Agustín Armas Hernández

Consulté con un
sacerdote, competente en estas materias, y con sus instrucciones pude componer
estas modestas líneas.
¡Jesús, el Cristo! ¿Quién de los cristianos no ha puesto
este nombre en sus labios? y aún entre los no cristianos: ¿cuántos habrá que no
hayan escuchado este dulce nombre?
Jesús, nacido de la divina María, apareció y actuó en su vida
pública como un profeta, el «Gran profeta» a juicio de la gente; y fue
paulatinamente manifestándose como el Mesías esperado. Declaró que era «una
cosa con el Padre» (Jn X 30), y ante el tribunal de Caifás se proclamó «hijo de
Dios».
Después de esto, Jesús es llamado «Dios» directamente en diversos
pasajes del Nuevo Testamento.

Contra ciertas sectas y religiones cristianas podemos
alegar que los católicos creemos no solamente en la Biblia, sino también y
principalmente en la Iglesia. Decimos en el «credo de los Apóstoles»: «Creo en
la Santa Iglesia Católica». El magisterio, pues, de la Iglesia nos indica lo
que tenemos que creer. Miles, millones de mártires sellaron con su sangre, a
través de 2.000 años estas verdades. En todas partes y momentos, los labios de
los cristianos las proclaman para salvación de sus almas.
San Pablo nos enseña que: «la fe viene por el oído» (o
predicación). Jesús ordenó escuchar a sus enviados; no el leer la Biblia (Mt.
XXVIII, 19-20). San Agustín, cuando era incrédulo leyó la Biblia y nada
entendió. Más tarde oyó predicar a San Ambrosio en Milán, y comenzó a ver la
luz de la verdad. Hace falta, pues, un guía, un maestro espiritual para ir
penetrando en los «siete sentidos» o significados, que contienen las Sagradas
Escrituras.

Gandhi, el héroe de la India (1869-1948) decía: «me gusta
Jesús, pero no tanto los cristianos». Por tanto, nosotros los bautizados, con
nuestra mala conducta, profanamos, deshonramos el nombre de Dios, como ya el
Señor advertía a los israelitas por medio de los profetas.
Este es el misterio
de que florezcan por todas partes las sectas y movimientos religiosos: que
nosotros los católicos no armonizamos la vida con la doctrina.
Sin embargo, espero la época de paz, amor y justicia,
anunciada por la Virgen en Fátima (año 1917) y en otros muchos lugares
recientemente.
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