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sábado, 4 de julio de 2026

HISTORIAS DE CÀRITAS - MUSA Y YUSUF

María Perelli

En mi artículo del 25.06.2026 he descrito las actividades de Cáritas del Vaticano, en particular el trabajo en el distrito de Ostia (Roma, Italia), donde pasé 15 años como voluntaria. Conté la historia de la gitana Zaira, que seguimos durante casi 20 años.

Ahora me gustaría narrar otras historias que me parecen emblemáticas y que podrían ocurrir también en España. Voy a hablar de Musa y de Yusuf, dos personas procedentes de África, cada una con su peculiaridad.

Musa era un joven de 20 años de Malí. Había venido a nuestro centro de acogida para comer (gratis), puesto que trabajaba en la playa cercana. Siendo verano, ayudaba a un señor mayor que alquilaba sombrillas y tumbonas y dormía en un rincón de la cabaña donde se guardaban estos objetos. Percibía un salario muy bajo y el trabajo habría durado sólo hasta el otoño.

Musa nos contó que tenía 15 años y vivía con su madre en Malí, cuando su primo Selim, de 7 años mayor, le propuso ir a Europa. Así empezó su horrible viaje: casi un año a pie para cruzar algunos países africanos, luego la espera de una manera para atravesar el mar y finalmente el recorrido en cayuco rumbo Lampedusa, una pequeña isla italiana muy cerca de Túnez.  Lampedusa es la tierra prometida, una de las puertas de la Europa mediterránea.

Allí internaron a Musa en un centro de inmigrantes menores y así se separó de Selim. Su primo le había dicho que Europa es un lugar bellísimo, donde se encuentra dinero en todos lados y donde se vive en hoteles de lujo: que los blancos te respetan porque tienen el color equivocado, a causa del poco sol, pues que los primeros seres humanos eran africanos; y si te llaman "clandestino" significa que eres el destino de tu clan, o sea la esperanza de tu tribu; si te llaman "extracomunitario" significa que eres una persona extra, por encima de la comunidad de otras personas.

Musa estuvo en aquel centro hasta los 18 años de edad, luego lo enviaron a la capital y se enteró que estaba solo. Poco a poco entendió que Selim había dicho tonterías. Nunca más vio a su primo, que por cierto se perdió en el submundo de cualquiera ciudad europea.

En realidad, a Musa le importaba sólo una cosa, que había sido el propósito de su viaje: encontrar un buen trabajo para comprar una vaca a su mamá. Nos enseñó su título de la escuela de Malí con notas muy altas (era el mejor de su clase); este título parecía casi sagrado, todo envuelto en muchas hojas de plástico para protegerlo.

Nos contó por qué quería una vaca. Cuando era pequeño, su hermanito y otros bebés fallecieron a causa de la leche artificial que una sociedad europea había vendido a su pueblo para ayudar a las mujeres con carencia de leche maternal. A principios, a las madres les encantó este tipo de leche en polvo, que necesitaba sólo de agua poco caliente. Y aquí estaba el problema: ellas usaban agua ni pura ni bien hervida. Además, pues que está leche era cara, las mujeres ponían poco polvo y mucha agua. Los niños empezaron a morirse y las autoridades vetaron la venta de la leche artificial. Por esto Musa quería regalar a su madre y a las madres de su pueblo una grande vaca lechera blanca y negra, de raza frisona (como había estudiado) y necesitaba por lo menos 1500 euro para comprarla, más el coste del viaje para él y la vaca.

¿Que teníamos que hacer los voluntarios? No se podía comprar una vaca en Roma y enviarla a Malí. Entonces, seguimos varios caminos. En aquel periodo el Gobierno italiano regalaba, a extranjeros sin recursos, billetes de avión para vuelos sólo de ida y directos desde Italia hasta la capital del país de los que querían repatriar; en cambio, ellos deberían firmar un compromiso que nunca más regresarían a Italia. De acuerdo con Musa, pudimos insertar su nombre en la lista de los beneficiarios.

Luego, contactamos la casa madre de los misioneros de Padre Comboni, un sacerdote italiano gran africanista del 1800, y nos dieron el nombre de un misionero italiano en Malí. Hablamos con él por teléfono (en aquel tiempo no había internet) y, después de unos días, el misionario nos dijo que sí, se podía comprar una vaca frisona en Malí al coste de más o menos 1500 euro y si el chico iría a visitarlo, lo habría acompañado a aquel lugar (una granja). ¡Qué bien!

En este punto se necesitaba el dinero. Un amigo periodista escribió un artículo sobre Musa y su problema en un periódico romano y fue tan conmovedor que después de unos días recibimos ofertas de dinero. Ahora teníamos más de 3000 euro y un billete de avión. Musa se sentía en el séptimo cielo. Cuando salió de Roma prometió de informarnos sobre su acontecimiento. Después de un par de meses nos dijo que tenía su vaca frisona preñada y que pensaba criar vacas y producir leche pasteurizada.

A veces con poco se pueden realizar proyectos de desarrollo individual que, en África, serían mucho más útiles de los grandes proyectos, cuya financiación no se sabe en qué bolsillos vaya a caer.

La segunda historia trata de Yusuf, un señor de casi 60 años tunecino, pero con pasaporte italiano, expedido por el consulado de Italia en Túnez porque su madre era italiana. Está señora había fallecido cuando su hijo era muy pequeño y el nunca aprendió la lengua italiana. Hablaba sólo árabe y contó sus problemas a nuestro voluntario Sandro, que sabía aquella lengua por vivir muchos años en Egipto.

Yusuf trabajaba en Túnez como contador, pero (no nos explicó el motivo) se vio obligado a dejar su trabajo y, en el mismo tiempo, su mujer falleció; no tenía ni hijos ni padre ni hermanos. Decidió viajar a Italia, donde sabía que su madre tenía dos hermanas y donde, con su pasaporte italiano, pensaba buscar un buen trabajo.  Al aterrizar a Fiumicino (aeropuerto de Roma) se enteró que no sabía que hacer ni podía hablar. Había consumido casi todo su dinero comprando trajes elegantes y el billete de avión. Se paró en el interior del grande aeropuerto casi un mes, comiendo el mínimo en los bares y durmiendo en las cómodas butacas del terminal 3 con sus dos maletas alrededor. Finalmente lo encontró un párroco de una iglesia del pueblo de Fiumicino, que decía la Misa una vez la semana en la pequeña capilla del aeropuerto. Este cura lo acompañó con su coche a nuestro centro de Ostia (lugar cerca de Fiumicino).

Asignamos a Yusuf una cama del dormitorio, donde hay también duchas y otros servicios, le dimos el carné para el comedor y empezamos a trabajar para su colocación de vida.

La primera etapa fue la búsqueda de las hermanas de su madre. Larga e inútil búsqueda de un pequeño pueblo, cuyo nombre y región Yusuf no recordaba bien; empezaba con "Castel" y hay centenas de pueblos que se llaman Castel y algo. Cada vez que llamábamos a los "carabinieri" (guardia civil) u otras autoridades, ninguno conocía a las hermanas; puede ser que no vivían más y que sus hijos tenían otros apellidos. Entonces, se trataba ahora de buscar un trabajo para él. Pero, ¿qué hacer con un hombre de edad mayor, elegante y refinado, que no podía hacer trabajos manuales, que no hablaba una palabra de italiano y que tenía un carácter muy tímido y reservado? Además, sin dinero ni una dirección. Sin embargo, intentamos todo.

A menudo la suerte o la divina providencia ayuda a las personas simples.  Un usuario del comedor era un extravertido señor marroquí, que tenía el permiso de trabajar de verano en la playa como vendedor de varios objetos. Caminaba a lo largo de la playa de Ostia bajo el sol con su mercancía de ambulante y dormía en una carpa en un rincón escondido de la misma playa. Venía a comer y ducharse en nuestro centro. Allí conoció a Yusuf, que hablaba sólo árabe. Eran dos personas muy diferentes, pero se hicieron amigos. Y sucedió que el marroquí propuso a Yusuf ir consigo a Marruecos en otoño y casarse con su hermana, una viuda de 50 años, que necesitaba de un contador y de una persona con pasaporte europeo para ayudarla a gestionar sus negocios de comerciante. Yusuf conoció a la señora por fotos y por teléfono y le gustó; también a la señora le gustó Yusuf. En otoño los dos hombres salieron rumbo Marruecos y después de un mes Yusuf llamó a Sandro para decirle que estaba feliz y bien arreglado con una señora activa y simpática. Y nos dio las gracias para todo lo que habíamos hecho en beneficio de él.

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