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sábado, 9 de mayo de 2015


 Evaristo fuentes Melián
 
La tarde noche del pasado domingo 3 de mayo tocó en el Liceo de Taoro de La Orotava el pianista Javier Laso, considerado entre los mejores de España en clásica,  según opinión autorizada de uno de los presentes, crítico musical y de las Bellas Artes en general.  El pianista tiene 40 años de edad. La asistencia al acto no fue muy numerosa (unas 70 personas), dado el gran aforo (casi 900 butacas posibles) de la sala grande liceística. Puede que se repita otro recital, porque Javier Laso vive temporalmente en Tegueste.
 
El pianista  Laso  hizo una exhibición impresionante en el teclado, en clásica y folk,  aunque el piano de cola no respondió como hubiera sido de desear; es un piano de 1892-- ahora cumple ciento veintitrés años-- e hizo bien el pianista al decir previamente unas palabras aclaratorias.
 
Tocó Laso con adornos y añadidos malabaristas, virguerías y florituras, varias piezas, por ejemplo, la jota aragonesa y derivados.
 
De las anécdotas colaterales, en tiempo y espacio, describo dos:
 
1.- Estuvo presente en el Liceo, Juan del Castillo, ilustre pregonero, que ostenta el título de Villero de Honor, de la Muy Noble y Leal Villa.       
 
Y 2.- Recuerdo de las veladas salesianas, a mediados del siglo XX, a Isidro Fuentes y a Juan Nolo Padrón--uno con 13 y otro con 11 añitos--que cantaron una jota aragonesa a  dúo muy bien interpretada. ¡Qué tiempos!
 
ESPECTADOR

MUECA, A SEGUIR ESMERÁNDOSE


Salvador García Llanos
Lo mejor es que la población haya hecho suya Mueca. Que se haya identificado. Se ha podido palpar, de nuevo, en esta edición. La convocatoria es esperada. Los contenidos de la programación interesan. Periodismo extranjero incluye referencias y quiere saber más. Hasta la iniciativa privada se suma y contribuye a su financiación y difusión. La animación se extiende por vías, recintos y plazas. Es un espectáculo para todos los públicos y para todos los gustos. Para algunas sesiones se cuelga el ‘no hay entradas’. Abuelos, padres y madres llevan de la mano a nietos e hijos para gozar del arte al aire libre. La ciudad se transforma y todos disfrutando.
Ya saben que Mueca estuvo a punto de desaparecer pero hasta los más recelosos y los menos colaboracionistas presumen hoy de la iniciativa. Hay que congratularse, son bienvenidos, es otra forma de identificarse que ojalá perdure. Nada más satisfactorio para quienes parieron la idea y para quienes hicieron todo lo posible para que creciera y madurase.
Originalidad, transgresión, osadía, riesgo, perfeccionamiento, filigranas, atracción, fantasía, plasticidad, estética… Todo eso es Mueca, con público de todas las edades volcado. Y con una organización que ha de seguir madurando. Y con la calle, con el aire libre no aprisionado, como el mejor escenario  natural.
La ciudad necesita de una convocatoria anual así. Cultura, arte, innovación, espectáculo… Hay que seguir esmerándose.

DE COMPRAS EN LAS GRANDES SUPERFICIES


Gregorio Dorta Martín
 
Hoy he estado por primera vez en un gran centro comercial, uno de esos que denominan Grandes Superficies. Nada tiene que ver con el pequeño comercio de doña Concha Cantare, que está a dos pasos, muy cerca de mi casa, con sus cuatro verduras colgadas del techo, sus latas de sardinas y atún en la vieja vitrina, sus grandes bolsas de 50 kilos de azúcar y arroz sobre el duro suelo; las ristras de cebolla y ajos junto a las latas de aceite y la vieja pesa de hierro, con sus correspondientes pesos, cada uno con su número, a lo largo del mostrador de madera del antiguo comercio.
 
Doña Concha Cantare es una mujer hechicera, amable, encantadora y bondadosa donde las haya, muy popular entre los vecinos. Detrás del mostrador atendió a mi tatarabuela, a mi abuela, a mi madre, a mi suegra y ahora también me atiende a mí. Aunque no sé si podrá hacerlo con mis nietos.
 
Ella es famosa en el vecindario por su forma de llevar las cuentas. En su pequeña libreta no hay números, solo redondeles, circunferencias anotadas sobre un blanco inmaculado. Es muy raro que ella se equivoque; con su cabeza y su libreta como únicas armas, cuadra los totales haciéndolos coincidir con precisión con las cantidades que uno le adeuda cada mes que ella da de plazo.
 
Doña Concha Cantare es parte de la familia. Nos conoce, no solo a mí y a mi familia, sino también a todos los vecinos. Jamás le he escuchado una crítica destructiva sobre algún vecino del barrio. Siempre tan amable, tan bondadosa con los abuelos, con los padres, con los hijos. Realmente ella es única.
 
No sé muy bien qué futuro le espera a este pequeño comercio que tanto arraigo ha tenido entre diferentes generaciones de vecinos. Si sus hijos continúan con el pequeño negocio espero que las grandes superficies no acaben con él.
 
Como decía, hoy he ido, por primera vez en mi vida, a hacer la compra fuera del barrio, a una de esas moles del consumismo más desaforado y, la verdad, no me ha gustado nada. Me lo habían recomendado mis vecinos y algunos amigos, amén de la publicidad con la que nos bombardean a través de los periódicos y demás medios. ¡¡Llévese tres y pague dos!! ¡¡Si lo encuentra más barato, le devolvemos su dinero!! ¡¡Hoy es el día de la madre, mañana del padre y luego del perro, del gato...!!
 
Para mi mujer y mis hijos era como el primer día de vacaciones. Yo, ya de entrada, estaba en desacuerdo, sin embargo estaba dispuesto a todo con tal de que la familia pasara un día maravilloso, y se  les veía tan felices y contentos...
 
El centro comercial está a 50 kilómetros de mi casa. Tengo dos hijos, uno de diez y otro de seis años a cuál más inquieto. Nada más subirse al coche, entre juegos, empujones y quejas, ya ponen a prueba mi paciencia y a punto estoy de perder los nervios. Yo conduzco con mi mujer al lado, mientras los niños revolotean en los asientos de atrás. Ellos chillan y nosotros tratamos de dialogar, pero al final terminamos los dos peleándonos a grito limpio. Después de pasar ya el mal trago de la distancia, al fin llegamos al centro comercial. Es imposible equivocarse con esos carteles enormes que anuncian tu llegada. Los niños los leen en voz alta: “Beba Coca-Cola de día y de noche”. Mira, mamá esto va para ti: “Lejía el Herrero; lava la señora y lava el caballero”, el otro, para ti, papá: “Use corbatas Las Anchas, para que su amante se la quite fácilmente”.
 
Es una suerte que en los centros comerciales haya aparcamiento gratuito, o lo sería si todo el mundo no hubiera decidido ir a comprar a la misma hora. Después de descartar encontrar aparcamiento cerca de la puerta principal, conseguimos aparcar a 2 Km después de sortear coches y gente, mucha gente, unos con bolsas y la mayoría con carros tan  llenos de productos que casi parece que esas jaulas con ruedas se conduzcan solas. No solo llevan productos alimenticios sino también ropa, cajas, fregonas, incluso plantas. Es una rara mezcla; ropa y comida todo junto. En los pequeños comercios de nuestro barrio o se va por una cosa o se va por otra. Es decir, que en la tienda de doña Concha Cantare solo se venden comestibles y en  los Almacenes de los Herreros, solo tejidos.
 
En las grandes superficies nadie nos saluda. No es como cuando vamos por nuestro barrio al comercio de doña Concha Cantare, donde nos cruzamos con cada vecino y nos preguntan por los niños e incluso hasta por el número de nuestro carné de identidad.
 
Después del largo viaje mi vejiga no aguanta más y busco los baños. Sigo las direcciones que marcan las flechas: “Servicios” a la derecha, todo recto, ahora a la izquierda, punto muerto. ¿Y ahora qué?, opto por seguir mi instinto y giro a la derecha. Efectivamente, tenía el 50% de posibilidades de tomar la dirección correcta, pero no encuentro ninguna indicación. Doy media vuelta, choco con una señora enorme que me dedica una mirada asesina, y vuelvo sobre mis pasos hasta el punto de intersección. Esta vez giro a la izquierda y por fin atisbo en la lejanía el ansiado cartel de “Servicios”. Al llegar compruebo con decepción que en las puertas no están esos simbolitos tan simpáticos, uno desnudo y otro con un triangulito simulando una faldita, que marcan la diferencia de género. En su lugar, una "M" y una "H" establecen la diferencia. Sin dudarlo me meto en la "M". Una tía casi en pelotas da un grito escalofriante al verme, como si hubiese visto al mismísimo Juan Pablo II ante ella. Resulta que la "M" no significa “Machos”, sino "Mujeres" y la "H" no es “Hembras”, sino "Hombres", pero cualquiera le explica a esa mujer que se trata simplemente de un matiz lingüístico, y no de la actitud de un pervertido. Entro, pues, en la "H". Me bajo la cremallera en un esquinita y, justo cuando estoy dispuesto a liberarme del todo, el vigilante me dice que no puedo orinar porque el lavabo está en obras, que hay un cartel muy hermoso en la puerta que lo indica. Me dice que hay otro lavabo en la segunda planta al final de las escaleras, aunque no está muy seguro de dónde está exactamente. Estoy inflado como un globo, pero le hago caso para no crear conflictos y vuelvo a subirme la cremallera. Le digo que gracias. Gracias por nada.
 
Podría buscar el lavabo de la segunda planta, pero por hoy ya he tenido suficiente excursión y lo cierto es que hace años que perdí el espíritu aventurero, así que no me queda otra opción. Me escondo detrás de una columna y me quedo a la espera hasta que la mujer a la que he sorprendido sale por la puerta “M”. Supongo que cualquiera que me viera pensaría que soy una especie de sátiro, pero es muy intensa mi necesidad y, por otro lado, la gente está demasiado ocupada controlando el carrito, vigilando a los niños y mirando ofertas como para fijarse en mí.
 
En cuanto la mujer se aleja un poco, me introduzco rápidamente por la puerta prohibida y me cuelo en uno de los servicios corriendo el pestillo y liberando por fin la tensión que me oprimía.
 
Más ligero, salgo del servicio bajo la mirada de reprobación que me dedica unas señoras que están acicalándose delante del espejo. Opto por no lavarme las manos y salir de allí lo antes posible.
 
Cuando por fin regreso al lado de mi familia, mi mujer está hecha un basilisco. Me dirige una mirada acusadora por haberle dejado abandonada con los dos niños tanto rato. Si tú supieras...
 
Vamos donde están aparcados los carros y nos lanzamos casi en plancha por la avalancha de gente que corre hacia ellos como si les hubiera tocado el “gordo” de la lotería de Navidad. Un vigilante me indica que al final de la fila queda alguno libre, ya que nadie los quiere porque las ruedas las tienen mal y, a pesar de mi rechazo inicial, trato de hacerme con uno, pero una cadena me lo impide. Tiro con fuerza para desengancharlo, pero nada, no hay manera. “¡Papá!¡Papá! Tienes que poner un euro para sacarlo de aquí”. Después de buscar y rebuscar una moneda, por fin logro liberar el maldito carro con la ayuda de mis hijos. Tengo la camisa empapada en sudor, y casi se me saltan las lágrimas cuando constato que, en efecto, las ruedas están mal y el carro se desvía hacia un lado, pero pronto se me pasa viendo a los míos con una sonrisa triunfal.
 
Cuando todo parece ir sobre ruedas, surge una incógnita: ¿Por dónde se entra al supermercado? Una hilera formada por más de treinta cajeras todas uniformadas y en fila india nos separa de nuestro objetivo. Tratamos de entrar por una de las cajas con el carro y los niños, sin embargo, la cajera nos lo impide con un “¿Adónde se creen que van?” que nos deja a todos paralizados por el susto. Con voz más agradable nos indica que por allí no se entra, que vayamos a la entrada principal. Como no parece muy simpática, no insistimos más y vamos en busca de la famosa entrada principal mientras pienso que, de todos modos, el carro tampoco cabía por la caja.
 
Andamos y andamos dejando atrás, una tras otra, las incontables cajas con sus respectivas cajeras. Pero aquello no parece tener fin. Cansado de tanto paseo con el carro que se va de un lado, pregunto a una de esas lindas señoritas “¿Por dónde se entra?”. Al final del pasillo, me contesta como si yo fuera un paleto. Respiro profundamente tratando de guardar la compostura y al final del pasillo de más de doscientos metros encontramos la entrada. Por fin pasamos, los niños saltando y la mujer mirando con ojos de llevárselo todo.
 
En estos centros hay de todo y todo está muy bien puesto, pero como no se sabe muy bien dónde están los productos que necesitas, tienes que recorrer absolutamente todos los pasillos, y acabas llevándote artículos que no sabes muy bien para qué sirven, pero como están ahí para comprarlos... Mi mujer pregunta dónde está la mantequilla, dónde está la miel, el queso, el jamón… así hasta volverme loco mientras vamos de un sitio para otro corriendo detrás de los dos pequeños para no perderlos de vista; me peleo con el carro que con el peso se ha vuelto todavía más rebelde y más difícil de manejar; choco con los demás carros y, a cada paso, se forma un “pequeño desbarajuste” –digamos mejor “atasco de carros”- con lo que más parece que estemos en la Gran Vía que en un centro comercial.
 
En los grandes almacenes te lo tienes que montar tú todo; si preguntas a alguna de las bellas señoritas (muchas están más para un concurso de Miss que para atender a la clientela), te responden con una cautivadora sonrisa para desviar tu atención de lo que dice. Y es que, en realidad, no te dice nada, pero como es tan encantadora, la escuchas. Aunque la duda siga estando sin resolver. Esto no ocurre en la tienda de la esquina. Doña Concha, si le preguntas por una fruta, te dice hasta la procedencia e incluso cómo llegó a su comercio, es decir, el nombre del barco y todo su contenido, ¡hasta el nombre del capitán que lo tripulaba!
 
Después de llenar el carro de la compra con todo lo que a mi mujer y mis hijos se les antoja, llega por fin la hora de dirigirnos a la caja. Después de una cola kilométrica, nos recibe con una sonrisa entrecortada una bella señorita. “¡Buenas tardes!”. ¡Buenas tardes!, contestamos al unísono. Y comenzamos a poner sobre la pequeña esterilla toda la mercancía que con anterioridad habíamos introducido en el carro; uno, dos, tres y hasta más de cien artículos, muchos de ellos totalmente desconocidos para mí hasta ese momento. En la lucha desenfrenada por descargar el carro lo antes posible, a uno de los pequeños se le revienta un paquete de azúcar que deja el TPV más dulce que los caramelos que hemos comprado, ante el mohín de desagrado de la cajera que, con gesto rápido, se agacha, se incorpora armada con un multiusos y un trapo, limpia la pantalla y continúa con su trabajo mecánico.
 
Cada cual vigila lo que más le conviene; los pequeños, sus juguetes preferidos; mi mujer; la ropa interior y yo, el juego de mus que he comprado para jugar con los amigos.
 
Después de algunos minutos, al final, la cuenta. Vuelve a sonreír la cajera y con dulzura te dice: “650 euros”. Me quedo anonadado y no es para menos: cualquiera revisa la larga lista que tiene la cajera en sus manos. Mi mujer agacha la cabeza y se entretiene metiendo la valiosa mercancía de nuevo en el carro, como si la cosa no fuera con ella ni con nuestra pobre cuenta corriente. Me dan ganas de protestar, pero detrás de nosotros hay una cola impaciente que clava sus ojos en mí con cara de pocos amigos, diría incluso de forma amenazante, con ganas de que me vaya lo más rápido posible, como si uno fuera Fernando Alonso, nuestro corredor de Fórmula Uno.
 
Me voy con la inacabable cuenta en la mano y con un carro lleno hasta los topes.
 
Mientras nos alejamos de la caja, pienso con nostalgia en doña Concha, que, cuando económicamente no vamos muy bien, -en realidad prácticamente cada final de mes-, nos da fiado y no nos cobra nada por la demora. En las grandes superficies todo se paga al contado o en cómodos plazos. ¡Y qué plazos! Te cobran un tanto por ciento, aparte del IGIG y el TAE, que no sé lo que significa, pero siempre aparece por todos lados.
 
Llego al coche agotado, con la sensación de haber corrido un rally, pues he tenido que esquivar por el camino a un montón de gente. Con tanto gentío, por un momento tengo la sensación de que estamos en el día de la fiesta grande del pueblo.
Al abrir el maletero nos damos cuenta de que no cabe ni una caja de cerveza. Como no podemos dejarlo atrás, metemos las cosas por todos lados, hasta en el asiento trasero donde están los niños; incluso en el de al lado, donde se coloca mi mujer entre sus latas de aceite, su jamón y los yogures, para que no se deterioren. ¡Madre mía! Con lo fácil que es comprar en la tienda de doña Concha, con su simpatía, su amabilidad, sus cortas compras y sus cortos precios.
 
Al final llegamos a casa; ahora toca sacar todo lo que hemos comprado. Y así, mientras mi mujer coloca cada cosa en su sitio, yo no paro de hacer viajes desde el coche hasta la cocina, desde la cocina al coche, y a cada paso una idea cobra cada vez más forma: Está más que claro; no vuelvo a comprar en ningún centro comercial, yo me quedo en la tienda de al lado de casa. Por mucho que mi mujer me lo pida, que los niños supliquen, no pienso hacer caso a sus ruegos; seguiré comprando al lado de mi casa.
 
Cuando por fin termino de transportarlo todo, voy a nuestra habitación, rompo un pedazo de sábana y con un grueso rotulador escribo: ¡¡NO A LAS GRANDES SUPERFICIES!! Compra en tu pueblo, al lado de tu casa.  Los niños me aplauden y mi mujer sonríe. ¡Por fin! Estamos todos unidos en nuestras reivindicaciones y por ello me siento feliz, pese al mal trago de este maldito día.
 

¡MESSI!


 
Evaristo Fuentes Melián
 
EL miércoles 6 de mayo (Barça-Bayern) Messi volvió a recordarnos que es el mejor de todos los tiempos, sin duda alguna. Tenemos que remontarnos a Di Stefano, era el más completo, con autoridad y mandando alante y atrás.  A Di Stefano lo vi, lo visioné, en el entonces vetusto estadio Heliodoro, campeonato de Liga de Primera, 1961-1962, el jueves festivo 12 de octubre de 1961: TENERIFE 0-- REAL MADRID 3.  Los blancos del Real Madrid, en Santa Cruz en aquella ocasión de 1961, Día de la Hispanidad y de ‘La Raza’, vistieron los colores morados de Castilla, para no coincidir con la camisola blanca del Tete, y eran recientes pentacampeones de Europa.
 
Pero no hay ni hubo nunca uno como Messi, que haga tantas virguerías y en el momento más inesperado y en casi todos los partidos, marque con la misma jugada repetida, ya en tantas temporadas seguidas.
 
El primer gol de Messi fue milimétrico, colocó la bola entre los treinta centímetros que los dedos del portero del Bayern no pudieron alcanzar en su estirada, entre él y su poste izquierdo. Y el segundo gol de Messi fue una vaselina prodigiosa, que dejó rebasado, atontado, al considerado hoy en día el mejor portero del mundo.
¡Messi es como el Dios del Futbol!
 
ESPECTADOR
 

sábado, 2 de mayo de 2015

MES DE MAYO, MES DE LAS TRADICIONES REALEJERAS.


 Esteban Domínguez
 
Este año, las Fiestas de Mayo de Los Realejos, tienen algo mus especial, pues la exhibición piroténica del Tres de Mayo, han sido declaradas de Interés Turistico Nacional.
 
 Mayo en Los Realejos, en el mes de mayo luces sus mejores galas, t una de ellas son los días dedicados a la Cruz y sus fuegos artificiales.
 
Una tradición que se remonta el siglo XVII, y esa tradición perduran a través de los años. Y que realizan con gran sacrificio, las comisiones de las cruces de la Calle el Medio y la Calle del Sol. Sus vecinos hacen un gran esfuerzo económico durante todo el año, pues una tradición tan centenaria, necesita muchos sacrificios, pero a pesar de la crisis que nos afecta, estas dos calles, no quieren perder la vieja costumbre de sus antepasados.
 
Mayo en Los Realejos, se pone su traje de gala, pues comienza con la veneración a La Cruz y termina con la Romería a San Isidro Labrador, y a Santa María de la Cabeza. Y final SAN TELMO, PENÚLTIMA DERIVACIÓN sarán estas fiestas de Mayo con los actos religiosos a la Virgen de Los Remedios, como viene siendo costumbre desde hace, muchos años.
 
Dejar claro quiero que, los Fuegos de Tres de mayo salen del gran esfuerzo de las dos mencionadas calles, y son muchas las gentes, que de otros lugares, vienen en Tres de Mayo a Los Realejos.
 
 
En el programa podemos encontrar, gran cantidad de actos, religiosos y populares y en especial la citada romería de San Isidro Labrador, patrón de los campos realejeros.
 
La tradición sigue, y como no podía ser de otra manera, hay que resaltar, no solo el arte floral de ambas cruces, sino además el río multicolor de los distintos grupos folclóricos no solo locales, sino además de todas las Islas, que tanto en el ya tradicional Festival de las Islas, participan, y también de la misma forma, el la tradicional Romería.
 
Son muchos los grupos que en este día se dan cita en Los Realejos, y este año de modo especial, por lo apuntado anteriormente. Una tradición, que nos enfila a que Los Realejos, no pierda, sus tradicionales costumbres y tradiciones.
 
Algunos señalan que la noche de Tres de mayo, se celebra en Los Realejos, la mayor exhibición pirotécnica de Canarias y posiblemente de España.
 
También quienes nos visitan en esos días podrán admirar la muchas cruces que se preparan en La Cruz Santa, y en todos los rincones de Los Realejos, porque la tradición a la Cruz, es desde hace siglos, una fiesta donde tienen cabida, propios y forasteros.
 
Es de reconocer, que los amantes de las tradiciones, como son en este caso, los realejeros, siguen respetando en armonía esta fiesta centenaria y su tradicional romería, que en la presente edición se llamara: “Fiesta de Interés Turistico Nacional”.
 
Nuestro alcalde don Manuel Domínguez ha dicho que intentará que esta vieja costumbre, tenga el “gallardete” de Interés Turistico Internacional.
 
Y por ser esta tierra, una tierra de tradiciones, estamos muy de acuerdo con la iniciativa, que nuestro alcalde propone.
 
En fin, llega Mayo, y con su llegada, comienzan las fiestas mayores de Los Realejos, luego le tocará en turno -en julio- a las del Carmen, patrona del Valle y Alcaldesa Honoraria y Perpetua de Los Realejos, en ambas fiestas, quiero recordar, que el que fuera Editor/Director de EL DIA, Don José Rodríguez Ramírez, fue pregonero, y con posterioridad, de la de Los Afligidos. A este hombre que ya no está entre nosotros, lo seguimos recordando siempre, con muchísimo afecto y cariño.
 
Bienvenidos sean, los que en este mes de mayo y siempre, acudan a Los Realejos.

SAN TELMO, PENÚLTIMA DERIVACIÓN


 Salvador García Llanos
La penúltima derivación de la controversia sobre el remozamiento del paseo San Telmo, en el Puerto de la Cruz, es la probable pérdida de superficie de la pequeña playa. La plataforma Maresía, que ha venido defendiendo los valores patrimoniales de la zona y ha hecho un seguimiento de la evolución de los trabajos, afirma que la ejecución de éstos ha reducido entre un diez y un quince por ciento la extensión playera. El gobierno local, amparándose incluso en informes de la dirección de obra y de la empresa, no solo niega tal disminución sino que estima su crecimiento y su amplitud. Que así se comprobará cuando la obra esté terminada, aseguran desde el consistorio.
Otra razón más para la cautela que hemos planteado: evaluar una vez se haya ejecutado el proyecto en su totalidad.
Pero es llamativo que, prácticamente a última hora, surja esta duda. La superficie de playa en San Telmo, nunca fue, desde luego, muy amplia pero las madres y las abuelas lo preferían para cuidar a los pequeños y para acceder directamente al mar, al menos cuando la marea lo permitía. Habrá quien piense que esta reducción -caso de ser contrastada- es perjudicial, sobre todo, porque habrá dañado los encantos naturales de la coqueta ensenada.
Y si ha ganado en espacio el solárium -como también se afirma desde el gobierno local- se interpretará una especie de compensación, un vaya lo uno por lo otro. La polémica prevalecerá durante algún tiempo, desde luego.
Y es que pocos proyectos como el de San Telmo han entrañado una contestación social como se ha vivido y una tramitación/ejecución tan complicada como ha podido apreciarse. Lástima: con más diálogo y más receptividad a demandas consecuentes, se pudo haber evitado tamaña controversia.        
Y cuando hablamos de penúltima derivación es porque aún pueden surgir aspectos que abonarán la multiplicidad de gustos y disgustos. Que nadie olvide, por cierto, la cuestión de fondo: eran activos patrimoniales lo que estaba en juego. Pero ya no hay remedio: San Telmo ya no es lo que era; es otro San Telmo.

DON EUGENIO BENJAMÍN AFONSO, MI PRIMER MAESTRO


Gregorio Dorta Martín
 
Don Benjamín Afonso fue mi primer maestro. Era un maestro nato. En el segundo curso de la primaria le ayude mucho en su cometido. Tal vez por ser un niño tímido y de gran altura, el mayor de la clase de una treintena de alumnos. Fui uno de sus elegidos o preferidos. Al poco tiempo me dio libertad de acción y me puso ante el resto de compañeros en algún apuro.
No estoy listo para esto—objeté.
 
¡Claro que lo estas! Insistió.
 
Y más de lo que te imaginas. Creyó y confió en mí. En cierta oportunidad nos dio un trabajo a todos los alumnos para hacer en casa, de un folio como mínimo y tres como máximo, sobre la escuela y como ya gustaba tanto de escribir hice, si mal no recuerdo cinco folios, me pase. Sin embargo, al siguiente día se lo entregue. Pensaba que lo iba a botar a la papelera e hizo todo lo contrario. Una vez leyó todo el texto, lo revisó y lo aprobó. Aquel día me sentí muy feliz. Había aprendido dos grandes lecciones. Era capaz de lo que pensaba y no hay nada mejor que hacer frente a los grandes retos.
 
Y Don Benjamín Afonso siguió retándome. Como a la hora de ir al campo de fútbol, otra de mis pasiones, el deporte, un perro de un vecino de grandes dimensiones, se atravesó en mi camino y me había puesto tembloroso contra la pared y estuve mucho tiempo sin moverme y puso su terrible y larga cara contra la mía, respirando boca con boca, diente por diente, ojo por ojo, desde ahí nació mi manera de tenerle terror e incluso pánico a estos animales por muy pequeño que fuera. Pero él, mi maestro era de la idea de que hay que encarar los miedos, con mucha valentía. Un día me dijo:
 
--Tienes que escribir sobre un perro vagabundo.
 
Ya le dije que no pienso escribir de ningún animal vagabundo- proteste- Y menos de estos animales. De cualquier modo, no sé mucho de ellos.
 
--Pero si tú sabes más que sus propios dueños- respondió-
 
Date prisa. Hay que presentar este nuevo trabajo, antes del comienzo de las vacaciones. Me calme poco a poco, y al cabo de un buen rato puse mano a la obra.
Gracias, me dijo el maestro—
 
Me alegro de haber podido ayudarle- contesté.
 
De vuelta a casa, afirmaba sonriendo:
 
Ya le voy a perder el miedo a los perros, sea cual fuera su tamaño. Sin embargo, todo me sembraba las dudas.
 
¡De ninguna manera! No quiero saber más y menos de escribir sobre estos terribles sabuesos.
 
Como era de esperar mi maestro desde entonces todos los días me preguntaba cómo iban mis escritos sobre estos cachorros. Lo cierto que con todo ello fue ganando en confianza y mi formación iba viento en popa, y mi primer maestro y mis padres estaban encantados con mi gran progreso. Un día anuncié.
 
No puedo hacerme cargo yo solo siendo aún un niño de todo esto.
 
Confió en ti- dijo al cerrar la puerta de la escuela y salir de clase. Poco a poco llegue a ver que Don Benjamín Afonso, con su ejemplo, era un maestro con mucho mérito, de valores fundamentales, respetado por su integridad, su experiencia de la vida y de las cosas y de su gran sentido común. Los niños de la escuela de la Vera fuimos siempre muy importantes para él. Sin alguno de nosotros no comprendía lo que a veces nos decía, lo repetía hasta la saciedad, hasta que se disiparan toda clase de duda.
 
La Vera, mi barrio está en deuda con este ejemplar maestro. La gente de mi edad mucho le debemos a Don Benjamín Afonso. Y me enorgullece haber contribuido al desarrollo de mi escuela y de contar con un maestro que dio todo por sus alumnos y por su barrio.