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lunes, 17 de noviembre de 2014

¿PETRÓLEO O MOLINOS DE VIENTO?

Evaristo Fuentes Melián

Antonio Machado Carrillo (en adelante: AMC) (jueves 13, LA OPINIÓN DE TENERIFE, pág. 22) es amigo de las comparaciones pedagógicas, cuyo paradigma extremista era aquel cuento  del colegio de curas, en  que nos sermoneaban tremebundamente explicándonos lo que es la Eternidad, de esta manera: supongamos que un ave pasa cada día rozando con su ala una bola de hierro del tamaño del planeta Tierra; pues bien, el larguísimo tiempo  que  tardaría en pulverizar con su roce el globo terráqueo, ese tiempo sería el equivalente a ¡una milésima de segundo de la Eternidad!  

 Hace algún tiempo, AMC en una de sus charlas conferencias ponía un ejemplo aun más aterrador si cabe: considerando que la unidad 1 sería la cifra ideal que corresponde consumir a cada habitante del conjunto de materas primas de este planeta, resulta que en realidad, en el nivel más alto de las familias ricas de EEUU, la cifra se monta en 22 (veintidós) veces lo que le corresponde a cada individuo, y en las familias europeas del primer nivel la cifra es 18 (dieciocho), mientras que, por el otro extremo de este fatídico abanico, en algunos países subsaharianos pobres de solemnidad ubicados en el centro de África, cada uno de sus habitantes consume solamente una centésima parte de la unidad 1 que le correspondería en ese hipotético reparto igualitario. Las diferencias son evidentemente apabullantes.


   Lo que propone AMC es que, si hay petróleo en territorio español, el deber nuestro es intentar sacar el petróleo que haya, si no queremos faltar a la ética más estricta a nivel internacional. Pero en el comienzo de su penúltima estrofa, AMC dice: “salvo que cambiemos el modelo energético…”. Señor AMC, de eso se trata, precisamente, de cambiar el modelo energético, con el uso progresivo de las energías renovables, e irse ‘olvidando’ simultáneamente de la extracción de más petróleo.  En zonas de Canarias hay viento y sol suficientes para las energías renovables. Así evitaríamos el peligro latente de una marea negra con chapapote, como aquella del Prestige hace ahora doce años en las costas gallegas.

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