifaz y el disfraz los instintos y los afanes de libertad, el goce de los prohibido.

Eran otros tiempos, desde luego. Pensar que los carnavales estuvieron proscritos... Ello contribuyó a que la máscara se expandiera o se multiplicara. Cuando las restricciones fueron disminuyendo -desde las regularizadas Fiestas de Invierno a la apertura natural porque esto es lo que quiere el pueblo- se interpretó que no tenía mucho sentido ocultar la identidad. Que lo que se quería, se podía hacer sin necesidad de antifaces y falsetes. Otras mentalidades. Otros modos de diversión. Otros desenfados. Otras osadías. Con el tiempo, se diluirían en el regocijo y en el bullicio popular.

Pero en 2020 se contrasta que cada vez hay menos máscaras. No se las ve. Y si alguna se atreve, no se detiene. Cierto que su desaparición no ha mermado el ambiente carnavalero y lúdico pues, por fortuna, la popularización ha tenido un efecto multiplicador considerable. Pero, con menor o mayor nostalgia, se echa en falta aquel ser carnavalero no identificado, mujer u hombre, que hacía malabares para ser y divertirse sin estar. Es como si definitivamente hubiera fenecido la máscara, elemento protagonista de la fiesta que desafía todos los imponderables con tal de dar rienda suelta a los instintos y los propósitos de diversión.

Y a quienes se resisten y aún pululan, mucho mérito que debe ser ponderado.

sábado, 22 de febrero de 2020

PARA LOS POBRES, NI LA MISA DE ALBA


Salvador García Llanos

En junio de 1821, teniendo en cuenta que unas tres mil quinientas personas, aproximadamente, oían misa en el Puerto de la Cruz, era indispensable oficiar siete para que todas pudiesen cumplir con el precepto. Surge entonces un problema al que las autoridades de la época buscaron solución a la que se refiere en sus apuntes el cronista oficial del municipio, Nicolás Pestana Sánchez.

Ocurría que los religiosos de la orden de San Francisco existentes en el municipio portuense tenían que trasladarse al convento de La Orotava, donde habían sido destinados. La carencia de sacerdotes para atender los servicios espirituales del pueblo era evidente, sobre todo si se marchaban antes de que llegasen tres nuevos dominicos, cuya llegada parece ser que había sido anunciada, aunque se tenían noticias de que nunca vendrían.

Relata Pestana que la situación en que se encontraba el convento franciscano facilitaba “a la mayor parte de la población pobre” la posibilidad de oír la misa de alba que se oficiaba en dicho convento pues aquella “no podía presentarse de día por su miseria en el vestir y en el convento dominico no cabía ni la mitad de las personas que estaban obligadas a oír misa de alba, si faltase la iglesia de San Francisco”.

Tiene que intervenir el Ayuntamiento, claro. No se había consultado la conveniencia pública de proceder a la elección del convento que debía ser suprimido. La corporación, por acuerdo adoptado el 25 de junio de aquel año, se dirigió al Jefe Superior Político haciéndole ver la necesidad de que no se cerrase el convento franciscano. Se evitaba con ello el traslado de los tres sacerdotes que quedaban en el pueblo, hasta tanto no llegasen los de La Orotava de Santo Domingo, haciendo que se trasladasen éstos a vivir en el convento de San Francisco, “por razón de la comodidad pública, por su situación y por la capacidad de la iglesia, de la que carecía el dominico”.

Tres días después, siempre según la aportación de Pestana, el Ayuntamiento trató de suspender, por sí mismo, la salida de los tres religiosos franciscanos, a propuesta del síndico personero de segunda elección, “pero, atendiendo a la gravedad de este asunto, se acordó aplazar la resolución hasta el día 3 del próximo mes de julio, para elevar consulta”.

Entonces, una comisión del Ayuntamiento visitó al padre prior dominico, con el fin de recabar información sobre la fecha señalada por las autoridades para incorporarse al convento los religiosos que hubiesen sido destinados. Era el 9 de julio cuando debían reunirse los dos religiosos que se hallaban en el convento de Garachico. Pero la información no satisfizo del todo porque el prior ignoraba cuándo habrían de verificar lo mismo los de las otras islas, al desconocer la fecha de la orden para que empezara contarse el plazo de treinta días que tenían señalado.

Llega el 3 de julio. Y como resultas de la contestación del Jefe Superior Político, el Ayuntamiento entendió que no debía oponerse a la salida de los religiosos franciscanos “para no desacatar los soberanos decretos”, de acuerdo con los apuntes del cronista.

Claro que el Ayuntamiento no podía permanecer indiferente ante la práctica supresión de la misa de alba en el convento franciscano, al que concurría la parte más pobre de la gente del pueblo que era ya la del barrio de La Ranilla. Por ello, dirigió una petición del Provisor del Obispado, rogándole atendiese a esta necesidad espiritual.  

CARNAVAL CHICHARRERO


Evaristo Fuentes Melián

Sin intención expresa, me puse a ver por la tele la inauguración en el recinto ferial, del carnaval chicharrero, de Santa Cruz capital, el miércoles 19 por la noche. Observé exhausto, medio dormido, las mismas connotaciones de cada año. Los mismos defectos de cada año, que se repiten como por arte de magia con máscara añadida.

Veamos:

1.- Mucho dinero gastado e impresionante exhibición de mucha gente, <pa un lado y pa otro>, en el amplio escenario del recinto ferial.

2.- La excesiva carga del vestido—mejor: vestimenta--- de la reina y candidatas, algunas con cinco metros de fondo y cuatro de ancho…

¡Toma ya!... ¡sufre, rica!

3.- Las dichosas murgas, también con excesivo dispendio oneroso para hacerse sus disfraces y trajes con mucha purpurina.

4.- Las letras de denuncia con que engalanan sus cantares; parece como si los componentes de las murgas se tomasen en serio y se piensan que son auténticos intelectuales, revisionistas críticos  de las costumbres morales y materiales de sus vecinos y de la Humanidad entera.

5.- Algunas señoras y señoritas dejan entrever, sus muslos y tetas de jamonas, cuando no su delgadez. En ambos casos, se nota la falta de una alimentación dietética, un régimen alimenticio adecuado tendente a evitar la diabetes, una enfermedad típica de Canarias. Esas barriguitas (no digo barrigas, para ser benévolo) y esos sus torpes movimientos son consecuencia de no asistir diariamente  a practicar un deporte en el gimnasio del barrio, que las haga más ágiles y atractivas.

6.-  Para remate y como acompañamiento a todo lo largo de las fechas de las carnestolendas, multitud de comparsas y agrupaciones exhiben una tan desagradable como ruidosa forma de dañarnos los oídos, a base de darle mandobles al tambor y la tambora estrepitosamente.

Por favor: ¡que Don Carnal venga y ponga un poco de orden!

Firmado CAPITÁN CORAJE

APUNTES A LA HISTORIA DE LOS TRES CEMENTERIOS DEL REALEJO ALTO


Jerónimo David Álvarez García

Finalizada la Conquista en 1496 por el Adelantado en el lugar del Realejo, se erige [una de las primeras fabricas religiosas] de Tenerife, la iglesia de Santiago Apóstol. En torno a ella se desarrolló el Realejo Alto que, tras la fusión con el Realejo Bajo en 1955, dio lugar al municipio de Los Realejos

Hipótesis sobre el primer cementerio. La primitiva capilla fundacional fue demolida y finaliza su reedificación hacia 1570. El primer libro sacramental de la parroquia muestra los apuntes de los primeros enterramientos en el interior del templo hacia ese año, sepulturas que se extendieron hasta el siglo XIX. Es decir, que desde el fin de la Conquista hasta el referido año hubo de existir en torno a la primitiva capilla, un terreno para la sepultura de los castellanos y guanches bautizados, pues esta no tendría tamaño ni consistencia para excavaciones interiores. Ocuparía parte del solar de la actual iglesia y plaza de Viera y Clavijo. La primera ampliación de la iglesia permitió los enterramientos en su interior.

Cementerio de la plaza. Carlos III prohibió las sepulturas en el interior de los templos por higiene y secularización, obligando a crear cementerios. Por falta de financiación, hasta abril de 1837 no se crea el segundo que se ubica en la plaza. Fue “construido con fondos del común de los vecinos”, siendo “María Josefa de León de edad de más de sesenta años, natural de Lanzarote y viuda (...)” la última persona enterrada en el interior de la iglesia. Ese mismo día “a fecha catorce de abril, se recibió un oficio del Presidente del Ayuntamiento de este pueblo, que transcribe el acuerdo que se había hecho para que desde este día cesen de dar sepultura eclesiástica en la iglesia a ningún cadáver, sea de la clase y dignidad que fuese, y que los enterramientos se hiciesen en el sitio señalado para el cementerio, al poniente de la Capilla del Sr. Difunto, y en obediencia (…) al acuerdo de la Municipalidad se procedió a la bendición del sitio señalado como previene el ritual para dar principio a los enterramientos(...)”. Al día siguiente “se enterró en el Cementerio a Dionisia Guanche”. El solar se terminó de componer en 1842 por el encargado de la fábrica del cementerio, José Fregel, que pagó a Eugenio Carrión por los encalados. Junto a este camposanto municipal y confesional, existía un terreno llamado la chercha o cementerio protestante. El cementerio fue administrado por los párrocos de Santiago que recaudaban las tasas por quebrantamiento de sepulturas y custodiaban la llave. Esto llevó en 1872 a un litigio entre Parroquia y Ayuntamiento, cuando este inicia el trámite para la secularización de la necrópolis, pues “varios vecinos se han acercado instándole, [al Síndico] que proponga a esta Municipalidad reclame del Venerable Cura Párroco entregue el Cementerio por ser propiedad exclusiva del municipio”.

Desde 1842 los párrocos habían entregado al Consistorio las cantidades percibidas, por lo que las “cuentas rendidas al Ayuntamiento por los colectores D. Domingo Chaves y D. Antonio Rivero por quebrantamiento de sepulturas, demuestran de una manera indubitativa que el referido cementerio es puramente civil,” pero se deseó recaudar la totalidad de tasas y “se acordó por la Presidencia se pasen oficios a los alcaldes de los pueblos donde actualmente vivan los que hayan sido colectores, a fin de que se les notifique rindan cuenta de lo ingresado en su poder por quebrantamiento de sepulturas, haciendo exhibo de la cantidad que resulte en poder de los mismos, (…) y lo hayan ingresado en las depositarias municipales como era deber, por ser este cementerio puramente civil y venir desde su instalación percibiendo los expresados derechos”. El párroco D. Jerónimo Mora responde “que tan pronto se le presenten los documentos por los cuales remite el derecho que se reclama, no tiene inconveniente en reconocerlo.” Convencido, envía la relación de colectores habidos de 1843 hasta la fecha al Ayuntamiento, y el total de defunciones del período que ascendía a 858 adultos y 694 párvulos. Extendidos los oficios, se contesta desde Arico que, al haber sido entregado el dinero al Dr. D. Domingo González de Chaves, se debe actuar contra los herederos de este párroco difunto. Aceptan la petición D. Domingo Mora, que cobró 89,25 pesetas y D. José Albelo, que recolectó por quebrantamiento 347,71 pesetas. Los clérigos D. Juan González y D. Francisco Fariñas, que ingresaron 80 y 20 pesetas, respectivamente, se niegan a devolverlas; “advirtiéndoseles que se procederá a realizarlo ejecutivamente lo que la alcaldía quiere evitar”.

Junto al aspecto crematístico, se “acuerda que por la Presidencia se oficie (…) al Cura Párroco para que la llave del Cementerio la ponga a disposición de su autoridad”. D. Jerónimo Mora escribe: “siempre ha recaído la solución del Gobierno (…) que las llaves de los cementerios, aunque sean construidos por los Municipios, estén en poder de los párrocos sin perjuicio de cuando las referidas autoridades locales quieran pasar a ellos, por lo que se refiere a su policía y régimen con relación a la Salud Pública; en este caso tienen que entregarlas (...). En la siguiente sesión,“el Sr. Presidente dio cuenta de haber el párroco de este pueblo accedido a entregar el Cementerio por haberse convencido que pertenece exclusivamente al común de los vecinos”. Mas las disputas municipales no son obstáculo para que se prosiga la construcción de mausoleos en él, como atestiguan los permisos otorgados a Dña. Victoria Ventoso y Cullen de Pérez para los restos de su esposo, “con pago de ochenta pesetas que por tarifa corresponden” y a “Dña. Andrea Pérez de Chaves, un local en el Cementerio para construir un sepulcro de su exclusiva propiedad para su difunto marido, Esteban Chaves y Pérez y sus descendientes legítimos”.


El Consistorio toma su administración en 1872, y nombra a “D. Juan Yanes recaudador para cobrar los derechos de quebrantamiento de sepulturas de este cementerio”, siendo la relación de tarifas: “Entierros de primera clase 3,75 pesetas, de segunda 2,50 pesetas, de tercera 1 peseta y sepulcro en propiedad 80 pesetas”. En 1874 se organiza una suscripción vecinal para las obras, según consta en la “cuenta justificada que D. Isidro Oramas, recaudador de las prestaciones personales para la composición del cementerio rinde.[Ingresa] por quebrantamiento de sepulturas y prestaciones 356 pesetas. Seis fanegas de cal, nómina de mampostero, peones y sogas para andamios por 353,90 pesetas. Los vecinos dieron la cal, las canastas los cesteros y las piedras de los muros eran del Ayuntamiento”.El primer balance arroja 306 pesetas aportadas por 117 vecinos y 50 pesetas por venta de sepulturas, en el siguiente 162 personas aportaron 621 pesetas.

Finalmente, el alcalde escribe al Gobierno Civil en estos términos: “Tengo el gusto de participar a V.E, que en cumplimiento de la R.. Orden de 28 de febrero de 1872, el haberse construido en esta población el cementerio destinado a inhumar los cadáveres de los que mueran fuera del gremio de la Iglesia Católica, y la satisfacción de haberse construido por suscripción del vecindario, por consiguiente sin que fueran gravados los fondos municipales”.

Las políticas de salubridad avanzaban como se desprende del reglamento que ordenaba que los cadáveres de personas mayores se lleven en ataúd cerrado, y sólo se permita ir descubiertos los de los niños menores de siete años, salvo que haya producido la muerte enfermedad contagiosa en cuyo caso serán cubiertos. No podrá sepultarse a ningún cadáver antes de transcurrir 24 horas desde su fallecimiento. Los cadáveres que no sean enterrados en sepulcros lo serán en sepultura común del cementerio, con longitud estipulada. La sepultura no podrá abrirse hasta pasados cinco años.

Cementerio de San Agustín. En febrero de 1919, ”el alcalde recordó al Ayuntamiento la necesidad de construir un nuevo Cementerio Católico, toda vez que el que existe no reúne las condiciones de higiene y salubridad necesarias por su mala orientación y emplazamiento, y más que nada porque siendo de todo insuficiente, obliga a remover las sepulturas antes de transcurridos los cinco años de enterrados los cadáveres, lo que constituye una verdadera profanación y un atentado a la Salud Pública”. D. Isidro Chaves Albelo ofrece en venta una económica huerta propiedad de su esposa, donde dicen los Llanos en el camino a la Cruz Santa, de ocho almudes. El médico local da el visto bueno y el Secretario D. Vicente Siverio Bueno adelanta las cuatro mil pesetas que costó el terreno por no haber fondos municipales, devolviéndoselas “cuando las cuentas lo permitan”. Ahora, no sólo cesan los aires laicistas, sino que se denomina al nuevo recinto como “Cementerio Católico del Realejo Alto”, y se solicita dinero al párroco de los fondos de fábrica de la iglesia para la ejecución de la obra. Éste, D. Nicolás Torres, pide se especifique la cantidad solicitada para cursar la petición al obispado. El cénit se produce cuando el Gobierno Civil exige al alcalde la denominación y delimitación de una parcela como cementerio civil, a lo que se responde: “(...) teniendo además en cuenta que no hay necesidad de separar terreno destinado a Cementerio Civil, puesto que el existente es suficiente para las necesidades del vecindario empleando, por tanto solamente el designado para Cementerio Católico como consta en el expediente”. Diseña el proyecto D. Nicolás Álvarez Casanova que asciende a 14.992,86 pesetas. El lado este del solar albergaría, de norte a sur, el depósito de cadáveres, sala de autopsias, la capilla, una parcela para sepulturas y la chercha. Otro informe señala las malas condiciones del Cementerio Viejo y la distancia del núcleo urbano de mil metros del nuevo. En él se podrá enterrar durante diez años sin necesidad de abrir, pues la media del decenio anterior había sido de 82 difuntos por año. Los vientos alejarían las miasmas que se produjeran de la población. Su superficie de 3.521 m2 dividida en calles tendría un osario con plancha de cemento armado para cerrarlo.

El Pleno toma los siguientes acuerdos:“Ninguna extensión (…) para panteones porque los que se soliciten pueden concederse en el cementerio que existe y en vista de la escasez de recursos con que cuenta el municipio, imposibilita al Ayuntamiento de hacer todas las obras que determina la legislación”.Según uso, se da público conocimiento en Boletín Oficial de la Provincia. En las actas del pleno queda reflejada la negativa parroquial a contribuir a la financiación del nuevo recinto, según leemos: ”De la comunicación del Sr. Cura Párroco no se desprende que las obras del cementerio puedan ser construidas ni en todo ni en parte de los fondos de fábrica de la iglesia”. A 30 de diciembre de 1919, se abre expediente para la construcción del nuevo. En abril siguiente, se aprueba su construcción por el Cabildo Insular y la Junta Provincial de Sanidad. Desde 1924 se reflejan partidas en la Depositaría del Ayuntamiento y se efectúan obras en los muros con piedra rota traída de la finca de D. Antonio Pérez y del barranco del Mocán. Se encargan sus puertas y constan facturas de barrenos, canastas, cal y cernideras. En los años sucesivos hasta su bendición, se relacionan los gastos de verjas, que ascienden a 750 pesetas, materiales diversos y nóminas de maestros y peones. El Gobierno Civil comunica con fecha 14 de julio de 1926 que “puede autorizarse los enterramientos (…) y solamente como fosa común” y en 11 de marzo del año siguiente reza en documento oficial: “He tenido a bien autorizar la apertura del mencionado cementerio para la inhumación de cadáveres”. Nueve días después, se inaugura y bendice con gran solemnidad. En el acto están presentes autoridades y clero local; el canónigo D. Heraclio Sánchez pronuncia el sermón y la Sociedad Filarmónica del Realejo Bajo cobra 175 pesetas por la “tocata efectuada para amenizar los actos celebrados en ese pueblo, con motivo de la inauguración del nuevo cementerio”. Los últimos gastos ocasionados son: una placa en la entrada por 21,55 pesetas, un crucifijo por 40 pesetas, una losa de mármol por 385 pesetas y la comida de la inauguración.


Según consta,“a los diecinueve de marzo de mil novecientos veintisiete se dio sepultura en el Cementerio Católico del Realejo Alto, al cadáver de Carmen Álvarez González de siete meses de edad hija legítima de Matías y Esperanza. Y para que conste lo firmo. Lcdo. Juan Cerviá, Ecónomo”. A continuación se lee: “Nota: Carmen Álvarez González, contenida en la partida inmediata, fue la última enterrada en el Cementerio Viejo y Agustín García González, que está contenido en la partida inmediatamente siguiente, fue el primer enterrado en el nuevo cementerio, que fue bendecido por el suscrito a veinte de marzo de mil novecientos veintisiete, como puede verse en la correspondiente acta que se extendió y que obra en este Archivo Parroquial Lcdo. Juan Cerviá”. He aquí la partida del primer sepultado:“A los veinticuatro de marzo de mil novecientos veintisiete fue sepultado en el nuevo cementerio católico, siendo el primer cadáver que fue sepultado en él, el cadáver de Agustín García González de cinco años de edad, hijo legítimo de D. Pablo García y García, Juez Municipal de este pueblo y de Doña Erminia González y para que conste lo firmo. Lcdo. Juan Cerviá”. Como se aprecia es el hijo del alcalde que construyó el nuevo camposanto, insólita coincidencia. Su tumba aún se encuentra en la entrada del cementerio, esquina izquierda, vallada y presidida por una vieja cruz. También, “a los veinticuatro de marzo de mil novecientos veintisiete se dio sepultura en el cementerio católico del Realejo Alto, al cadáver de María González Afonsode veinticuatro años de edad, consorte de Antonio Rodríguez, hija legítima de Juan González y de Petra Afonso. Y para que conste firmo. Lcdo. Diego Cedrés”.Ciertamente, y según consta, esta señora falleció unas dos horas antes que el niño, correspondiéndole ocupar el primer puesto de tan desdichado acontecimiento, pero no dudamos que, al tratarse del hijo del juez municipal, ex alcalde y promotor del camposanto, influyera en la decisión y se le cediera el puesto. Este privilegio se justifica en la sociedad clasista de esa época.

El pleno aprueba dar al recinto el nombre de San Agustín por ser el del niño y dar a perpetuidad las dos primeras sepulturas. Al año siguiente prosiguen las obras en la sala de autopsias y capilla, pero en enero acaece un macabro suceso: El propietario de la finca colindante provoca el derrumbamiento del lado este por un movimiento de tierras, causando desperfectos en la capilla y parte de los enterramientos, cayendo estos inevitablemente al barranco.

La toma de posesión del primer alcalde republicano precipita los acontecimientos. La primera medida acepta la petición de D. Pedro López Regalado, fosero, en la que solicita “no se cobre la cal a los que la suministren ni a los pobres”. En prueba de los futuros cambios incluimos el acta de secularización de la necrópolis: (…) el Secretario [Ambrosio Quintero] que suscribe y en vista de lo preceptuado (…) procede adoptar los siguientes acuerdos; 1º Que tanto en el Cementerio viejo como en el nuevo, debe ponerse una inscripción que diga: Cementerio Municipal retirando la que actualmente está en el nuevo; 2º Que la denominada capilla del cementerio nuevo, se convierta en depósito de cadáveres poniéndole la puerta correspondiente; 3º Que las llaves de dicha necrópolis deben quedar exclusivamente en poder de los subalternos municipales; 4º Que para la admisión de los cadáveres en los cementerios, sólo se exija la papeleta del Juzgado ordenando la inhumación; 5º Que debe hacerse desaparecer la llamada “chercha o cementerio protestante” ya que sólo puede haber una clase de cementerio, y que los restos y cerca que hay en dicho recinto se trasladen al cementerio municipal viejo; 6º Que una vez desaparecida la chercha, se haga un pequeño jardincito con arboleda de adorno. Puesto a discusión el asunto (…) se acordó aprobar las propuestas marcadas con los números uno al cuatro ambos inclusive, y que en cuanto a las señaladas con los números cinco y seis se modifiquen en el siguiente sentido: Que se coloque en el recinto que se alude (…) una inscripción que diga: Cementerio Municipal Clausurado, dejándolo tal como se halla”. La alcaldía decide ”pagar de Imprevistos el importe de la cal necesaria para los cementerios”. Este acuerdo se repetiría en años sucesivos, al igual que las propuestas para la construcción de nichos que se formularían periódicamente desde 1935, aunque los primeros no se construirían hasta 1964. También se aceptan diversas solicitudes para delimitar las sepulturas con vallas. La financiación era un obstáculo, por lo que “el concejal Sr. Rguez de la Sierra, pidió a la Corporación se acuerde publicar un bando anunciando la venta de solares en el Cementerio Viejo, para la construcción de sepulcros a los precios señalados en las tarifas aprobadas por (…) la Hacienda, con el fin de poder utilizarlo en el arreglo de dicho cementerio”.


Finalizada la Guerra, se autoriza la construcción de sepulcros en el cementerio viejo y en 1942 el párroco D. Carlos Delgado coloca un crucifijo en el nuevo, abonado por el Consistorio.

En 1947, transcurrido el tiempo que obligaba la legislación, se solicitó la clausura del cementerio viejo ante el Gobierno Civil, pero “debió ser un trauma para la mayoría de la población del lugar ya que se tardó casi dos décadas en [des]ocupar esos terrenos públicos”. Los requisitos para la monda del solar fueron los siguientes: “La operación se hará con decencia, respeto debidos y asentimiento de la autoridad eclesiástica. Debiendo pasar diez años de la última inhumación y conceder un plazo prudencial a las familias para el traslado. Estas mantendrán los derechos de sepulturas a perpetuidad en el nuevo cementerio y verificada la limpia se podrá demoler el viejo cementerio”. Además los “cadáveres inhumados de más de tres años y menos de diez se pueden trasladar con permiso del Gobernador Civil, según enfermedad que produjo la muerte, fecha de inhumación, naturaleza del féretro y condiciones del enterramiento. Se desenterrará en presencia de autoridades sanitarias y se verá si se puede trasladar, o es necesario el uso de desinfectantes, sin peligro para la Salud Pública. Se trasladará o no según informe de los médicos. Los restos para traslado se guardarán en caja de zinc para garantía de Salubridad”.La alcaldía actúa en consecuencia y “se dio lectura a un oficio del Gobernador Civil en virtud del cual autoriza al Ayuntamiento al traslado de cuantos cadáveres hay en el cementerio antiguo al de San Agustín (…). Abierto debate sobre el particular, y habida cuenta de la necesidad de proceder a la clausura del cementerio viejo, por la construcción de la carretera de esta Villa a la Guancha, se acordó autorizar al Sr. Alcalde (…) proceda a la clausura del mismo (...)” y ”en junio se autoriza por el Gobierno Civil la monda total únicamente de la fosa común de dicho cementerio (…) según legislación y una vez que la limpia se haya efectuado el Ayuntamiento (…) podrá llevar a cabo la demolición”. Otra macabra anécdota acaece por estas fechas: La Corporación alquila el camión de un conocido vecino para el traslado de los restos al osario del nuevo cementerio. Los jóvenes peones contratados cargan en él los huesos. El camión sube la Calle del Medio, mientras los mozos encaramados en el volquete dan voces ofreciendo caballas al público, al tiempo que enseñan los restos a las despavoridas vecinas que salen de sus casas con los platos. Por ello fueron detenidos y expulsados de su trabajo. En noviembre, se notifica al Jefe Provincial de Sanidad el número de cadáveres que aún quedaba en el camposanto, un total de once cuerpos que se habían enterrado desde 1936. Por último, en 1952, se cursa la “petición de la autorización para la limpieza general y monda del Cementerio (…) trasladándose en forma adecuada y con carga a los fondos municipales la totalidad de los restos al nuevo cementerio”. Sanidad autoriza exhumar el último enterrado, a saber, Don Pedro Rodríguez de la Sierra García. Pero la autoridad competente envía telegrama ese año a jefatura de sanidad, para advertir que la alcaldía ha levantado restos cadavéricos sin tener en cuenta la legislación sanitaria mortuoria y efectuado la casi monda del cementerio.

Actualmente, este recinto conserva la capilla, dependencias anexas, Cruz de los Caídos, trasladada hace unos años desde la plaza, y cuatro mausoleos, uno proyectado por el arquitecto D. Tomás Machado en 1953. Denominado oficialmente,“Cementerio de San Agustín” en él se sepulta a los realejeros, sin distinción, que viven dentro de los antiguos límites de la Parroquia de Santiago.

Mi gratitud a mi padre, Dña. Concepción, Dña. Irene, D. Alberto, D. Eloy, D. Manuel D. José y D. Alvaro Hernandez Diaz, D. German Fco Rodriguez Cabrera y Dña. Carmen Rosario Hernández, al personal del Archivo Histórico Diocesano, Parroquia Matriz de Santiago Apóstol, Archivo Histórico Municipal, Juzgado y Cementerios de Los Realejos.

 Publicado el sábado 17 de diciembre de 2011 en el suplemento La Prensa, del periódico EL DIA.

Foto 1. Vista desde poniente de la Iglesia de Santiago Apóstol y el cementerio de la plaza .Archivo Municipal de Los Realejos.

Foto 2. Interior del Cementerio de la plaza. Archivo Municipal de Los Realejos.

Foto 3. Vista desde las Cañitas de la Iglesia de Santiago Apóstol y el cementerio de la plaza. Archivo Municipal de Los Realejos.

NOTAS

1. Se admite actualmente que Santiago del Realejo fue el primer templo y la Concepción lagunera la primera parroquia

2. Juana Díaz fue enterrada en la iglesia el 13.07.1566 y Simón de Abona fue sepultado en la capilla de la iglesia el 15.05.1570 1º Libro Bautismos de Santiago Apóstol. Archivo Histórico Diocesano de Tenerife, en adelante A.H.D.T

3. Las sepulturas fuera de templos fueron comunes como lo atestiguan las ocurridas en el Aluvión de 1826 en Libro 5º Difuntos de Santiago, p 156 o de suicidas, véase Hdez Glez, Manuel Enfermedad y muerte en Canarias II, p 56

4. Situado entre la actual Plaza de la Unión, la biblioteca y parte de la calle. Tasado en 600 pesetas en 1885.

5. Anotación del colector D. Domingo Chávez el 14.04.1837 en Libro 5º de Difuntos de Santiago Ap, p 258. A.H.D.T

6. Libro 5º de Difuntos de Santiago Ap, p 258. A.H.D.T

7. Situado en la plaza de la iglesia con quien confinaba por el naciente y poniente. Al norte con terreno de D. Agustín Molina Reyes y al sur con el cementerio católico. Medía dos áreas y veinticinco centiareas tasado en 100 pesetas, en 1885. Allí se sepultaban las personas no católicas, masones, ateos, suicidas o el que no moría en el seno de la Iglesia.

8. Expediente para la reivindicación del Cementerio de este pueblo por pertenecer al común de vecinos. Nº 8. Ngdo 3 Policía Urbana. Realejo Alto 1872.” Archivo Histórico Municipal de Los Realejos, en adelante A.H.M.R

9. Para la regencia de los párrocos véase, “Recuerdos evocados al hilo de la lectura” deHernández Díaz, Álvaro, pp 76-87 en Hernández Hdez, José en El monaguillo. Iglesia y Sociedad y Boletín Oficial del Obispado.

10. Siendo alcalde D. Eliseo González Espínola.

11. Acta Sesión Extraordinaria 21.05.1872. A.H.M.R

12. Carta de respuesta del párroco al Ayuntamiento a 30.04.1872. A.H.M.R

13. Acta Sesión Extraordinaria 02.05.1872. A.H.M.R

14. Expediente General para el cobro de derechos de quebrantamiento de sepulturas, nº 16 Ndo 3. Junio 1872 A.H.M.R

15. Oficio al Gobierno Civil 03.09.1877 nº 542. A.H.M.R. Realmente fue el mismo, pero remodelado y redefinido Civil.

16. Ordenanza municipal de Realejo Bajo formulada por su Ayuntamiento. Tit 4º .Policía de Salubridad 1894. A.H.M.R

17. A la sazón don Pablo García y García.

18.Según la versión de doña Concepción y doña Irene Molina, sobrinas del alcalde, el terreno pertenecía a la familia de su esposa, Dña Erminia González. Por lo tanto D. Vicente Siverio y D. Isidro Chaves habrían sido meros testaferros.

19. Según se desprende del plano del Expediente de creación del Cementerio de 27.09.1919. A.H.M.R

20. Informe del Inspector Municipal de Sanidad D. José Estrada de 19.10.1919. A.H.M.R

21. Esta fosa común se ubica entre la capilla y la parcela destinada a las sepulturas infantiles. Actualmente está cubierta por un montículo de tierra. Agradecemos a don Alberto, sepulturero jubilado, su identificación.

22. Boletín Oficial de la Provincia de Canarias, nº 136, p 7 de 07.11.1919. A.H.M.R

23. Cajas 27 y 28 del Fondo Realejo Alto. A.H.M.R

24. Estos enterramientos se anotaron en el Libro 10º de Difuntos de Santiago Ap, pp 584 y ss, apuntes 22 al 24

25. Doña Concepción y doña Irene Molina, primas del fallecido, nos confirman su identidad, su repentino fallecimiento y el lugar de su sepultura. Agradecemos esta importante información.

26. Sus restos fueron exhumados en la segunda mitad del pasado siglo y actualmente reposan en el nicho nº 1247, fila 2º del Grupo 6 del mencionado cementerio. Agradecemos este importante dato a D. José Gregorio Hernández.

27. Libros 35º y 36º de Defunciones del Realejo Alto. Juzgado Municipal de Los Realejos.

28. Libro 4º de Actas, 27.03.1927. A.H.M.R

29. En enero de 1928 el Ayuntamiento remitió una nota a D. Antonio Pérez exigiendo su reparación. Agradecemos a D. Germán Fco. Rguez la cesión de este documento.

30. Libro 6º Actas de Pleno a 18.12.1931. A.H.M.R

31. Entendemos que en dicha placa se leería algo similar a: “Cementerio Católico de San Agustín”

32. Probablemente los párrocos de Santiago intervendrían al efecto.

33. Íbidem.

34. Libro 7º de Actas del Pleno, p 155. 20.01.1932. A.H.M.R

35. Signatura 16. Código A.3.4.2.1 Expediente de clausura del cementerio viejo 20.01.1947. A.H.M.R

36. Hernández Castilla, J. Melchor en “El cementerio del Realejo Alto” en la Prensa, El Día, 18 de mayo de 2010.

37. Clausura del Cementerio Viejo, Acta de Sesiones de 14.05.1947. A.H.M.R

38. D. Jerónimo Álvarez Pérez, don Manuel García Fuentes y su hermano don José entre otras fuentes nos lo confirman.

39. Según consta en Libro 39º de Defunciones del Realejo Alto falleció el 06.08.1945. Juzgado de Los Realejos.